De toros y catalanes

La noticia dio la vuelta al mundo: el Parlamento de Cataluña, aprobó una ley para prohibir a partir del año 2012 las corridas de toros. Sean cuales fueren las razones de los parlamentarios, si la crueldad excesiva con los toros de lidia o un gesto político para remarcar la independencia de los catalanes para con el gobierno central de España, la ley ha puesto en la mesa el debate sobre el tratamiento de los animales para las distintas necesidades humanas: alimentación, experimentación, vestuario, diversión (circos, zoológicos, amansaduras, rodeos, etc.). En Chile, las corridas de toros, así como las peleas de gallos, están prohibidas por el senado consulto promulgado por Bernardo O’Higgins de 15 de septiembre de 1823. No obstante, en 1900 la Municipalidad de Providencia, sostuvo que la Ley de Municipalidades había modificado la prohibición, y organizó una corrida de toros que fue muy publicitada (cfr. Revista Luz y Sombra, 31 de marzo de 1990, Nº 2, pp. 1-2). El Fiscal de la Corte Suprema informó que en su parecer no había tal modificación y que la prohibición absoluta de lidias de toros de 1823 se encontraba vigente. Al parecer las corridas organizadas en ese año no calaron tampoco en la población y los chilenos nos hemos conformado con el menos traumático rodeo de novillos.

No parece que en la materia puedan establecerse reglas absolutas, pero es cierto que en formas de recreación la humanidad ha ido dando pasos hacia una mayor civilización. Las luchas de gladiadores romanos ya sólo aparecen en las películas. En favor de los animales a veces aparecen ciertos fundamentalismos que son extremos y que parecen valorar más una mosca que un enfermo terminal o un niño en gestación. Pero tampoco creo que sea sensato rechazar cualquier medida que favorezca un mejor trato de ciertas especies de animales, por el hecho de que los que las defienden no comprendan el valor de la vida humana no nacida o enferma. Aunque sea una incoherencia, como sucede en España que, junto con aprobar una ley general para que cualquier mujer pueda pedir que se elimine quirúrgicamente al niño que espera (ley de aborto con plazos), se prohíbe dar muerte a un toro de lidia en las plazas catalanas, no puede afirmarse lo mismo a la inversa. Es decir, los que defendemos la vida humana en todas las fases de su desarrollo no tenemos por qué despreciar o minusvalorar la vida animal. Cierto es que el animal no es persona ni sujeto de derechos (como sí lo es todo ser humano, aunque esté en el útero materno o conectado a algunas máquinas de apoyo médico), pero justamente porque los hombres y mujeres somos personas tenemos el deber de dar un buen trato a los animales que coexisten con nosotros y no darles muerte ni hacerlos sufrir innecesariamente. Es propio de la humanidad el actuar razonablemente y con responsabilidad respecto del entorno.

En este último aspecto reside a mi juicio el centro de la cuestión: ¿hasta qué punto es necesario criar y mantener toros de lidia para después herirlos y darles muerte en un espectáculo de masas? No niego que el toreo tiene una belleza que llega a ser cautivante, y que el toro, incluso picaneado y casi desangrado, es una amenaza impresionante para el solitario torero que espera su embestida. Hace unos cuantos años fui testigo de algunas de estas corridas en España y pude comprender la pasión que despierta la actividad taurina. Aún así, en el estado actual de nuestra sociedad, esa pasión no parece ser suficiente motivo para justificar el terrible padecimiento que se causa al animal toreado.

Que igual se matan toros y vacas en el matadero para vender y comer su carne, sí, pero aquí hay una necesidad real y bastante más apremiante: la alimentación. Y aunque ella pueda requerir de la muerte del animal no exige su sufrimiento, ni su agonía, ni menos que se conviertan en un espectáculo aplaudido y voceado por miles de personas que lo alientan y disfrutan. Hay bastante diferencia entre matar un animal para que sirva de alimento y picanearlo, enfurecerlo, desangrarlo y terminar enterrándole el estoque en la cabeza, para alegrar una tarde de domingo de una multitud de aficionados al toreo.

En esto estoy con los toros… y con los españoles-catalanes.

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