Suicidio

El cierre del penal Cordillera, ordenado por el Presidente Piñera condujo al general Odlanier Mena, que cumplía condena en dicho lugar, a tomar la trágica decisión de poner fin a su vida, mientras se encontraba en su hogar disfrutando del beneficio de salida dominical. A sus funerales concurrieron numerosos militares retirados que comprensiblemente elogiaron la vida de su colega de armas, aduciendo la injusticia de su persecución penal.

Lo que puede causar más perplejidad es que el sacerdote católico que ofició la misa de funeral, el conocido Pbro. Raúl Hasbún, hizo no sólo el elogio de la persona del fallecido, por estimar que era inocente, sino también del acto suicida. Según los medios de prensa, en la homilía de la misa habría señalado: “frente a una sensación de abierta injusticia, el corazón de Odlanier Mena sintió toda la pena, todas las angustias que ya antes había sufrido Jesús en la amarga noche del Jueves Santo. Jesucristo superó esta pena encomendándose a la voluntad de su padre que está en el cielo. Odlanier Mena lo superó apelando a lo que para él junto al amor era el principal de sus valores: su concepto del honor”. Pareciera, entonces, que el suicidio cometido por el general no sólo no fuera contrario a la moral cristiana, sino a la inversa un acto de sacrificio inspirado por la necesidad de preservar el honor. El celebrante habría hablado de “inmolación” que produciría “fruto abundante”.

Algo similar, y en el otro extremo del espectro político, se ha hecho con el suicidio del Presidente Allende. Sus partidarios lo conciben como un gesto con de sentido político: de nuevo una inmolación justificada por la grandeza del ideal buscado. En el acto público de homenaje realizado por el Senado el 4 de septiembre de 2008, al cumplirse los 35 años de su muerte, el senador Muñoz Barra declaró que el golpe de Estado de 1973 llevó a Allende “al sacrificio de su vida frente a la consumación del atropello a la Constitución”, y con ello dejó un “mensaje de esperanza al pueblo y un testimonio de lo que debe ser la dignidad hecha hombre”.

Arriesgando ir contra corriente, nos parece que estas elegías a actos suicidas son inapropiadas si se toman en serio los derechos humanos, y especialmente el derecho a la vida, base y fuente de todos los otros derechos. La vida humana no es un objeto del que se pueda disponer, ni siquiera por su titular, aunque se vea sometido a circunstancias adversas extremas. La vida no es algo de la persona, sino persona misma, cuya dignidad no sólo exige respeto de los demás sino primero de sí misma. Por ello, el suicidio es un acto contrario a los derechos humanos, violatorio del derecho a la vida. Como lo sugiere su denominación, es una forma de homicidio (sui= a sí; cidio= matar). Es cierto que se trata de una conducta no punible, pero no porque sea un acto justificado o incluso noble y meritorio. No se le pena, porque si el suicidio se consuma, no hay a quien castigar; y si se frustra punir al sobreviviente sería una razón más para que desee morir. Como se ve, son razones de política criminal distintas de la falta de ilicitud las que excluyen la punibilidad del suicidio. Sí se castiga, en cambio, al que auxilia al suicida en caso de que éste logre su propósito (art. 393 Código Penal).

La ilicitud moral y jurídica del suicidio ha sido sostenida por la filosofía desde Plantón y Aristóteles. Ha sido Kant, sin embargo, el que ha explicado en la modernidad la falta ética en que incurre el suicida. En su metafísica de las costumbres argumenta que quien intenta privarse de la vida no respeta a la humanidad que existe en él como un fin en sí mismo. Quien se suicida, para obtener un propósito, por bueno que sea o parezca, se degrada a la categoría de simple medio para la búsqueda de un fin, y la dignidad humana exige que ningún ser humano pueda ser usado sólo como un medio para lograr un fin.

La filosofía cristiana ha sido desde siempre contraria al suicidio. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida”, por lo que “Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo” (2281).

Por eso, antiguamente la Iglesia excluía a quienes ponían fin a su vida del derecho a las exequias cristianas (funerales y entierro en cementerios católicos); así lo establecía el Código de Derecho Canónico de 1917 (c. 1240). El actual Código no menciona específicamente a los suicidas, pero dispone que han de negarse las exequias cristianas a los “pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles” (c. 1184).

Objetivamente el acto de privarse de la vida, cualquiera sean los fines que se busquen, es gravemente contrario a la ética y a la justicia. Pero la ilicitud de la conducta no obsta a que el agente pueda ver disminuida o incluso suprimida su culpabilidad por la falta de libertad o de conocimiento con las que haya obrado. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica precisa que, aunque el suicidio sea un acto gravemente atentatorio contra el bien de la vida, “trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (2282).

Como en la mayor parte de los suicidios es presumible que hayan intervenido dramáticas presiones externas, enfermedades y otros factores psíquicos que merman o suprimen la libertad de la persona que se quita la vida, la Iglesia no considera que se trate de “pecadores manifiestos” y no les deniegan las exequias ni la misa de funeral. Se compadece de ellos, acoge y consuela a sus familiares y amigos, y lo encomienda a la infinita misericordia de Dios, el único que puede juzgar las conciencias.

Pero todo esto es bien distinto de exaltar y aplaudir como heroico y meritorio moralmente el acto de privarse de la vida, como ha sucedido en los casos que motivan este comentario.

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