El juicio de Jesús

En esta semana en que el mundo cristiano revive la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, nos gustaría hacer algunas reflexiones sobre el proceso judicial que debió enfrentar y por el cual fue condenado a muerte por crucifixión.

Las fuentes históricas principales de este proceso son los cuatro evangelios, todos los cuales se refieren al juicio, aunque no siempre de forma coincidente, de modo que los estudiosos tienen diversos puntos de vista sobre cómo conciliar las diferencias. Pero en lo fundamental hay un cierto consenso.

Lo primero es que el juicio tuvo dos partes: un proceso ante el Sanedrín, el consejo integrados por los jefes religiosos del pueblo judío: los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas; y un proceso ante el procurador romano de la región de Judea: Poncio Pilato.

El primer proceso tenía su resultado ya determinado, en cuanto a que el acusado debía ser encontrado culpable y castigado con la muerte. Ya con anterioridad los sacerdotes y los fariseos, ante la creciente popularidad de Jesús y la acogida triunfal en Jerusalén a pocos días de que se celebrara la Pascua judía, habían concluido que Jesús debía ser eliminado. Les parece la única manera de detener lo que ellos ven como un movimiento religioso heterodoxo que puede servir de excusa a los romanos para suprimir las libertades judías y el culto en el templo. Las palabras del sumo sacerdote Caifás son claras: “conviene que uno muera por el pueblo y no que perezca la nación entera” (Juan 11, 50).

Es presumible que se haya buscado la forma de hacer las cosas lo más cuidadosamente posible para obtener la detención del pretendido mesías, su juzgamiento y su muerte. Por la información recibida de uno de sus seguidores, Judas Iscariote, la guardia del templo, con el apoyo de soldados romanos, lo arrestan el jueves por la noche en el huerto de Getsemaní. Lo conducen en primer lugar ante la casa de Anás, el anterior sumo pontífice y suegro de Caifás, donde, al parecer, se le somete a un primer interrogatorio informal o no oficial. De allí llevan al prisionero, no a la sede del Sanedrín, sino a la casa de Caifás, donde esa noche se ha convocado a sus miembros (o a la parte de ellos que convenía a los designios de los enemigos del Nazareno). Se intenta realizar un proceso en forma, según las reglas de la época, y se presentan numerosos testigos, pero estos se contradicen entre sí y no logran satisfacer la apariencia de un juicio legal. Caifás realiza una maniobra audaz: dejando su papel de presidente del tribunal pasa directamente al de acusador e interroga a Jesús para que se autoincrimine y diga ante los allí reunidos si es el Mesías, el Hijo del Bendito. El prisionero, que en otras ocasiones guarda silencio, esta vez responde y afirma sin ambages su mesianidad y su divinidad: “Sí lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentando a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo”(Mc. 14, 62). Sin siquiera pensar en que ello podría ser cierto (y para ellos estaban los numerosos milagros realizados, incluido el de la resurrección de un muerto de tres días), Caifás, junto con rasgar sus vestiduras, declara que el reo ha blasfemado. Por aclamación el Sanedrín dicta sentencia condenando a muerte por blasfemia.

Hasta aquí, como podemos ver, el proceso ha sido de carácter religioso. Pero los acusadores no se sienten habilitados para ejecutar la condena de muerte, sea porque ese castigo se lo ha reservado para sí el poder romano que ocupaba el país o porque, en vez de la lapidación (que era la forma de ejecución en el derecho hebreo) preferían que la condena se realizara al modo que los romanos aplicaban a los esclavos y a los criminales de baja ralea: un tormento lento, cruel y sobre todo de gran impacto en la población: el enclavamiento del reo en una cruz de madera. El viernes muy temprano por la mañana llevan al reo ante el procurador romano para que este mande ejecutar la sentencia de muerte por crucifixión, pero ahora deben ensayar otra acusación, ya que la de blasfemia no sería acogida por el gobernador romano, viendo en ella una mera controversia religiosa en la que no le gustaba intervenir. Se acusa ahora a Jesús de un delito político: sublevar al pueblo contra la autoridad de Roma, llegando incluso a rechazar que se le paguen tributos y queriendo suplantar al procurador con el título de rey de los judíos. Pilato, al interrogar a Jesús, se da cuenta rápidamente de su inocencia, pero observa una turba alborotada y teme que se cause alguna revuelta justo cuando Jerusalén está repleta por los peregrinos que han llegado para celebrar la fiesta de la Pascua en la ciudad santa. Intenta varios recursos para sacarse el problema de encima: lo envía a Herodes, alegando que como galileo de origen Jesús debía ser juzgado por aquel, luego le impone, injustamente, la pena de flagelación, a la que se añaden las burlas y el escarnio de los soldados, que lo visten de púrpura y lo coronan de espinas. Así lo muestra a la muchedumbre reunida ante su palacio pensando que se conmoverá y se sentirá satisfecha: “¡he aquí el hombre!” (ecce homo) dirá, en frase que se transformará en anuncio profético. Finalmente, intentará liberarlo mediante el tradicional indulto de Pascua (lo cual también era injusto porque Jesús no había sido condenado y no necesitaba indulto), pero la muchedumbre, probablemente manipulada por los enemigos del nazareno, elige a Barrabás, un reo encarcelado por sedición y homicidio. Frente a la amenaza que comienzan a gritar los impacientes de que si no condena a Jesús revela que no es amigo del César (es decir, el emperador Tiberio), Pilato cede y ordena la ejecución mediante la cruz, no sin antes volver a reconocer que sentenciaba a muerte a un inocente y sólo por dar gusto a los que vociferaban en su contra: se lava las manos, tratando de simbolizar que se eximía de la responsabilidad por su ejecución.

Este proceso que, sin duda, cambió la historia de la humanidad, puede ayudarnos a sacar algunas lecciones a quienes nos dedicamos profesionalmente, en distintos ámbitos, a estudiar, aplicar el Derecho y administrar justicia, más allá de las faltas al debido proceso que son innumerables pero difíciles de evaluar porque no se conoce bien el derecho que era aplicable en la época.

Lo primero que resalta es el prejuicio de los primeros acusadores y jueces ante el Sanedrín: no están realmente tratando de impartir justicia y averiguar la verdad, si el detenido es culpable o inocente. Lo han declarado de antemano culpable, y el juicio es un montaje para vestir de juridicidad lo que en verdad es una jugada política. Más aún, hay conciencia de que Jesús puede no merecer la muerte, incluso concediendo que se haya apartado de las reglas y tradiciones del judaísmo de dicha época, pero se piensa que debe morir para evitar un mal colectivo que podría ser mayor. Esta lógica de medir la vida de un ser humano con otros intereses y considerar que es más conveniente que muera uno porque así se salvaguardan bienes que se estiman de un valor superior sigue vigente. El asesinato selectivo de líderes islámicos o el mismo aborto, son trágicos ejemplos: “Conviene que uno muera, en vez de …”.

La otra enseñanza es la de Pilato: el juez que falla contra su conciencia por conservar el cargo y no irritar a las masas que le exigen que sentencie parcialmente. Los jueces también hoy están sometidos a la misma disyuntiva, sobre todo porque el clamor popular tiene canales de expresión mucho más eficientes que los que existían en los años 30 de nuestra era. Es necesario que los jueces estén dispuestos a ser vapuleados e incluso mal calificados y perder su cargo, con tal de fallar siempre conforme al mérito del proceso y de acuerdo a lo que consideran justo.

Lavarse las manos, en público o en privado, no excusa. Al procurador romano no le sirvió ante la posteridad; después de 20 siglos, los católicos rezan cada domingo en su profesión de fe (el credo), que Jesús “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”.

Anuncios
Explore posts in the same categories: Abogados, Derecho Público

Etiquetas: , , , , ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

2 comentarios en “El juicio de Jesús”


  1. […] los aspectos generales del proceso que debió enfrentar el hijo del carpintero de Galilea (Ver post). En esta ocasión, nos queremos centrar en uno de los episodios de ese proceso: Jesús, antes de […]


  2. […] haciéndose llamar rey. En otra ocasión hemos considerado algunos aspectos de este proceso (ver post). Ahora quisiéramos fijarnos en la condena. El “Ibis ad crucem” (“Irás a la cruz”) que […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: