¿Nos están pasando la cuenta?

En relación con los abusos sexuales que habrían cometido, según los denunciantes, miembros del clero chileno, se ha dicho que la opinión pública le estaría pasando la cuenta a la Iglesia Católica. Se sugiere así que el escándalo y la crítica suscitada por el conocimiento de hechos tan repudiables, se debería no sólo a la gravedad de los abusos en sí, sino a la actitud que la Iglesia ha mantenido en las últimas décadas en torno a los temas de moral sexual que se han debatido en la sociedad chilena. Su constante defensa del matrimonio indisoluble y su oposicióm al divorcio, la defensa del derecho de los padres para educar a sus hijos sobre todo en materias de ejercicio de sexualidad, el rechazo a la banalización del sexo y su negativa a aceptar las relaciones prematrimoniales, la legitimación de la homosexualidad,  la anticoncepión, el aborto y la píldora del día después, ahora le habrían estallado en la cara al saberse que algunos de sus miembros incurrían en desórdenes sexuales tan o más graves que aquellos contra los cuales se pronunciaba.

Sin duda es un hecho que la conducta irregular parece peor cuando el que la comete ha proclamado la virtud contraria. La mala fama del padre Gatica que predica y no practica es vieja y conocida. Pero extender su aplicación a toda la Iglesia no sólo es injusto sino riesgoso, porque parece sugerirse que fue un error haber defendido los valores morales ligados a la sexualidad y a la familia con tanta  energía como lo ha hecho la Iglesia Católica en Chile, al menos con la misma fuerza con la que ha promovido los derechos humanos y las exigencias de la justicia social.

Este “nos están pasando la cuenta” podría ser interpretado como un llamado al silencio a las autoridades de la Iglesia de ahora en adelante cuando se ventilen los debates que dicen relación con el orden de las conductas sexuales.

Sería un error grave que la jerarquía y los laicos se dejaran intimidar por esta idea y pensaran que, ante los abusos sexuales de algunos miembros del clero, es más correcto y oportuno abstenerse de promover y defender los principios de la doctrina de Cristo sobre la dignidad de la sexualidad humana, el matrimonio y la familia. La Iglesia y sus fieles no sólo tienen el derecho, sino el deber de seguir promoviendo sus valores, también en beneficio de las personas y la sociedad chilena.

Las medidas para reparar los daños y para evitar que vuelvan a producirse conductas tan reprobables no son incompatibles con la continuidad de la misión doctrinal y evangelizadora que corresponde a la Iglesia. Y  no sólo a la jerarquía sino a cada uno de los católicos que, aunque perplejos y doloridos por las infidelidades de algunos sacerdores, incrementarán los esfuerzos por purificar el cuerpo de la Iglesia y seguir proponiendo (nunca imponiendo) los criterios morales que hacen del ejercicio de la sexualidad una realidad que ennoblece y no degrada a la persona humana.

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