Dilemas de la caverna

Publicado 15 julio, 2018 por hcorralt
Categorías: Derecho de la persona, Derecho Público, Derecho penal

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Gran alegría hubo en todo el mundo cuando el equipo de salvamento terminó por rescatar a los doce niños y al entrenador que habían quedado atrapados en las profundidades de la caverna Tham Luang, situada al noreste de Tailandia. Se trataba de un equipo de fútbol que el día 23 de junio ingresó a la cueva al parecer para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Las intensas lluvias que cayeron fueron inundando partes de la cavidad subterránea, por lo que debieron ir retrocediendo y buscando un lugar más seguro. Quedaron a unos cuatro kilómetros de la salida sin posibilidad alguna de regresar al encontrarse completamente llenos de agua varios tramos de la vía de acceso. Luego de nueve días se descubrió que estaban todos con vida, y finalmente el 10 de julio a través de un complejo operativo que incluyó la intervención de varios buzos, todos los niños y su entrenador fueron rescatados con vida. Lamentablemente, en el operativo perdió la vida uno de los rescatistas.

Este dramático acontecimiento nos hace ver que aquellos hipotéticos dilemas morales que suponen que varias personas quedan atrapadas en una caverna no son tan irreales como se piensa. Concretamente, el caso de Tailandia nos ha traído el recuerdo del llamado caso de los exploradores de cavernas, elaborado por el filósofo del Derecho de la Universidad de Harvard, Lon Fuller (1902-1978) para la Harvard Law Review y que se publicó en 1949 con el título The Case of the Speluncean Explorers (Vol. 62, Nº 4, pp. 616-645). Fue traducido al castellano por los iusfilósofos argentinos Genaro Carrió y Leopoldo Niilus bajo el título El caso de los exploradores de carvernas (2ª edic., AbeledoPerrot, Buenos Aires, 2002). Es esta versión la que utilizamos en este comentario.

El caso hipotético se plantea como la deliberación de los cinco jueces de la Corte Suprema de Newgarth en un caso por homicidio que se falla el año 4.300. Los hechos son descritos brevemente al comienzo de la opinión del presidente de la Corte, el juez Truepenny: cinco miembros de una Sociedad Espeleológica, cultivando su aficción por la exploración de cavernas y grutas subterráneas, en mayo del año 4.299, ingresaron a una caverna y poco después de entrar una avalancha cubrió completamente la salida. Al no regresar, el secretario de la Asociación al que los expedicionarios habían comunicado el lugar que se proponían explorar, dio aviso a las autoridades y comenzaron las labores de rescate con brigadas especializadas. La operación era compleja y se dificultó más con nuevas avalanchas, en una de las cuales perecieron diez de los obreros que laboraban en el salvataje. Al día 21 se supo que los cinco atrapados tenían un equipo de comunicación y se instaló en el campamento un aparato similar logrando establecer comunicación entre los rescatistas y los exploradores. Estos pidieron que se les informaran cuánto demoraría el rescate y qué tiempo podrían sobrevivir sin alimentos. La respuesta fue que se necesitaban al menos 10 días más, y que los médicos pensaban que había pocas probabilidades de que no murieran por inanición. Luego se corta la comunicación y los rescatistas piensan erradamente que el equipo de los exploradores se ha quedado sin baterías. Cuando finalmente consiguen rescatarlos, advierten que sólo son cuatro, y que han podido sobrevivir gracias a que dieron muerte a uno de ellos: Roger Whetmore, y a que se alimentaron con la carne de su cuerpo. Interrogados cuentan que fue el mismo Whetmore quien propuso que alguno de ellos se sacrificara para que pudieran vivir los demás y que, aunque con resistencias, finalmente se llegó al acuerdo de que se eligiera a la víctima mediante unos dados que ocasionalmente traía uno de ellos. No obstante, antes de que se lanzaran, Whetmore se retractó y pidió que se esperara una semana. Sus compañeros se negaron y dijeron que el trato ya estaba hecho. Tiraron los dados, y el elegido fue Whetmore, procediendo los otros expedicionarios a obrar en consecuencia. Los expedicionarios, una vez tratados en un hospital, fueron procesados y condenados a muerte en la horca en un juicio penal con jurado. Se les aplicó la ley vigente que reza “Quienquiera que intencionalmente prive a otro de su vida será castigado con la pena de muerte”. Los condenados apelan a la Corte Suprema.

Como es práctica en los tribunales colegiados del Common Law cada juez emite su opinión, y luego se deduce la resolución por la coincidencia en sus conclusiones. Lo interesante del caso es que la opinión de cada juez pretende representar una forma de comprender el Derecho y la labor de los jueces en una democracia con separación de poderes.

Hay dos jueces que se pronuncian por condenar, dos por absolver y uno que se abstiene de decidir.

Los jueces que están por absolver tienen distintos fundamentos. En primer lugar, el juez Foster emite una opinión a favor de la absolución que contiene dos vías de argumentación. La primera consiste en invocar que en situaciones como ésta las personas quedan fuera del alcance del poder de la legislación positiva, y que de alguna manera vuelven a lo que algunos filósofos denominan “estado de naturaleza”, de modo que son ellos los únicos competentes para establecer las reglas de su convivencia. Habiendo pactado la muerte de uno de ellos, ese contrato es plenamente válido como norma de convivencia, de modo que los cuatro exploradores sobrevivientes actuaron lícitamente al matar y comer a Whetmore. La segunda vía de argumentación supone que la legislación positiva sí regía la situación, por lo que en principio es aplicable la norma de ésta que prevé la pena de muerte para quienes intencionalmente maten a otra persona, pero el juez Foster alega que la norma no debe ser interpretada según el tenor literal, sino más bien por su propósito o fin. El fin de la norma en este caso sería prevenir la comisión de homicidios. ¿Concurre este propósito en una situación tan extrema como la de los exploradores de carvernas? Claramente no, dice Foster, de modo que la disposición legal no es aplicable a un caso como éste.

El segundo juez que está también por absolver recurre a una justificación completamente diferente a las dos de Foster. Se trata de la opinión de Handy, el cual se sorprende de los vericuetos jurídicos en los que han incursionado sus colegas, y señala que, por su parte, entiende que están ante uno de los casos más fáciles de resolver que le ha tocado a la Corte. Handy sostiene que la función de la Corte es gobernar una comunidad humana, de modo que las reglas y normas no son más que instrumentos para lograr una decisión que más que a conceptos abtractos, debe asentarse en lo que denomina “sabiduría práctica”. Para ello invoca las encuestas que se han hecho sobre el caso y que revelan que el 90% de la población se muestra favorable a la absolución de los procesados. Con ello, parece incuestionable que es ésta la solución que aconseja el sentido común, y aquella que mantiene la armonía entre la labor de la Corte y la ciudadanía.

Otros dos magistrados se decantan por la condena, pero también con razones diferentes. El Presidente de la Corte, juez Truepenny, señala que la ley debe aplicarse y que no hay excepciones que puedan cubrir el hecho, pero apunta que puede asumirse que, atendido los ribetes dramáticos del caso, el Poder Ejecutivo acogerá la solicitud que se la ha hecho de perdonar, por la vía de la clemencia, a los exploradores. Así, piensa, se hará justicia, sin que se menoscabe la letra ni el espíritu de la ley y sin ofrecer un estímulo para su transgresión.

Diversa es la postura del juez Keen, para el cual la función de la Corte no es más que aplicar la ley segun su natural sentido y no corresponde a los magistrados introducir reformas o derogar las leyes con sus sentencias. Piensa que no es función del tribunal ni apelar a la clemencia del Poder Ejecutivo ni determinar lo que es justo o injusto, moral o inmoral, bueno o malo. La función del juez es aplicar el derecho cualquiera sea la opinión personal sobre su bondad o conveniencia que tenga como persona. Reprocha al juez Foster el usar el pretexto de la interpretación para no aplicar las leyes que no son de su gusto personal, para lo cual elige un propósito que atribuye a un legislador inexistente, y luego observa que el caso que juzga no está incluido en ese propósito creando así una conveniente laguna que luego colma con una regla elaborada por él mismo. Los fallos rigurosos y que se apegan al estricto sentido de la ley pueden ser impopulares, sostiene Keen, pero reportan más beneficios en el largo plazo, ya que ponen de evidencia que es necesario que se enmiende la ley y entonces será el legislador quien, reflexivamente y considerando todos los elementos del problema, puede decidir la mejor reforma de la norma legal. Por ello, sostiene que en el caso no cabe otra posibilidad que hacer cumplir la ley tal como está y debe confirmarse la condena.

El último juez, aunque el tercero en dar su opinión, de apellido Tatting, se manifiesta angustiado por no poder decidir ni a favor ni en contra de la condena, a pesar de lo mucho que ha reflexionado sobre el caso y de que no ha dormido en los días previos. Señala que tanto en lo emotivo como en lo intelectual se ve tensionado por principios contradictorios. En lo emocional declara sentirse dividido entre la simpatía por la desgracia de los exploradores y la repulsión por el acto que cometieron que define como “monstruoso”. En lo racional, si bien quisiera coincidir con los argumentos dados a favor de la absolución por el juez Foster, encuentra que no pasan un examen de lógica y coherencia. Critica así las dos vías sugeridas por Foster: respecto de la idea de que los exploradores se encontrarían en un estado de naturaleza plantea varias objeciones, aunque quizás la principal es que esto implica sustituir la ley por la lógica contractual más brutal: “¡Qué código más deshilvanado y odioso es éste! Es un código en el cual el derecho de los contratos es más fundamental que el del homicidio. Es un código bajo el cual un hombre puede autorizar válidamente a sus congéneres a comerse su propio cuerpo. Más aún, según las reglas de este código, tal convenio una vez concertado se hace irrevocable, y si una de las partes intenta revocarlo, las otras pueden tomar la ley en sus propias manos y ejecutar el contrato por medio de la violencia” (p. 36). Refuta la idea con un contraejemplo: ¿qué habría sucedido si al momento en que los cuatro exploradores pretenden ejecutar el contrato y privar de su vida a Whetmore, éste hubiera disparado un revólver que llevaba entre sus ropas? Siguiendo la lógica de Foster habría que sostener que no procedería la excusa de legítima defensa, puesto que los atacantes no estaban más que haciendo uso de su derecho y no habría agresión ilegítima, pero esto sería una conclusión absurda que nadie admitiría.

Respecto de la vía propuesta por Foster de hacer una interpretación finalista de la norma legal, pone dos reparos importantes. El primero consiste en que no está claro que el único fin de la ley sea el de prevenir asesinatos y pueden concurrir otras finalidades como la retribución o la rehabilitación del delicuente. Pero, incluso aceptando que el propósito de la ley sea el preventivo, declara que no es descartable que ese fin sí hubiera podido funcionar en el caso ya que lo más probable es que si los exploradores hubieran sabido que podría caerles encima el estigmatizante calificativo de “asesinos”, eso los habría refrenado de actuar por al menos algunos días, en los que se podría haber presentado otra solución que hubiera salvado la vida del infortunado Whetmore. Pero la refutación de los argumentos de Foster no logra inclinar la balanza de la opinión de Tatting hacia la confirmación de la condena, ya que le parece absurdo condenar a muerte a cuatro personas, cuando diez heroicos obreros perdieron su vida para salvarlos. Por ello, en un hecho sin precedentes en esta Corte, renuncia a participar en la decisión del caso.

Curiosamente, la sentencia termina con la declaración del Presidente de la Corte de que, habiendo un empate a dos votos por la revocación y la confirmación de la condena, debe considerarse que la sentencia condenatoria ha sido confirmada. Por ello dispone que “Se ordena que la ejecución de la sentencia tenga lugar el viernes 2 de abril de 3300 a las 6 de la mañana, oportunidad en la que el Verdugo Público procederá con la diligencia del caso a colgar a cada uno de los acusados del cuello hasta que muera”. En nuestro sistema penal, hubiera procedido aplicar el principio in dubio pro reo y estimar que el empate favorece a la revocación de la condena. El caso nada dice sobre si finalmente los condenados habrían sido indultados o no, aunque uno de los jueces ha informado que tiene noticia cierta de que el Jefe de Gobierno ha manifestado que no accederá a la petición de clemencia.

El caso de los Exploradores de Cavernas tuvo un inmenso éxito y hasta el día de hoy se utiliza para la enseñanza jurídica y para tratar de identificar el pensamiento filosófico jurídico de cada uno de los jueces. Así, algunos piensan que Foster es un juez iusnaturalista, mientras que Truepenny y más claramente Keen tendrían una visión iuspositivista. Se agrega que Handy asume una perspectiva afín al sociologismo jurídico y específicamente al realismo americano. Ninguna de estas adscripciones son tan claras como se pretende. Por ejemplo, es bien discutible que Foster represente la tradición del derecho natural, aunque su teoría del estado de naturaleza y la fundamentación del Estado y de la ley en un contrato social originario puede conectarse con el llamado movimiento del Derecho natural racionalista de Suárez, Rousseau, Hobbes y Grocio. Pero no es ésta la versión más clásica del iusnaturalismo que se funda más bien en una juridicidad inmanente de la naturaleza social de los hombres. En este sentido, parece más iusnaturalista el juez Tatting que hace ver lo injusto que resulta dar fuerza a un contrato por el cual se prescinde de la inviolabilidad e indisponibilidad de la vida humana. Por otro lado, Foster al proponer una interpretación conforme al fin de la ley está también versionando algunas de las tesis de ciertos iupositivismos inclusivos, y que incorporan elementos morales y sociológicos, siempre dependientes de la norma formalmente aprobada. Asimismo, la postura del juez Keen más que la defensa de un iuspositivismo a ultranza representa más bien la oposición a lo que ahora denominamos “activismo judicial” o “gobierno de los jueces”. Handy tiene atisbos de inclinarse hacia posturas sociológicas, por poner de relieve el peso de la opinión pública, pero lo cierto es que lo que él busca es hacer justicia mediante lo que llama una “sabiduría práctica” y la utilización de la encuesta es sólo una manera de poner de manifiesto que el sentido común coincide con la idea de declarar la inocencia de los acusados. Esta postura podría también ser calificada de iusnaturalista ahora en su tradición clásica, ya que propone descartar la ley cuya aplicación se revela injusta para imponer una solución descubierta a través del razonamiento práctico basado en lo que el sentido común arroja sobre lo que Aristóteles llamaría lo “justo natural”.

Por nuestra parte, pensamos que las opiniones de los jueces confunden dos planos que es necesario distinguir en el caso y que, siguiendo la terminología penalista, podemos denominar el plano de la antijuridicidad y el plano de la culpabilidad. En lo referido a la antijuridicidad parece claro que los exploradores violaron el deber de respetar la vida del inocente e incurrieron en un hecho injusto. Pero en el plano de la culpabilidad, es posible aseverar que, en la situación límite en la que se encontraban, no es posible dirigirles un juicio de reproche penal ya que no puede exigírseles que mantengan una conducta heroica como sería aceptar la muerte propia antes de salvarla a costa de la vida de otro. Se trataría de una causal de exculpación fundada en la inexigibilidad de otra conducta.

Gracias a Dios en el caso de los muchachos de la caverna de Tham Luang, no se presentó ninguno de estos dilemas, aunque al igual que en el caso de Fuller también tuvimos que lamentar la muerte de uno de los rescatistas, lo que plantea ahora la pregunta de si puede ponerse en riesgo la vida humana aunque sea con el objetivo noble de salvar a otros. Pero esto, que también está mencionado en el caso de los Exploradores de Cavernas, da para materia de otro comentario.

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Responsabilidad por hecho ajeno y solidaridad

Publicado 8 julio, 2018 por hcorralt
Categorías: Derecho Civil, Obligaciones, Responsabilidad Civil

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Un fallo reciente de la Corte Suprema (27 de junio de 2018, rol Nº 38145-2017: Ver texto) nos da ocasión para comentar la forma en que cómo debe dividirse la obligación de pagar perjuicios si son varios los considerados responsables por la ley civil.

En el caso, una menor de edad y sus padres deducen demanda de responsabilidad civil por haber sido la primera abusada sexualmente por un auxiliar de su colegio. Se demanda al autor del delito, a la Corporación de Desarrollo Social de Providencia y a la Municipalidad de Providencia, a estas última por ser entidades de las cuales depende el colegio donde ocurrieron los hechos.

En primera instancia, se condenó a los tres demandados en forma solidaria a pagar 80 millones de pesos para la niña abusada y 20 millones para cada uno de sus padres. Recurrido el fallo de casación en la forma y de apelación, la Corte de Apelaciones de Santiago anuló la sentencia, y en la de reemplazo mantuvo la condena sólo respecto del autor directo y de la Corporación y excluyó la responsabilidad de la Municipalidad, pero siguió determinando que la indemnización fijada debía ser pagada en forma solidaria por los dos condenados.

La Corporación interpuso recurso de casación en el fondo alegando varias infracciones de ley que fueron desestimadas por implicar una revisión de los hechos fijados. Sin embargo, la aplicación de la solidaridad por invocación del art. 2317 del Código Civil es acogida por la Corte, la que casa la sentencia y dicta una de reemplazo declarando que la obligación de pagar los perjuicios es simplemente conjunta, es decir, se divide en mitades una de cargo del autor directo y otra de cargo de la Corporación municipal.

Sin duda los argumentos para rechazar la solidaridad son correctos, ya que, como puntualiza la misma Corte, la Corporación sólo fue considerada responsable en virtud del art. 2320 del Código Civil que regula la responsabilidad por el hecho ajeno o del dependiente, la que no exige participación alguna en el hecho ilícito mismo, como sí lo requiere el art. 2317 cuando dispone que “Si un delito o cuasidelito ha sido cometido por dos o más personas, cada una de ellas será solidariamente responsable de todo perjuicio procedente del mismo delito o cuasidelito…”.

Sostiene la Corte que “la recurrente resulta ser responsable civilmente por el hecho perpetrado por su dependiente, el autor material del delito, y no por un hecho propio y distinto de aquél ­–no obstante que sea de su responsabilidad y de su cargo probar las hipótesis fácticas de la exención de responsabilidad que prevé el inciso final del artículo 2320 del Código Civil–, no es posible entender que se configure una situación en que tenga cabida el artículo 2317 del Código Civil, texto que supone la concurrencia de más de una conducta para producir el resultado dañoso, evento este último en el que pudo ser posible dar paso a la solidaridad dispuesta por el fallo atacado.– La Corporación demandada no responde en lo medular por un hecho propio que conlleve la responsabilidad solidaria que regula el texto recién citado, de modo que, al decidir lo contrario los jueces del grado incurrieron en un yerro jurídico que tuvo influencia sustancial en lo decisorio, en tanto se impuso a la parte que recurre una responsabilidad solidaria que no resultaba procedente” (cons. 10º).

El fallo es acordado con el voto en contra del Ministro Ricardo Blanco quien estimó que en el caso era aplicable el art. 2317 del Código Civil porque la Corporación había participado en el hecho por una conducta omisiva al no adoptar las medidas de cuidado o seguridad que hubieran evitado el delito.

La sentencia de reemplazo insiste en que no es aplicable el art. 2317 del Código Civil, y determina que la condena al total de la indemnización se hace “de manera simplemente conjunta”.

El resultado a que se llega es poco satisfactorio porque inmediatamente da pie para pensar que si se hubiera demandado únicamente a la Corporación se podría haber obtenido la totalidad de los perjuicios, mientras que al demandar también al autor directo, la Corporación resultó favorecida porque fue condenada sólo a la mitad de los perjuicios. Si se mantuviera esta doctrina ya nadie demandaría al autor directo y sólo únicamente al tercero civilmente responsable, ya que se parte de la base de que el autor directo no tiene la solvencia que le permitirá cumplir con la obligación de pagar perjuicios que se le imponga en la sentencia.

Esto no quiere decir que deba compartirse la interpretación del Ministro Blanco que amplía en demasía el concepto de “unidad del hecho” sobre el que se basa el art. 2317 del Código Civil. Nos parece correcto que este precepto no sea aplicable a la responsabilidad por el hecho ajeno, porque esta no requiere que se compruebe una participación en el hecho ni siquiera como conducta omisiva. Basta que se acredite el vínculo de dependencia, y ello lleva a atribuir la responsabilidad al responsable, salvo que éste pruebe no haber podido impedir el hecho.

Pero la inaplicabilidad del art. 2317 a la responsabilidad por hecho ajeno no implica que éste responda simple y conjuntamente con el autor directo. El art. 2320 hace responsable al principal o empresario por todo el daño y no por una parte del mismo. Por ello el art. 2325 del mismo Código da derecho al responsable que hubiera pagado el total de la indemnización a repetir en contra del autor directo del hecho ilícito.

Lo que sucede es que estamos ante uno de los casos en los que varias personas resultan obligadas a un mismo objeto pero sin que se aplique el régimen ni de las obligaciones solidarias ni el de las obligaciones simplemente conjuntas. Se trata de lo que la doctrina francesa ha llamado obligaciones in solidum y que la doctrina argentina, ahora recogida en el Código Civil y Comercial del 2015 (arts. 850 y ss.), denomina obligaciones concurrentes.

Las obligaciones concurrentes se asemejan a las solidarias en que los deudores pueden ser obligados a pagar el total de modo que pagando uno se libera a los otros. Pero se diferencian en que no se aplican los llamados efectos secundarios que son propios de la unidad obligacional de la solidaridad, porque las concurrentes son obligaciones diferentes que sólo coinciden en el objeto debido. Así, por ejemplo, demandado uno de los deudores concurrentes esa demanda no puede invocarse como interrupción de la prescripción de otro, como sí puede hacerse entre codeudores solidarios (art. 2329 CC).

La aplicación de esta figura a la responsabilidad del hecho ajeno ha sido propiciada por la doctrina más reciente. Enrique Barros, por ejemplo, postula que si bien no hay solidaridad, en la responsabilidad por el hecho ajeno puede condenarse por el total sobre la base de las obligaciones que la doctrina francesa ha llamado obligaciones in solidum (Tratado de Responsabilidad Extracontractual, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 2006, Nº 115, p. 178; cfr. Corral Talciani, Hernán, Lecciones de responsabilidad civil extracontractual, Thomson Reuters, 2ª edic., Santiago, 2013, p. 230). Un análisis de este tipo de obligaciones y su aplicabilidad en el ordenamiento jurídico chileno puede encontrarse en los Estudios de Derecho Civil del año 2015: Corral Talciani, Hernán, “Obligaciones por el total no solidarias u obligaciones concurrentes” en Álvaro Vidal, Gonzalo Severin y Claudia Mejías (edits.), Estudios de Derecho Civil X, Jornadas Nacionales de Derecho Civil, Valparaíso 2014, Thomson Reuters, Santiago, 2015, pp. 455-471.

La alternativa de las obligaciones concurrentes permite dar una respuesta que no rompe con el principio dogmático de que la solidaridad no se presume, sin menoscabar el derecho de la víctima a cobrar el total del daño contra el civilmente responsable, aunque haya también interpuesto la demanda contra el autor director.

Esperando la carroza: ¡y sin tarjeta de crédito!

Publicado 1 julio, 2018 por hcorralt
Categorías: Contratos, Derecho Civil, Derecho de Consumo

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Una mezcla de asombro e incredulidad produjo doña Ilka Soza, profesora normalista jubilada, de 78 años, y con una admirable actividad, cuando por una ingeniosa carta al Director de El Mercurio, denunció que su banco no quiso renovarle una tarjeta de crédito que vencía en junio de este año: “Quiero relatarle –dice en su carta­­– cómo terminaron mis pretensiones de renovar mi tarjeta de crédito en la voz de mi ejecutivo: Su tarjeta con fecha de vencimiento 07/18 no se renueva. No se otorga a los mayores de 72 años. Motivo: La edad. Causa: El riesgo. Razón: Mi posible deceso. Culpables: Las compañías de seguros. Víctima: Yo”. Termina formulando inquietantes preguntas: “¿Es de justicia que sepulten financieramente a un ser humano por la edad sin evaluar su condición intelectual, moral, profesional y social? ¿Será lógico que las personas viejas pierdan oportunidades y solo deban regar plantas, cuidar perros y tejer bufandas para los nietos, mientras esperan la carroza?” (Ver carta)

Para los más jóvenes hay que aclarar que se refiere a la “carroza fúnebre”, antiguamente un coche tirado por caballos que transportaba el ataúd de un difunto.

Luego de esta carta se abrió una polémica en los medios, la que se agudizó cuando el Premio Nacional de Ciencias y director del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, Miguel Kiwi, escribió al diario comunicando una experiencia similar a la doña Ilka. Le fue negada una tarjeta de crédito en razón de su edad. El doctor Kiwi, de 80 años, relató: “He sido invitado a dictar una conferencia en uno de los congresos mundiales más importantes de mi especialidad en San Francisco, California, en julio. ¿Cómo hago para reservar y pagar el hotel sin tarjeta de crédito? ¿Cómo hago para arrendar un vehículo?”. Concluye su misiva también con interrogantes: “¿Los que toman estas decisiones crediticias se dan cuenta de que, si tienen suerte, con el tiempo también pueden llegar a viejos? ¿Es necesario que sumen todavía nuevas discriminaciones a la vejez? ¿Como sociedad tenemos algo que decir al respecto? ¿O, como titula Ilka, solo tenemos que limitarnos a ‘esperar la carroza’?” (Ver carta).

Al parecer el banco de doña Ilka no se dio por aludido. En una segunda carta, publicada el 28 de junio, relata cómo después de su primera misiva ha recibido ofrecimientos de empresas y personas de darles servicios o tarjetas de manera gratuita, lo que agradece pero no desea aceptar. Nuevamente se pregunta “¿Dónde estarán aquellos organismos y personeros públicos y privados que se erigen en defensores, en la sociedad actual, de la dignidad y los derechos de los eufemísticamente llamados adultos mayores? ¿Dónde está la voz de mi ejecutivo, dónde está la voz de mi banco? (Ellos saben mi nombre y yo me rehúso a nombrarlo.).– No busco caridad. No espero conmiseración ante el deceso. Soy pasajera viva en la carroza que vaticinó mi ejecutivo bancario. Solo quiero renovar la tarjeta de crédito. La mía y la de otros que caminan conmigo” (Ver carta).

Consultados gerentes y directores de Banco dijeron a la prensa que el problema estaría en que no existen seguros de desgravamen para las personas mayores de 78 años y los bancos no quieren asumir los riesgos por los saldos insolutos y prefieren no otorgarla a adultos mayores.

La Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras emitió un comunicado indicando que no se exigen seguros, ni tampoco hay edades mínimas o máximas, para sacar tarjetas de crédito. Sostiene que “ desde la perspectiva de la SBIF, no existe un límite de edad para entregar productos y, más allá de los requisitos legales que rigen para todas las personas, cada institución determina los términos y condiciones bajo los cuales los entrega”. Termina aludiendo a la ley de protección al consumidor: “se debe señalar que los derechos de los adultos mayores, y de todo consumidor en materia financiera, están resguardados por la Ley de Protección de los Derechos del Consumidor”.

Lo cierto es que los bancos que se niegan renovar u otorgar tarjetas de créditos a adultos mayores incurren en una franca y arbitraria discriminación en razón de edad, lo que está prohibido por la ley Nº 20.609, de 2012, la llamada ley antidiscriminación. El art. 2 de este cuerpo legal determina que “entiende por discriminación arbitraria toda distinción, exclusión o restricción que carezca de justificación razonable, efectuada por agentes del Estado o particulares, y que cause privación, perturbación o amenaza en el ejercicio legítimo de los derechos fundamentales establecidos en la Constitución Política de la República o en los tratados internacionales sobre derechos humanos ratificados por Chile y que se encuentren vigentes, en particular cuando se funden en motivos tales como … la edad….”. Ejerciendo la acción que prevé esta ley, ante el juez de letras en lo civil, los afectados pueden pedir que en su sentencia ordene al demandado la realización del acto omitido dentro de un plazo perentorio, sin perjuicio de la multa que es procedente por la infracción (art. 12 ley Nº 20.609).

Pero también, como ya lo insinúa el comunicado de la SBIF, se está cometiendo una infracción a la ley Nº 19.496, de 1997, de Protección a los Derechos de los Consumidores. Esta ley dispone que, en general, es un derecho básico del consumidor “el no ser discriminado arbitrariamente por parte de proveedores de bienes y servicios” (art. 3 inc. 1º letra c). Más particularmente respecto de los productos o servicios financieros se le asegura el derecho de “ser informado por escrito de las razones del rechazo a la contratación del servicio financiero, las que deberán fundarse en condiciones objetivas” (art. 3 inc. 2º letra a). Esta última norma debe entenderse bajo el marco de la prohibición de no discriminación, de manera que no basta con que el rechazo a la contratación de un servicio financiero se funde en condiciones objetivas, sino que además ellas no deben ser discriminatorias. Por ejemplo, si un banco dijera que no dará tarjeta de créditos a los extranjeros o a las mujeres, estaría aludiendo a una causa objetiva, pero no por ello menos discriminatoria.

Así lo confirma el Reglamento sobre Información al Consumidor de Tarjetas de Crédito Bancarias y no Bancarias, contenido en el D. Sup. Nº 44, M. de Economía, de 2012, y que señala que “Cualquier otra condición objetiva que informe el emisor no podrá importar discriminación arbitraria respecto del consumidor” (art. 20 D. Sup. Nº 44, de 2012). De hecho, la mayor parte de los ejemplos que menciona el Reglamento como condiciones objetivas que puede invocar el emisor para negar una tarjeta de crédito tienen que ver con la solvencia del titular y el incremento del riesgo para el acreedor, como incumplimiento de los parámetros objetivos de endeudamiento determinados en la política de riesgos del emisor; excesiva carga financiera o de endeudamiento del consumidor; inexistencia o insuficiencia de patrimonio o de ingresos mensuales del consumidor; endeudamiento excesivo en relación con el patrimonio y los ingresos mensuales; insuficiencia de garantías; existencia de procedimientos judiciales o administrativos que pongan en riesgo el cumplimiento de la obligación; antecedentes financieros, societarios, inmobiliarios, profesionales o laborales insuficientes, incompletos, inexactos, inconsistentes, desactualizados o entregados extemporáneamente; morosidades o protestos; incumplimiento previo de obligaciones contraídas con el emisor; incumplimiento del nivel mínimo de aprobación previsto en los análisis de riesgo establecidos por el emisor y variaciones negativas y relevantes en los antecedentes entregados por el consumidor para el otorgamiento de la tarjeta de crédito o en las condiciones de los mercados.

Dentro de estas causales señaladas por el Reglamento se encuentra una relativa a las pólizas de seguro. Según el art. 20 Nº 9 es condición objetiva para el rechazo el “incumplimiento del consumidor de contratar oportunamente una póliza de seguro requerida por el emisor”. Pero debe notarse que no se trata de negar la tarjeta porque no hay un seguro disponible, como en los casos de doña Ilka y don Miguel, sino de que, habiendo dicho seguro, el consumidor se niegue a contratarlo. Además, hay que señalar que tampoco el emisor puede condicionar la contratación de la tarjeta a seguros que una categoría completa de personas no puede tomar. Si esto se admitiera se estaría consintiendo en una discriminación arbitraria por vía indirecta.

Por otro lado, la exigencia de seguro de desgravamen para estas tarjetas bien puede reemplazarse por otras medidas que aminoren el riesgo para el banco por la muerte del titular de la tarjeta de avanzada edad con saldos insolutos. Una de ellas sería la de fijar una cantidad más reducida como cupo máximo en la línea de crédito. También se pueden establecer fechas de caducidad y renovación (que suponen pago total de los saldos) más seguidas, etc.

Finalmente, digamos que todas estas normas legales y reglamentarias deben ser interpretadas conforme a la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, ratificada por Chile y promulgada por D. Sup. Nº 162, Relaciones Exteriores, de 2017 (D. Of. 7 de octubre de 2017). El art. 30 inc. 4º de esta Convención dispone expresamente que los “Estados Parte tomarán todas las medidas que sean pertinentes y efectivas para garantizar el derecho de la persona mayor, en igualdad de condiciones con las demás, a ser propietaria y heredar bienes, controlar sus propios asuntos económicos y tener acceso en igualdad de condiciones a préstamos bancarios, hipotecas y otras modalidades de crédito financiero…” (énfasis añadido).

Esperemos que, dada la pasividad de la SBIF, el SERNAC pueda intervenir en este problema como lo ha hecho en otros casos mediante mediaciones colectivas con las empresas proveedoras de estos servicios. Se evitará así que los adultos mayores, que cada vez se irán incrementando en nuestro país, se conviertan en interdictos financieros porque se les niegan instrumentos como las tarjetas de crédito que hoy no son artículos de lujo sino elementos básicos para el disfrute de bienes y servicios tanto en el país como fuera de él.

Así doña Ilka y don Miguel, y tantos otros en las mismas circunstancias, podrán seguir esperando la carroza fúnebre (que a todos nos llegará en su día), pero desarrollando al máximo posible sus labores y actividades en beneficio de su familia y de la sociedad.

El caso de Angus: reglamento de copropiedad y tenencia de mascotas

Publicado 24 junio, 2018 por hcorralt
Categorías: Abogados, Contratos, Derecho Civil, Derechos reales, Obligaciones

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Angus se llama el perro de raza schnauzer que dio lugar al juicio resuelto por la sentencia de la Corte de Apelaciones de Santiago de 6 de junio de 2018 (rol Nº 1414-2017), que dejó sin efecto una cláusula del reglamento de copropiedad del edificio que prohibía a su dueña mantenerlo en su departamento.

El reglamento señalaba, en su cláusula 16: “Queda terminantemente prohibido: Diecinueve: ingresar al Edificio y/o mantener en cualquier unidad o espacio común o bien de dominio común, animales domésticos”. La demandante adquirió el departamento el año 2014 y desde hace tres años tiene a Agnus. Sostiene que su mascota no deambula por los espacios comunes ni produce ruidos molestos, por lo que estima abusiva la prohibición que le impone el reglamento.

Por ello ejerce la acción prevista en el art. 31 de la ley Nº 19.537, de 1997 que otorga a los copropietarios el derecho de impugnar el reglamento de copropiedad si ha sido dictado con infracción de normas de la ley o su reglamento, o contiene disposiciones contradictorias o que no corresponden a la realidad de ese condominio o de manifiesta arbitrariedad en el trato a los distintos copropietarios. En tales casos, el Juez de Policía Local competente debe suprimir, modificar o reemplazar las normas impugnadas. En el proceso actúa como representante de los copropietarios el administrador del condominio, sin perjuicio del derecho de los primeros a comparecer por sí mismos. El Reglamento de la ley Nº 19.537, agrega que si el juez acoge la demanda debe ordenar que se proceda a extender una escritura pública complementaria del reglamento de copropiedad que contenga correspondiente supresión, modificación o reemplazo (art. 8 D. Sup. Nº 46, de 1998).

En el caso, el Juez de Policía Local falló en contra de la demandante reconociendo la licitud de la prohibición de mantener animales domésticos contenida en el reglamento de copropiedad. La sexta sala de la Corte de Apelaciones de Santiago, por unanimidad, revocó dicha sentencia y, por el contrario, dio lugar a la demanda y ordenó modificar el reglamento impugnado (Ver texto).

Debe constatarse, en primer lugar, que el fallo ha sido redactado con mucho descuido y que el lector se ve obligado a tener que ir corrigiendo las erratas y errores que se contienen en el texto. Pero lo más sorprendente es que la parte resolutiva de la sentencia es contradictoria con lo que se dice resolver. En efecto, se señala que se revoca la sentencia de primera instancia y que se acoge la demanda, y a continuación se dice que debe “sustituirse la cláusula dieciséis número diecinueve del reglamento de copropiedad del Edificio … por el siguiente: Mantener en cualquier espacio común o bien de dominio común, animales domésticos”. Así se sustituye el texto del número 19, pero no el encabezado de la cláusula 16 que seguirá disponiendo que “Queda terminantemente prohibido:…”. Con lo cual, si se siguiera literalmente lo que ordena el fallo el texto quedará como: “Queda terminantemente prohibido: Diecinueve: mantener en cualquier unidad o espacio común o bien de dominio común, animales domésticos”. O sea, la prohibición se mantendría. Imaginamos que el fallo será objeto de alguna aclaración, rectificación o enmienda, si es que no es recurrido de casación.

Vamos ahora a las cuestiones de fondo. En primer lugar, hay que señalar que la sentencia de la Corte descarta que la prohibición de mantener animales domésticos pueda impugnarse por las causales de no corresponder a la realidad del condominio o de arbitrariedad en el trato con los copropietarios. Esto último debe destacarse ya que en efecto no se ve que la norma sólo afecte a la demandante sino que impera por igual para todos los propietarios de unidades del condominio. Sin embargo, la Corte sostiene que la disposición incurre en la causal de vulnerar la Ley de Copropiedad y su Reglamento y para ello da tres razones:

1ª) El reglamento excede la competencia que le otorga la ley: señala la Corte que las normas del reglamento de copropiedad “solo se pueden referir a todo lo relacionado con la comunidad existente sobre espacios comunes y, a lo más puede[n] comprender la prohibición de alterar las fachadas de las unidades del condominio, única forma de cumplir la [sic] con finalidad que justifica su existencia”. Se agrega que “en consecuencia, el reglamento de copropiedad [n]o puede abarcar la prohibición del dominio del [sic] otros bienes ajenos a los regulados por la ley de copropiedad inmobiliaria –como un animal de compañía– salvo que encontrándose dentro del departamento afecte el derecho legítimo de terceros o su presencia sobrepase los límites dispuestos en el artículo 32 inciso segundo de la Ley, situación que en el presente caso, no se ha planteado” (cons. 5º).

2ª) El reglamento limita abusivamente el derecho de propiedad del copropietario al impedirle tener animales en su departamento: dice el fallo que “está fuera del ámbito de los objetivos propios del mismo y, su impropiedad es de tal envergadura que impone una limitación al ejercicio de un derecho de propiedad que en la actualidad tiene características especi[al]es” (cons. 6º). No es claro si se refiere al derecho de propiedad sobre el departamento o sobre el animal. En ambos casos puede decirse que se trata de una propiedad con características especiales.

3ª) El reglamento es abusivo por forzar a una persona a incumplir las leyes de protección de los animales: la Corte invoca la ley Nº 21.020, de 2017, sobre tenencia responsable de mascotas o animales de compañía (popularmente conocida por “Ley Cholito”), para indicar que “impedir mantener una mascota con sus dueños, implica un actuar abusivo, al colocarlo en la situación de tener que abandonar al animal en el supuesto que nadie lo reciba, lo que es sancionado actualmente como maltrato o crueldad animal conforme al artículo 291 bis del Código Penal, según lo señalado en el artículo 12 de la Ley 21.020, aunado a que se incumplirá las obligaciones de una tenencia responsable, en cuanto que si es dueño, al menos, corresponde proporcionarle buen trato, alimento, albergue, debiendo corresponder este último, según su artículo 10, al domicilio de su responsable –que será su dueña en este caso– o el lugar que se destine para su cuidado, pero esto último, en este caso, no puede tener lugar si se coacciona a su dueña a sacarlo del domicilio, pudiendo el retiro ser dañino para el animal colocando a la demandante en una situación de infringir el ordenamiento jurídico” (cons. 6º).

Aunque son estas últimas consideraciones las que han llamado la atención porque algunos han pensando que hay aquí un cierto apoyo a la “causa animalista”, en realidad nos parecen los argumentos más débiles del fallo. Primero, porque por las fechas que el mismo fallo entrega es de suponer que la demandante llevó a vivir a Angus con posterioridad a la fecha en la que adquirió el departamento, de manera que ella ha sido la que se coloca en la posición en la que se encuentra, a sabiendas de que el reglamento de copropiedad prohibía esos animales en el condominio. Es de notar que justamente una de las características de este acto jurídico es que sus normas devienen en obligatorias para todas las personas que lleguen a ser copropietarias, aun cuando no hayan participado en su aprobación. Además, no parece justo imponer a los vecinos la responsabilidad por el futuro de Angus por una decisión de su dueña de acogerlo en su vivienda. La responsable según la ley Nº 21.020 no puede ser sino la propietaria. Por tanto, si ésta no puede tener a Angus en su departamento por un reglamento que era conocido previamente por ella y que ha sido aceptado por ella por el hecho de adquirir la unidad en el condominio, será su propio deber seguir velando por el bienestar de su mascota, lo que podrá hacer de muchas maneras, desde llevarla a vivir a otra propiedad suya hasta la de pedir a algún amigo o familiar que la mantenga en sus casas. La sentencia cuando alude a que el albergue del animal debe corresponder al domicilio del propietario incurre en una lectura torcisa del art. 10 del referido cuerpo legal ya que esta norma se limita a disponer que “Será obligación del responsable de una mascota o animal de compañía mantenerlo en su domicilio, residencia o en el lugar que destine para su cuidado” (énfasis añadido). Por ello, el dilema que dramáticamente plantea la sentencia: o se le permite a la demandante tener a su perro en el departamento o ésta necesariamente deberá incurrir en el delito de maltrato animal y en una infracción a sus deberes como responsable de una mascota, es una construcción retórica efectista pero falsa.

El argumento sobre la extralimitación del reglamento que iría más allá de lo que son sus materias propias tiene mayor fuerza persuasiva, pero tampoco convence. La Corte parece sugerir que el Reglamento sólo puede dar normas para los bienes comunes y no para los de propiedad exclusiva. Pero esto no es así como puede corroborarse del amplio alcance que le atribuyen la ley Nº 19.537, de 1997, y el D. Sup. Nº 46, de 1998. Concretamente el art. 28 de la ley contempla como objetos del reglamento de copropiedad que deben aprobar los copropietarios “fijar con precisión sus derechos y obligaciones recíprocos” e “imponerse las limitaciones que estimen convenientes”, sin distinguir si se trata de bienes comunes o propios. Hasta la sentencia debe reconocer que un reglamento puede contener obligaciones como no alterar la apariencia física exterior (“las fachadas”) de las unidades (cons. 5º). La Corte Suprema, por otra parte, ha reconocido que es lícita la prohibición dar otro uso a las unidades que la habitacional (C. Sup. 31 de octubre de 2017, rol Nº 16.663-2017, que considera que la cláusula que prohíbe arrendar las unidades por menos de 30 días, es arbitraria).

A nuestro juicio, el único argumento que podría tener plausibilidad es el que la sentencia de la Corte apenas menciona y de manera ambigua. Se trata de la posible ilegitimidad de la limitación del derecho de propiedad que contempla el reglamento al prohibir la mantención de ciertas cosas o bienes dentro de la unidad de cada copropietario. Se podría sostener que esa limitación no corresponde por no estar en la ley ni tampoco fundarse en la función social de la propiedad conforme a lo que se dispone en el art. 19 Nº 24 de la Constitución.

Con todo, estas objeciones podrían refutarse por el hecho de que la ley Nº 19.537 autoriza a imponer estas limitaciones de manera que las estipulaciones del reglamento que se ajusten a ella deben considerarse autorizadas por esta ley. Por otro lado, la “utilidad pública” que según la norma constitucional conforma la función social de la propiedad puede ser entendida como la utilidad común que consisten en el bienestar de todos los vecinos de un condominio.

Indiferente a todas estas disquisiciones jurídicas, Angus, y salvo que el fallo de la Corte de Apelaciones sea casado por la Corte Suprema, podrá seguir viviendo en el departamento de su afortunada dueña.

Sergio Gatica Pacheco (1928-2018): abogado y maestro

Publicado 17 junio, 2018 por hcorralt
Categorías: Abogados, Derecho Civil, Obligaciones

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En las últimas décadas ha florecido el estudio sobre las obligaciones y sus efectos o medios de tutela, llamados, haciendo uso de un anglicismo, “remedios”. Un adelantado en estas materias fue el autor de un libro de modesto título: “Aspectos de la indemnización de perjuicios por incumplimiento del contrato”, publicado en 1959, y que constituye un verdadero clásico en la materia. No hay estudio de la doctrina chilena actual que no recurra a él para dar cuenta de su autorizada opinión en las múltiples cuestiones que plantea la responsabilidad por incumplimiento contractual.

El autor de ese libro, Sergio Gatica Pacheco, integrante emblemático del Estudio Claro y Cía., falleció el pasado 6 de junio, dejando a muchos abogados que tuvieron la suerte de tratarlo y de aprovechar su magisterio, con un sentimiento de genuina orfandad.

Don Sergio había nacido en Santiago el 16 de octubre de 1928, es decir, estaba pronto a cumplir los 90 años. De origen más bien humilde, hizo sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Barros Arana para luego ingresar a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Ya en 1954, en los primeros años de la carrera, entró a trabajar como procurador en el estudio Claro y Cía., en el que trabajaban los tres hijos del fundador del estudio, el famoso tratadista, político y abogado, don Luis Claro Solar: Héctor, Fernando y Gustavo. Se cuenta que le fue destinada una pequeña oficina, sin luz natural, pero que ello no le preocupaba y por el contrario se empeñó intensamente en las labores que le fueron encargadas, sin dejar de atender sus estudios. Siempre fue extraordinariamente reservado, al extremo de que, cuando le tocó rendir el examen de grado, fue a la oficina como siempre y, después de culminar la labores del día, pidió permiso para retirarse un poco más temprano porque tenía que hacer “una diligencia”. Grande ha de haber sido la sorpresa de los socios del estudio cuando se enteraron que el procurador Gatica había devenido en Licenciado aprobando el examen más temido de la carrera. Su memoria de prueba se tituló “Aspectos de la indemnización de perjuicios por incumplimiento de contrato (estudio de los artículos 1535 a 1544, 1556, 1558 y 1559 del Código Civil)”, y fue aprobada y publicada como tal en 1956. En los años siguientes siguió trabajando en ella y agregó un minucioso examen de la evaluación convencional de los perjuicios y de la cláusula penal.

Finalmente, en 1959, bajo el sello de la Editorial Jurídica de Chile, se publicará el libro que lo ubicará entre los grandes civilistas del siglo XX. Su título es el mismo que la memoria que le sirvió de base más los artículos referidos a la cláusula penal: Aspectos de la indemnización de perjuicios por incumplimiento de contrato (estudio de los artículos 1535 a 1544, 1556, 1558, 1559 y 1535 a 1544 del Código Civil). El libro tiene como prólogo una adaptación de lo que probablemente fue el informe que tradicionalmente hacía el Director del Departamento de Derecho Civil de las memorias presentadas en esa disciplina, don Luis Barriga Errázuriz. En el prólogo se deja constancia de la importancia de la indemnización de perjuicios y de la necesidad de una obra, a la vez especializada y de conjunto, en que se estudiaran las diversas manifestaciones de esa indemnización, que fue lo que se propuso el autor en relación con la indemnización de perjuicios por incumplimiento de contrato, “sobre la cual –apunta don Luis Barriga– ha llevado a cabo un excelente trabajo” (p. 7).

El libro comienza con una parte general sobre el concepto de indemnización, sus clases y diferencias entre responsabilidad contractual y extracontractual. Enseguida, se revisan cinco partes especiales, relativas al incumplimiento, los perjuicios, la avaluación legal, la avaluación judicial y la avaluación convencional. En esta última se contiene un profundo y extenso análisis de la llamada “cláusula penal”, incluyendo un apéndice con los efectos tributarios del pago de la pena. Como hemos dicho esta materia no fue incluida en la memoria que fue la base del libro, y al parecer las ambiciones de Sergio Gatica eran aún mayores, pues en el libro deja constancia de que pretendía examinar también la mora y la responsabilidad del deudor, pero que desistió de ello por la magnitud de la tarea “que nos habría demandado una labor de años antes de poder publicarlo”. Se conforta con que el sacrificio de estas materias “nos ha permitido, en cambio, profundizar con mayor cuidado en aquellas otras a las cuales nos hemos limitado” (p. 60, nt. 94).

Al parecer el éxito de su investigación no le llevó a la academia, pero por contraste desarrolló una brillante carrera profesional en el estudio que lo había acogido cuando daba sus primeros pasos. Nicolás Luco, actual abogado de Claro y Cía., relata que don Sergio llegó a ser un abogado imprescindible del estudio y fue allí donde desarrolló su vocación magisterial: “siempre desempeñó el papel de gran educador de los abogados del estudio. Siempre su puerta estuvo abierta de par en par para resolver dudas y guiar a los abogados jóvenes en su aprendizaje.  Insistía mucho en estudiar e ir a las fuentes, no le gustaban los abogados ‘de oídas’”. Otros integrantes del estudio cuentan que decía que lo importante no era saberlo todo sino saber dónde encontrarlo y que siempre se le veía rodeado de abogados jóvenes y no tan jóvenes, que le pedían consejo. El 2016 el ranking Best Lawyers lo seleccionó entre los mejores abogados en materia de arbitraje y mediación.

No se trataba, sin embargo, de alguien sin carácter. Los que le conocieron recuerdan que de más joven solía ser un tanto cascarrabias y no se esforzaba por parecer simpático. La hipocresía y las ansias de figurar le disgustaban profundamente. Con el paso de los años, su trato se fue suavizando y ganando en afabilidad y comprensión. Cuando un grupo comenzaba a criticar agriamente a alguna persona por algún mal paso o una actitud poco respetable, inmediatamente prevenía sobre la necesidad de evitar los juicios drásticos tomando conciencia de las debilidades y miserias propias.

Aunque no se casó ni tuvo hijos, ya de mayor adoptó a un padre con sus dos hijos, uno de los cuales era una muchacha sordomuda, cuyo bienestar fue uno de los grandes desvelos de don Sergio hasta el final de sus días.

Digamos algo sobre su obra y cómo hasta el día de hoy sigue iluminando los estudios en materia de obligaciones. Aunque sostenía que el Código Civil no admitía la indemnización del daño moral en sede contractual, no tenía problemas para declarar que esta decisión le merecía una severa crítica, ya que, sostiene con vigor, las obligaciones no están circunscritas a cuestiones de índole patrimonial o económica. Por ello declara que la posición del legislador “resulta en absoluto inaceptable y debe ser abandonada, porque no interpreta el sentido de la época y está además en pugna con el espíritu general de nuestra legislación” (p. 147).

También es de notar que ya en esos años don Sergio afirmaba una morigeración del derecho del acreedor al cumplimiento forzado, que sólo en el último tiempo ha venido a ser defendido por nuestra doctrina. Señala, así, que si el cumplimiento en naturaleza es posible pero resulta de tal manera gravoso para el deudor, sería una inequidad someterlo a él debiendo el acreedor optar por la indemnización de perjuicios (pp. 29-30).

La tesis que ha sido postulada en el último tiempo sobre la autonomía de la pretensión indemnizatoria encuentra ya un planteamiento a favor en el libro de Gatica. Critica la posición tradicional que sostiene que, tratándose de obligaciones derivadas de un contrato bilateral, sólo es posible reclamar la indemnización de perjuicios como petición accesoria a la acción de cumplimiento o de resolución, porque así lo exigiría el art. 1489 del Código Civil. Por el contrario, Gatica sostiene que existen casos “en que es perfectamente factible intentar directamente la acción de perjuicios como consecuencia del incumplimiento de la obligación sin que sea menester demandar como principal la ejecución forzada o la resolución del contrato” (p. 39). Pone varios ejemplos: si se trata de un contrato cumplido tardíamente, o si no es posible el cumplimiento forzado y no resulta procedente la resolución, o si la parte incumplida del contrato es de escasa importancia como para acceder a su resolución. Incluso señala que es posible pedir la indemnización y más adelante la resolución o cumplimiento, aunque esta vez sin indemnización ya que la sentencia del juicio anterior produciría cosa juzgada (p. 40).

Son muchos los puntos en los que el libro de Gatica puede ser considerado pionero en nuestra doctrina. A los que ya se han señalado podrían añadirse otros como la noción de incumplimiento definitivo que no requeriría constituir en mora al deudor (pp. 78 y ss.), el deber de acreedor de mitigar el daño (pp. 189-190), la responsabilidad contractual por el hecho de los auxiliares del deudor (p. 68), la defensa de la regla de la previsibilidad a la época del contrato de los perjuicios contractuales (pp. 134 y ss.), la justificación jurídica y económica del anatocismo, es decir, la capitalización de intereses o interés compuesto (pp. 285-299) y la autonomía conceptual de la mal llamada “cláusula” penal (pp. 318-321).

De prosa elegante pero sencilla y clara, saca mucho partido a la jurisprudencia que cita cuidadosamente. También dialoga con autores de la doctrina francesa (Pothier, Delvincourt, Baudry-Lacantinerie, Demolombe, Demogue), italiana (Ricci, Giorgi, Ruggiero, Chironi), alemana (von Thur, Enneccerus), española (Manresa, Puig Peña), latinoamericana (Peirano, Colmo, Salvat, Lafaille) y chilena (Fabres, Alessandri, Claro Solar, Barros Errázuriz, Fueyo, Somarriva, Pescio, Vodanovic), y lo hace con soltura y sin temor a emitir opiniones discrepantes.

Hasta el mismo don Luis Claro Solar, padre de sus jefes, si bien en general es citado con aprobación, en algunos puntos es confrontando, como sucede por ejemplo con la opinión de que la indemnización de perjuicios sería una obligación accesoria, lo que Gatica rechaza por no existir obligación principal, sino una única obligación aunque con diverso objeto (p. 22) o con la idea de Claro de que la cláusula penal sólo accidentalmente tiene carácter indemnizatorio, lo que tampoco es aceptado por Gatica (p. 307, nt. 605). Tampoco se amilana a expresar su discrepancia con alguna autorizada opinión extranjera, como sucede con la idea de Ricci que señala que dar la opción al deudor de cumplir en naturaleza o indemnizar sería convertir todas las obligaciones en alternativas, lo que es refutado por Gatica (p. 28, nt. 39).

Ni el mismo Código de Bello se salva de los reproches, comedidos y sine ira, del autor, como ya vimos en lo referido al daño moral contractual. Respecto de la solución que da el art. 1521 a la pérdida culpable de la cosa debida solidariamente en cuanto a mantener la solidaridad por el valor de la cosa pero no respecto de los perjuicios extrínsecos, advierte que le parece “censurable desde el punto de vista jurídico”, si bien piensa que la solución se explica por razones de equidad (p. 48).

Sorprende sí que, a pesar de que se cita el Tratado de Obligaciones de René Demogue, no se mencione para nada la distinción entre obligaciones de medio y de resultado que dicho autor francés impusiera con gran éxito hasta la actualidad. Es posible que quedara dentro de aquellas materias propias de la responsabilidad del deudor que el autor se vio impelido a omitir en aras de una mayor rapidez de publicación de su obra.

Don Sergio Gatica se ha marchado de este mundo, pero es claro que no has dejado una obra señera de nuestro Derecho Civil, y que está llamada a seguir desempeñando esa función esclarecedora en beneficio de la actual doctrina y de la jurisprudencia en una materia que aúna desafiante riqueza dogmática y vocación de intensa aplicación práctica

Torta de novios y objeción de conciencia

Publicado 10 junio, 2018 por hcorralt
Categorías: Derecho Civil, Derecho de Consumo, Derecho de la persona, Derecho Público

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Era un fallo muy esperado, el que la Corte Suprema de Estados Unidos dio a conocer el pasado 5 de junio, en el caso “Masterpice Cake Shop Ltd. et al. v. Colorado Civil Rights Commission”. Se discutía la legitimidad de la negativa del dueño de una pastelería y respostero de diseñar y preparar una torta especial de novios para la fiesta de celebración de un matrimonio entre dos varones.

La Corte, por amplia mayoría de 7 votos contra 2, acogió el recurso del objetor que invocó sus derechos constitucionales a las libertades de expresión y de religión contenidas en la Primera Enmienda de la Constitución Federal, cuyo tercer artículo dispone que “El Congreso no aprobará ninguna ley cuyo objetivo sea imponer una religión o prohibir el libre ejercicio de una religión, ni para restringir la libertad de expresión o de prensa…”

El fallo tiene mucha relevancia porque son múltiples las materias en las que se están produciendo conflictos entre lo que las leyes positivas ordenan y los deberes morales que los ciudadanos perciben a través de su conciencia personal, y que se tratan de solucionar a través de la llamada objeción de conciencia, pero no siempre es sencillo establecer la existencia de esta objeción ni su alcance.

Pero antes de ir a la sentencia de la Corte, debemos describir resumidamente los hechos del caso. En la ciudad de Lakewood, en el Estado de Colorado, por 24 años Jack Phillips, un cristiano devoto, ha sido propietario de la empresa Masterpice Cake Shop Ltd., a través de la cual él mismo diseña, confecciona y vende tortas, pasteles, dulces y otros productos semejantes. En julio de 2012, Charles Craig y David Mullins, que iban a contraer matrimonio en el Estado de Massachusetts para luego hacer la fiesta en Colorado, que a la época no reconocía el matrimonio entre personas del mismo sexo, entraron a la tienda y pidieron a Phillips que preparara una torta especial para dicha fiesta. Phillips se niega y les explica que, dadas sus personales creencias sobre la necesaria heterosexualidad del compromiso matrimonial, le es imposible acceder a la petición. Como alternativa les ofrece otro tipo de tortas, dulces o pasteles también fabricados por él. Los solicitantes no aceptan esa oferta alternativa y se retiran de la tienda sin mayor discusión. Semanas más tarde, sin embargo, interponen una denuncia en contra de Phillips y de Masterpice Cake Shop por violación de la Colorado Anti-Discrimination Act (CADA) ante la Comisión de Derechos Civiles de dicho Estado. La CADA prohíbe toda discriminación en ámbitos que caen dentro del concepto de “places of public accommodations”, el que incluye locales o negocios de ventas y prestación de servicios al público en general. En cambio, según la ley, no son lugares de “public accommodations” las iglesias, sinagogas, mezquitas y otros recintos destinados principalmente a fines religiosos.

Ante la denuncia se sustanció el procedimiento administrativo establecido por la ley, que culminó en una resolución del pleno de la Comisión por la cual se concluye que hay evidencia suficiente para determinar que los denunciados (Phillips y su empresa) violaron la CADA y por ello impone medidas remediales contempladas en la misma ley: cese inmediato de las discriminaciones a parejas homosexuales y venderles tortas de matrimonio y otros productos, cambiar cualquier política de negocios contraria a la ley, someter al personal a capacitación en las normas de la sección de Public Accomodations de la CADA e informar trimestralmente, por un plazo de dos años, los pasos que se han dado para evitar discriminaciones de clientes. Phillips, por él y por su empresa, apeló a la Corte de Apelaciones de Colorado, pero ésta en 2015 confimó la resolución y las medidas remediales adoptadas por la Comisión.

Después de que la Corte Suprema estatal se negara a conocer el caso, Phillips y su empresa solicitan que sea visto por la Corte Suprema Federal, ya que entienden que la decisión que los ha sancionado viola las libertades de expresión y de religión consagradas en la Primera Enmienda de la Constitución. La Corte concede el certiorari el año 2017, revisa la causa y finalmente emite la sentencia acogiendo la petición y revocando, la resolución de la Corte de Apelaciones.

La sentencia reconoce que se estaba frente a un caso muy difícil ya que plantea la necesidad de dirimir cómo compatibilizar dos principios fundamentales del orden constitucional: por una parte, las libertades de expresión y religión del repostero y su empresa y, por otra, la autoridad del Estado para proteger a las personas contra las discriminaciones en el acceso a la compra de bienes y servicios ofrecidos al público en general. De ello se deja constancia al comenzar el fallo: “El caso plantea preguntas difíciles en cuanto a la correcta conciliación de al menos dos principios. El primero es la autoridad de un Estado y sus entidades gubernamentales para proteger los derechos y la dignidad de las personas homosexuales que están casadas o desean casarse, y que enfrentan discriminaciones cuando buscan bienes o servicios. El segundo es el derecho de todas las personas a ejercer las libertades fundamentales en virtud de la Primera Enmienda, tal como se aplica a los Estados a través de la Decimocuarta Enmienda”. Estas libertades fundamentales son básicamente dos: la libertad de expresión y el libre ejercicio de una religión: “the freedom of speech and the free exercise of religión”.

La Corte, sin embargo, y quizás de allí la contundente mayoría de la decisión, no entra directamente a resolver el dilema planteado, y más bien constata que se dio, lo que podríamos decir, es un vicio de procedimiento. No se trata, sin embargo, de una mera cuestión formal o adjetiva, sino justamente de la falta de consideración y respeto que la Comisión de Derechos Civiles mostró hacia las libertades de expresión y de religión planteadas por Phillips. Así, la sentencia de la Corte Suprema estima que durante el procedimiento el Estado de Colorado no respetó su obligación de tratar con neutralidad los argumentos basados en las libertades de expresión y religión: “La razón y el motivo de la negativa del repostero se basaron en sus convicciones y sinceras creencias religiosas […] el repostero, en su calidad de propietario de una empresa que presta servicios al público, podría ver limitado su derecho al libre ejercicio de la religión por leyes de general aplicación. Aún así, la delicada cuestión de cuándo debe ceder el libre ejercicio de su religión a un ejercicio válido del poder estatal debe determinarse en una sentencia en la que la hostilidad religiosa por parte del Estado mismo no sea un factor integrante del balance que el Estado ha de realizar. Ese requisito, sin embargo, no se cumplió aquí. Cuando la Comisión de Derechos Civiles de Colorado consideró este caso, no lo hizo con la neutralidad religiosa que exige la Constitución”.

La sentencia, enseguida, argumenta por qué puede decirse que Phillips y su empresa no tuvieron un trato neutral, sino que sus alegaciones fueron menospreciadas y miradas con hostilidad. Un elemento que parece haber pesado especialmente en el ánimo de los jueces son las expresiones de algunos de los integrantes de la Comisión durante las audiencias orales del procedimiento sancionatorio: un comisionado dijo que el pastelero podía creer lo que él quisiera pero no podía actuar siguiendo sus creencias religiosas si decide emprender negocios en el Estado. En una nueva audiencia otro comisionado planteó que “la libertad de religión y la religión misma han sido usadas para justificar todo tipo de discriminaciones a través de la historia, ya sea la esclavitud, ya sea el holocausto […] para mí es una de las más despreciables formas de retórica por la que las personas usan su religión para dañar a otros”. La Corte señala que los registros de la audiencia revelan que estas expresiones no merecieron ninguna objeción ni matización por parte de los demás comisionados. La sentencia señala que “este sentimiento es inapropiado para una Comisión encargada de la solemne responsabilidad de hacer una justa y neutral aplicación de la ley antidiscriminación de Colorado, que es una ley que protege de la discriminación tanto en razón de religión como de orientación sexual”.

A ello añade la Corte el hecho de que en tres ocasiones anteriores la Comisión haya dado lugar a las objeciones de conciencia de pasteleros que rechazaron preparar y vender tortas con imágenes que contenían una desaprobación a los matrimonios entre personas del mismo sexo. Frente a la idea de que la diferencia se justificaba porque estas últimas contenían un mensaje ofensivo y no así la que se pidió a Phillips, la Corte aclara que, como ella misma ha sostenido repetidamente, no corresponde al Estado ni a sus oficiales “prescribir lo que debe ser ofensivo”. Por ello, el tribunal de apelación de Colorado al intentar hacer la diferencia entre los casos sobre la base de su calidad ofensiva, “eleva una visión de lo que es ofensivo sobre otras y envía una señal de desaprobación oficial de las creencias religiosas de Phillips” (Ver texto del fallo).

Como se verá, aunque la Corte no haya considerado necesario ir al fondo del asunto planteado, la sentencia tiene un contenido mucho más importante que una simple desautorización (“tirón de orejas”) del procedimiento por el cual el pastelero y su empresa fueron sancionados como discriminadores al negarse a preparar y vender una torta para un matrimonio homosexual.

En primer lugar, hay que constatar que la Corte asume que las creencias morales y religiosas de las personas deben ser seriamente consideradas también en el ámbito público. Por ello, la aconfesionalidad del Estado y su neutralidad religiosa debe permitir valorar favorablemente la presencia del fenómeno religioso, no sólo en el contorno de lo doméstico, sino también en las interacciones sociales de los ciudadanos. Es lo que algunos han dado en llamar “laicidad positiva”, para diferenciarlo del laicismo secularizante, que sospecha de las religiones y aspira a excluir su influencia fuera del ámbito de lo privado. La Corte insiste una y otra vez que las creencias de Phillips sobre la identidad del matrimonio, aunque fundadas en su fe cristiana y manifestadas como inspiración de sus actos en la interacción de sus relaciones profesionales o comerciales, no deben ser objeto de desprecio ni de hostilidad, sino que deben ser consideradas lealmente. Es más, para la Corte el mismo precepto Constitucional que establece la aconfesionalidad del Estado, la Primera Enmienda, impone el debido respeto a todas las creencias religiosas, de modo que el Estado tiene el deber de no fundar sus leyes y regulaciones en la hostilidad para con la religión o los puntos de vista religiosos.

En segundo término, la Corte deja sentado que el Estado no tiene derecho a determinar qué ideas religiosas son legítimas y cuáles serían ilegítimas, como ya lo había sostenido en un caso anterior (Church of Lukumi Babalu Aye, Inc. v. Hialeah, de 1993). Por ello, las autoridades de gobierno no tienen competencia alguna que les permita “decidir o incluso sugerir si los fundamentos religiosos de la objeción de conciencia de Phillips eran legítimos o ilegítimos”.

En lo que concierne más directamente a nuestro país, puede llamarse la atención sobre el hecho de que la Corte asume, sin necesidad de justificarlo, que la objeción de conciencia basada en las libertades de expresión y de religión no sólo compete a la persona natural, Jack Phillips, sino también que a la persona jurídica a través de la cual el repostero desarrolla su actividad profesional: la sociedad Masterpice Cake Shop Ltd. Esto muestra la naturalidad con la que se concibe en los Estados Unidos que este tipo de derechos y las objeciones fundadas en ellos pueden ser ejercidas también por instituciones o entidades colectivas.

El mismo título del fallo que da cuenta de las partes del caso será conocido no como Phillips v. Colorado Civil Rights Commision, sino como Masterpice Cake Shop v. Colorado Civil Rights Commission, lo que por lo demás ya había sido resuelto de igual manera en el caso Burwell v. Hobby Lobby Stores, Inc. (2014). Esto debiera servir para apreciar lo superadas que en el ámbito internacional están aquellas visiones que siguen insistiendo en Chile que “las instituciones no tienen conciencia” y que denuncian como “extravagante” la “objeción de conciencia institucional” que nuestro Tribunal Constitucional introdujo, por exigencia del art. 19 Nº 6 de la Constitución, en la ley que despenaliza el aborto en tres causales.

¿Mi reino por unos kilos de palta?: análisis jurídico de un insólito intercambio

Publicado 3 junio, 2018 por hcorralt
Categorías: Contratos, Derecho Civil, Obligaciones

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Un tuit por el que se nos ocurrió precisar que la operación en que una persona pagó con unos kilos de palta, hoy altamente cotizadas en Chile, un celular que ofrecía una multitienda no era una compra sino una permuta, provocó una estimulante discusión sobre la naturaleza jurídica de este insólito intercambio. Alguien, con razón, precisó que como lo pagado por el celular no era una especie o cuerpo cierto, sino una cosa genérica no podía ser permuta. Algunos propusieron que quizás había aquí una dación en pago; otros sugirieron que la palta podría ser entendida como dinero, ya sea por ser “oro verde” o porque las partes le pudieron haber otorgado esa calidad, como hoy día está sucediendo con las llamadas criptomonedas, y así volveríamos a la compraventa. No faltaron los que dijeron que para efectos del IVA igual era venta gravada con ese impuesto, y al parecer la tienda no había dado la boleta o factura correspondiente.

Pero veamos un poco más en detalle los hechos, según lo que informaron los medios de prensa. En los días 28, 29 y 30 de mayo tuvo lugar el llamado “Cyberday” por el cual se ofrecen distintos productos y servicios a través de internet a un precio rebajado. Al parecer como una estrategia publicitaria o una humorada, la página web de la multitienda Ripley ofreció un celular Motorola Moto X4 Triang Negro, con las siguientes leyendas sobre el precio: actual 399.990; cyber: 189.990; valor equivalente en Palta: 58 kg. Como el precio del kilo de paltas estaba en aproximadamente los 5.000 pesos, los 58 kilos daban un valor muy superior al precio rebajado ($ 290.000). Por ello, la multitienda no se esperaba que alguien tomara en serio la oferta como efectivamente sucedió cuando un microempresario dedicado a vender paltas con el llamativo título de “El weón de las paltas” se comunicó con sus ejecutivos y preguntó dónde debía dejar los frutos para adquirir el celular ofrecido. Le contestaton que en el Parque Arauco a las 12:00 horas de ese mismo día: “Tú traes las paltas y nosotros el celular”. Y así fue, con asistencia de cámaras y diversos medios, el empresario entregó las paltas solicitadas y los empleados de la tienda le entregaron el celular.

Volvamos ahora al ejercicio intelectual de calificar este acuerdo desde el punto de vista del Derecho Civil. Los medios de prensa hablaron de “compra” de celular y de venta de “paltas”, pero esto no parece acertado si nos atenemos a la definición que de ese contrato nos da el art. 1793 del Código Civil: “La compraventa es un contrato en que una de las partes se obliga a dar una cosa y la otra a pagarla en dinero”. Como señalábamos, algunos han pensado que las paltas podrían ser consideradas dinero no oficial (“oro verde”), pero es claro que la oferta distinguía claramente el precio en dinero y el valor equivalente en una cosa que no es dinero, al menos de curso legal. Es cierto que se admite que la compraventa pueda tener un precio que se pague en parte en dinero y en parte en otra cosa, pero siempre que la cosa tenga un valor igual o superior a la parte dineraria: “se entenderá permuta si la cosa vale más que el dinero; y venta en el caso contrario” (art. 1794 CC), pero esto no se aplicaba en el caso ya que el precio no era dinero y paltas, sino sólo paltas.

De esta manera, pareciera que la oferta de Ripley era alternativa entre una compraventa con el precio en dinero (rebajado) y una permuta a cambio de 58 kilos de palta. Tenemos entonces que mirar lo que dispone el art. 1897 del Código Civil: “La permutación o cambio es un contrato en que las partes se obligan mutuamente a dar una especie o cuerpo cierto por otro”. Pero aquí surge un problema, ya que tanto el celular como las paltas estaban determinadas sólo en cuanto a su género y no en cuanto al individuo perteneciente al género. Luego la oferta no era propiamente de celebrar alternativamente una compraventa o una permuta, sino la de celebrar una compraventa o un contrato innominado de intercambio de cosas genéricas. Digamos de paso que la exigencia de que las cosas permutadas sean especies o cuerpos ciertos es una singularidad de nuestro Código y que, además, no fue original de Bello sino introducida por la Comisión revisora que dio lugar al llamado Proyecto Inédito. En todo caso, es común afirmar que aunque el intercambio de cosas genéricas sea un contrato innominado por analogía se le aplicarán las reglas de la permuta, o permutación como la denomina el Código.

El vendedor de paltas, al aceptar la oferta, consintió en el cambio y con ello se perfeccionó el contrato ya que, no siendo ni solemne ni real, se trata de un contrato consensual. Del contrato nacieron dos obligaciones genéricas: la de entregar un celular de la marca anunciada y la de entregar “paltas”. Como no se señala nada sobre la clase o categoría de la palta contenida en la oferta, debe aplicarse el criterio de la “mediana calidad” que establece el Código Civil, cuando dispone que en estas obligaciones el deudor se libera “entregando cualquier individuo del género, con tal que sea de una calidad a lo menos mediana” (art. 1509 CC).

Podría especularse que la figura es una dación en pago, pero en tal caso tendríamos que entender que primero se formó un contrato de compraventa al haber el vendedor de paltas aceptado la oferta del celular en dinero, y que luego éste habría ofrecido en vez del dinero entregar 58 kilos de paltas, siendo esto aceptado por el acreedor, ya que en principio “El acreedor no podrá ser obligado a recibir otra cosa que lo que se le deba ni aun a pretexto de ser de igual o mayor valor la ofrecida” (art. 1569 inc. 2º CC). Ahora bien, si así hubiera sido, se presentaría la clásica discusión sobre si la dación en pago es una novación por cambio de objeto o una modalidad del pago. Si fuera una novación por cambio de objeto, y las paltas no hubieran sido entregadas o fueran de calidad inferior a la mediana, Ripley no podría exigir el pago en dinero, ya que la obligación de pago en dinero surgida de la compraventa se habría extinguido irreversiblemente por la novación. Sólo podría pedir el cumplimiento de la obligación de entregar paltas de mediana calidad o pedir la resolución del contrato. Por el contrario, si se entiende que no hay novación sino una modalidad de pago por aceptación del acreedor de una cosa distinta de la debida, si las paltas no son entregadas en la cantidad y calidad debidas, Ripley podría pedir el cumplimiento forzado de la obligación de pagar el precio en dinero invocando el contrato de compraventa que no habría sido novado.

No obstante, nos parece que las circunstancias del caso permiten concluir que no hubo dación en pago, porque la misma oferta de Ripley daba como alternativa que el aceptante se obligara o con dinero o con paltas. Al haber aceptado la oferta en la alternativa de las paltas, no hubo nunca compraventa. Por ello si el vendedor no hubiera cumplido o las paltas entregadas son de mala calidad, Ripley sólo podría pedir la entrega de los 58 kilos de palta y no el dinero, sin perjuicio de su derecho a solicitar la resolución del contrato innominado de cambio de cosas genéricas, ya que sin duda se trata de un contrato bilateral en el que va envuelva la condición resolutoria tácita del art. 1489 del Código Civil.

En todo caso, aunque no se trate de una compraventa sino de una permuta o un contrato de cambio innominado, como se trata de cosas muebles, la operación será considerada “venta” para efectos del impuesto al valor agregado, conforme a lo que se señala en los arts. 2 Nº 1 y 18 del D.L. 825, de 1974.

Un pequeño costo para lo que sin duda, fue un golpe publicitario; sobre todo para para el empresario de paltas que se hizo famoso con el incidente, pero también para Ripley que tuvo la buena idea de aceptar la oferta y entregar el celular ofrecido. Así y todo, los ejecutivos de la tienda se apresuraron a bajar la oferta y anunciaron que ya no seguirían “vendiendo” productos a cambio de paltas.