Un Dios censado

Cada 25 de diciembre el mundo cristiano celebra el nacimiento de Jesús en el pueblo de Belén. Según los Evangelios, ese niño recién nacido es el Mesías esperado, el Emmanuel, esto es “Dios con nosotros”; con nosotros porque se ha hecho uno más entre los hombres.

La asunción de la naturaleza humana no podía prescindir de un elemento que es esencial en la historia de la humanidad: la presencia de un orden jurídico, de un sistema de reglas que deben seguirse para hacer posible la vida en sociedad y sin las cuales el desarrollo de la vida humana se hace inviable. No parece casual que los Evangelios nos expliquen que el nacimiento tuvo lugar en Belén y no en Nazareth donde residían María y José por un imperativo jurídico: un edicto emanado del emperador romano: “En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empradonase todo el mundo. Este primer empradonamiento fue hecho cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazareth, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén para empadronarse con María su esposa, que estaba encinta” (Lucas 2, 1-5).

Es significativo que se hable de que se trató de un censo universal. El imperio romano había llegado a una etapa de consolidación y de inusitada paz que permitía esta medida de recuento de toda la población, principalmente para estimar la contribución de cada familia a los impuestos (cfr. Joseph Ratzinger, La infancia de Jesús, Planeta, Buenos Aires, 2012, pp. 65-66). En ese tiempo el territorio de Israel no estaba jurídicamente integrado al imperio; estaba bajo el poder de Herodes, pero éste debía su trono a las autoridades romanas y se le consideraba un rey asociado a Roma. Por eso el edicto censal de Augusto también fue ejecutado en sus dominios. Se siguió, sin embargo, la costumbre de los censos judíos que, en vez de imponer la inscripción en el lugar de residencia, lo hacían en el lugar de origen de la familia; José, siendo descendiente de David, debía inscribirse en la ciudad en la cual nació y vivió este rey: Belén de Judea. Una vez nacido Jesús, seguramente José cumpliría con el requisito de inscribirse él y también a María y a su hijo, ya que esa era la obligación de todo jefe de familia. El niño-Dios habrá sido censado como un hombre más, un hombre que se somete al cumplimiento de las leyes humanas como otro cualquiera, sin invocar privilegios ni exenciones.

Pero al mismo tiempo la ley humana quedaba inserta en un diseño divino que ni siquiera podía imaginar Augusto en Roma, ni Quirino en Siria ni Herodes en Judea. Por medio de este edicto de empadronamiento universal, se daba cumplimiento a las antiguas profesías judías que señalaban a Belén como el lugar donde debía nacer el Mesías, el Pastor de Israel (Miqueas 5, 1-3).

Algo semejante sucederá unas décadas más tarde cuando el hombre en que devendrá el niño de Belén será ajusticiado bajo la ley romana con la pena de la cruxifición. Una vez más un Dios que se somete a las leyes, pero que convierte esa sumisión en un acto insólito de amor y transforma la cruz en instrumento de salvación.

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