Elogio de un contradictor

El pasado martes 8 de noviembre concurrí, junto con muchos otros colegas y profesores de Derecho Civil, a la Misa de funeral del jurista y maestro del Derecho Civil chileno, don Gonzalo Figueroa Yáñez (1929-2011).

Su partida no nos sorprendió porque ya en las últimas Jornadas de Derecho Civil, en agosto de este año, trascendió que se encontraba gravemente enfermo. Así y todo, se empeñó en concurrir, leyó y discutió una novedosa ponencia en la que abogó por el reconocimiento del derecho a la objeción de conciencia, y participó activamente en los coloquios y debates que se suscitan en esta actividad interuniversitaria. En el acto de cierre de las jornadas, se le hizo un homenaje, que él acogió con la energía y la alegría que le caracterizaban. En ningún momento se le vio en plan de retirada o nostálgico del pasado: todo lo contrario, nos motivó a todos a concurrir a las jornadas 2012 en Santa Cruz.

Tengo muchas razones para sentir su muerte y para agradecer haberlo conocido, primero a través de sus libros y luego personalmente. Pero en esta oportunidad quisiera destacar un rasgo de su personalidad que me tocó, por las circunstancias de la vida, apreciar más de cerca. Se trata de su temple, caballerosidad y calidez al participar en un debate o confrontación de ideas.

Efectivamente, con don Gonzalo nos tocó enfrentarnos múltiples veces en debates académicos, sobre diversas materias, principalmente relacionadas con el Derecho de Familia y la Bioética (o Biojurídica, como le dicen algunos). No recuerdo cuál fue la primera vez, pero lo que es claro que ya el hecho de que aceptara participar en un foro teniendo como contrincante a quien entonces no era más que un adulto joven que intentaba dar sus primeros pasos en el cultivo del Derecho civil, mientras él era ya uno de los más avezados y prestigiados juristas del foro y la academia, revela una humildad y generosidad admirables. Debió haber gustado ese primer debate, porque después se sucedieron muchos otros, de modo que con don Gonzalo echábamos bromas sobre nuestras confrontaciones, que dieron paso a un aprecio mutuo, y hasta me atrevería a decir a una grata amistad. Más adelante, él mismo me pediría que integrara la Comisión de Modificaciones a los Códigos Civiles y de Comercio de la Fundación Fueyo, aunque era consciente de que yo difería con él (para variar) en la necesidad de reemplazar el Código de Bello por otro.

Por cierto, el que ya hubiéramos forjado una relación de amistad y colaboración universitaria, no significaba que cuando nos tocaba debatir, ambos no nos esforzáramos por persuadir a la audiencia de nuestras respectivas posiciones. Y don Gonzalo era también un maestro en ese arte. Recuerdo que en una ocasión me impresionó cómo apelaba al sentimiento más directo de los asistentes para ganar puntos para una posición jurídica: debatiendo sobre la sociedad conyugal y su posible sustitución por el régimen de participación en los gananciales, don Gonzalo miró a todas las muchachas estudiantes que estaban en el auditorio y les dijo: “supónganse que ustedes se han recibido de abogadas y con sus primeros sueldos se compran un autito, luego se enamoran y se casan en sociedad conyugal; pues bien – espetó triunfante– a la salida del Registro Civil, el marido les dirá: dame las llave del auto, porque ahora según la ley es mío”. Aludía al haber relativo de la sociedad conyugal, al que ingresan, con cargo de recompensa, los bienes muebles aportados por los cónyuges a la sociedad. Aunque en ese momento, defendí la sociedad conyugal, y lo sigo haciendo, he pasado a apoyar la idea de suprimir el haber relativo en el proyecto de reforma en actual tramitación en la Cámara de Diputados. ¿Una influencia retardada de aquel debate y de don Gonzalo en mi propio pensamiento? Puede ser.

Don Gonzalo era apasionado y directo en el debate, pero nunca sarcástico ni ofensivo. No había un mero interés por la retórica o las habilidades oratorias. Sinceramente creía que ese ejercicio era fructífero para acercarse desde distintos puntos de vida a lo verdadero, lo bueno y lo justo. Se apreciaba su interés por convencer, más que por vencer en la contienda.

A fines del 2010, tuve el honor de confrontar con él la visión sobre el concepto de familia para el Derecho en una de las solemnes sesiones de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales. Como era su costumbre, don Gonzalo hizo una exposición basada en un texto escrito, que puede consultarse en el número correspondiente Societas, la revista anual de la Academia.

Nuestra última disputa, si puedo llamarla así, fue menos formal. Se llevó a cabo en la discusión de las ponencias presentadas en las Jornadas de Derecho Civil 2011 sobre el proyecto de reforma a la sociedad conyugal. Después de las ponencias se produjo un debate entre los académicos que asistíamos a la Comisión. Varios profesores expresaron su oposición al proyecto del gobierno. Don Gonzalo fue más allá y con toda energía expresó que en el departamento de Derecho Privado de la Universidad de Chile le habían “declarado la guerra” al proyecto. Confieso que esta afirmación me molestó, y pedí la palabra para manifestar mi extrañeza por lo dicho y pedir que la academia más que declarar guerras prestara colaboración para perfeccionar o enmendar el proyecto. Rápidamente reaccionó don Gonzalo y de manera divertida me respondió que le sorprendía que siendo yo uno de los más profesores más guerreros, ahora me proclamara pacifista… Imposible enojarse con alguien de ese ingenio y simpatía. Salimos al pasillo comentando los pormenores de la jornada, con el aprecio y la amistad de siempre.

Fue la última vez que vi a don Gonzalo. Mientras se despedían sus restos en la Parroquia de San Juan Apóstol, pensaba en lo que Benedicto XVI dijo en la Jornada de Asís, el pasado 27 de octubre, en que convocó a representantes de distintas religiones pero también de no creyentes a rezar por la paz. Los no creyentes, como Gonzalo Figueroa Yáñez, nos ayudan también a los creyentes: “su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a nosotros creyentes, a todos los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios –el verdadero Dios– se haga accesible”, dijo el Papa. Son también peregrinos de la verdad y de la paz junto a nosotros: “Se trata … del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho” (Texto en Vatican.va). Estoy seguro que don Gonzalo, mi querido contradictor, esta vez habría estado de acuerdo.

Anuncios
Explore posts in the same categories: Derecho Civil

Etiquetas: , , , ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

One Comment en “Elogio de un contradictor”

  1. Alvaro Gatica Says:

    Lo felicito profesor por su carta, yo siendo recién un licenciado, tuve el placer de conocer al profesor Gonzalo Figuera a través de sus libros “manuales de Derecho Civil”, Patrimonio, etc. y finalmente en persona en las Jornadas de derecho civil en Olmué del año 2009.

    Es sorprenderte como los libros toman forma humana, hablan, empiezan a tomar el mismo sonido de la voz de sus autores, es lo que me ha pasado con muchos profesores que gracias a los congresos producen ese efecto.

    Lamento mucho la partida del profesor Figuera Yañez, a quien con el tiempo logré darme cuenta de su gran aporte a la cultura jurídica de este país.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: