El hijo oculto

Alrededor del día del padre, se supo que un animador de radio y televisión de dilatada trayectoria había tenido un hijo hace más de 30 años, antes de que contrajera matrimonio con su actual señora. El hijo fue reconocido por el animador, el que se preocupó de dar trabajo a su madre y así procurar la mantención del muchacho, que hoy es también un profesional de la locución radial. Durante todo este tiempo se trató de una relación desconocida por el público. El hijo la ventiló en programas de televisión y la madre corroboró su versión.

El animador, sintiéndose acusado injustamente, denunció estar siendo víctima de una campaña difamatoria con segundas intenciones. Alegó que asumió la paternidad, reconoció al hijo y le proporcionó la ayuda económica que necesitaba.

Más allá de los ribetes emotivos del episodio, desde una perspectiva jurídica habría que discernir primero si el animador debía o no haber hecho público que tenía un hijo no matrimonial. La respuesta debe ser negativa. Las figuras públicas tienen también derecho a su intimidad. No por ser famoso o popular alguien está obligado a difundir en los medios todos los hechos de su vida personal o familiar. Nada puede reprocharse al animador por no haber revelado públicamente su paternidad. Tampoco el hijo tiene derecho a compartir la fama del padre.

Asimismo, debe ponderarse a favor del animador que no haya eludido la responsabilidad paterna y haya reconocido voluntariamente al niño desde el primer momento, así como de haberse preocupado de su mantención (alimentos), según reconoce la madre.

El hijo se queja de que no actuó frente a él como un verdadero padre y que siempre lo ignoró. Si lo que se echa en falta es que el animador no brindó el afecto paterno que se espera, y que normalmente se suscita espontáneamente, entre padre e hijo, ello puede dar pie para un reproche moral pero no legal. La ley civil no puede exigir que una persona quiera o entregue afecto a otra. Tratándose de sentimientos y emociones, no cabe la coerción.

Sin embargo, la ley sí exige que un padre tenga una relación personal, directa y regular con el hijo. Es lo que antiguamente se denominaba “derecho de visita”. Con la reforma del estatuto de filiación de 1998, este derecho se modificó y ahora, en consonancia con la Convención de Derechos del Niño, se establece la necesidad del padre de “mantener una relación directa y regular” con el hijo. Se trata no sólo de un derecho, sino de un deber que se impone al propio padre (art. 229 del Código Civil).

El caso puede servir para tomar conciencia de este deber y de esta corresponsabilidad de los padres en la crianza y educación de los hijos. Reconocer a un hijo no matrimonial y cumplir con la obligación alimenticia no resulta suficiente para estimar que los deberes paternos han sido satisfechos. Es necesario que el padre, ojalá que con afecto y aprecio por el hijo que ha engendrado, se esfuerce por mantener con él una relación directa, personal y periódica que ayude a la criatura a desarrollarse más plenamente y sin los estigmas y resabios psicológicos que derivan de una figura paterna ausente o distante.

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