Junio: mes de los santos ¿abogados?

Algunos chistes sobre abogados traducen la idea de que nunca o rarísimamente un abogado puede ser admitido por San Pedro en el Paraíso. Incluso en los procesos canónicos se habla del “abogado del diablo”. Es cierto que es posible encontrar santos que los abogados han erigido en patronos de la profesión como San Alfonso María de Ligorio y San Raimundo de Peñafort, pero no sé si son buenos ejemplos para la práctica de la  profesión ya que se trata de clérigos dedicados, o al Derecho canónico, como Raimundo, o a la teología moral, como Alfonso. Este último fue abogado antes de entrar en religión y ejerció brillantemente la abogacía en Napoles hasta que perdió uno de sus más importantes pleitos y, ante esa decepción, quiso abandonar  las vanidades del mundo y se hizo sacerdote. Era el llamado de Dios, sin duda, para Alfonso, pero no para la inmensa mayoría de los abogados, a los que Dios les llamará a perseverar en su profesión incluso cuando el resultado del juicio haya sido adverso.

Pero fuera de Raimundo y Alfonso, podemos citar a otros dos abogados que han sido canonizados y cuyas fiestas se celebran en este mes de junio. Uno es Santo Tomás Moro, que la liturgia recuerda el 22 de junio, y otro San Josemaría Escrivá, cuya fiesta se celebra pocos días después: el 26 de junio.

Tomás Moro vivió a comienzos del siglo XVI (1478-1535), y fue laico, dos veces casado, con 4 hijos, abogado, juez, literato, diplomático y hombre público. Llegó a ser Lord Canciller de Enrique VIII, hasta que éste decidió quebrar la unidad de la Iglesia Católica para poder disolver su matrimonio y casarse con Ana Bolena. Moro fue acusado de traición por no querer jurar que el Rey era la Cabeza Suprema de la Iglesia en Inglaterra y condenado a morir decapitado. Sus últimas palabras: “King’s good servant but God’s first” (muero como fiel servidor del Rey pero antes de Dios), se han convertido en un lema que todo cristiano puede hacer suyo en las actividades profesionales y públicas que desempeña.

Josemaría Escrivá  vivió en el siglo XX (1902-1975), y se hizo sacerdote porque Dios le hizo vislumbrar que sería necesario para la tarea que le tenía reservada. También por estos presentimientos divinos, junto con los estudios eclesiásticos, estudió la carrera de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. No sólo terminaría estos estudios sino que más tarde haría una tesis para lograr el grado de Doctor en Derecho. El año 1928 recibió el encargo que hizo sentido a todas estas invitaciones que Dios le había hecho antes para disponerlo mejor: dedicar su vida a difundir el mensaje del llamado universal a la santidad a todos los hombres y mujeres a través de su trabajo y su vida ordinaria (sin dejar el mundo para entrar en religión) y fundar una institución que en la Iglesia tuviera por misión propagar y enseñar a vivir en la práctica este mensaje, lo que más adelante llamará Opus Dei (obra, trabajo, de Dios). Escrivá no ejerció la abogacía, pero enseñó a muchos que todos los trabajadores, incluidos los abogados, podían luchar por ser santos, buenos cristianos, ejerciendo recta y competentemente su  profesión. El mismo tuvo que hacer uso de sus conocimientos y buen sentido jurídico para lograr que su fundación pudiera encontrar un estatuto adecuado al carisma en el Derecho de la Iglesia.

No es raro que ambos santos: Tomás Moro y Josemaría Escrivá, tengan muchos puntos en común. Josemaría conoció y admiró la vida y ejemplo del humanista y mártir inglés. Cuando en 1958 visitó Londres para estimular la labor de los primeros del Opus Dei que comenzaban a trabajar en Inglaterra, no dejó de hacer una visita a la Iglesia de St. Dunstan, de Canterbury, para rezar en la tumba de los Roper donde se encuentra enterrada la cabeza de Tomás Moro. Impulsó a Andrés Vázquez de Prada, historiador español, a escribir la que es hasta hoy la mejor biografía del inglés en castellano. Su enseñanza llevó también a un historiador alemán, Peter Berglar, a hacer otra relación moderna de la vida de Moro en alemán (hay traducción en español como: Solo ante el poder). Después de una visita de uno de los miembros del Opus Dei que fue ministro en el gobierno español de Franco, y en la que le dejó claro que él no podía darle indicaciones políticas y que, como cualquier laico, debía hacer uso de la libertad que en esta materia gozan todos los fieles de la Iglesia, le envió una tarjeta con imagen de Moro, invitándolo a seguir este ejemplo de  solidez y coherencia de vida y fe.

Dos santos de junio: Moro y Escrivá, nos dejan a los profesionales del foro una enseñanza que en estos tiempos no deja de ser estimulante: ¡también los abogados pueden entrar al cielo!

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