Cireneo

Se suele decir que una persona que ayuda a otra a realizar una labor especialmente pesada es un “cireneo”. La expresión alude al judío procedente de Cirene que, según el relato de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, ayudó a Jesús a cargar la cruz. Los evangelistas dan su nombre y su lugar de origen “Simón de Cirene”. Marcos aporta un dato más al decir que era padre de “Alejandro y Rufo”. Este Rufo podría ser el mismo a quien San Pablo saluda como “el elegido del Señor” en la Carta a los Romanos (Rom. 16, 13). Estas menciones permiten conjeturar que Simón se convirtió luego al cristianismo junto a su familia (cfr. Louis Claude Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, trad. Antonio García Moreno, Rialp, t. III, p. 206).

Pero los Evangelios, al contrario de lo que se podía esperar, no intentan exaltar la figura del Cireneo. Todos afirman que si tuvo que ayudar a cargar la cruz no fue por compasión o solidaridad con el reo conducido al suplicio, sino en cumplimiento de una orden dada por los soldados romanos encargados de la crucifixión. Éstos, al ver la debilidad en la que se encontraba el Nazareno, comprendieron que le sería imposible portar el madero durante el trayecto y era menester que llegara vivo al Gólgota para poder aplicarle la cruel pena. Había que buscar a alguien que lo ayudara con el traslado de la cruz. No existiendo voluntarios para una tarea tan humillante, el centurión que dirigía la escolta ha debido reclutar a la fuerza a alguno que estuviera por el lugar. Así lo relata el Evangelio de Mateo: “Cuando salían encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón y le forzaron a que le llevara la cruz” (Mt. 27, 32). Lo mismo repite Marcos: “le forzaran a que llevara la cruz” (15, 21). Lucas agrega que la orden parece haberse sido absolutamente imprevista, ya que Simón sólo pasaba por allí: “Cuando le llevaban [a Jesús] echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le obligaron a llevar la cruz detrás de Jesús” (Lc. 23, 26).

Con los criterios jurídicos actuales ese requerimiento de un trabajo personal exigido coactivamente sería ilegal, pero no era así en el sistema cultural y jurídico romano. Según explica Vittorio Messori, que ha investigado el episodio, las leyes aplicables en todo el imperio romano establecían que los funcionarios públicos tenían derecho, en caso de necesidad, para obligar a cualquier persona a realizar un trabajo forzado (¿Padeció bajo Poncio Pilato? Una investigación sobre la pasión y muerte de Jesús, trad. Antonio Rubio, Rialp, 2ª edic., Madrid, 1996, p. 195). Algo similar afirma Fillion pero invocando como fuente de la orden “el derecho de requisa tan común en Oriente” (ob. cit., t. III, p. 206 ).

Como sea puede concluirse así que si, como nos dice la tradición, el Cireneo y su familia finalmente creyeron que el prisionero cuya cruz tuvo que ayudar a portar era el Hijo de Dios que con su sacrificio reconcilió a la humanidad con su Creador, ello fue con ocasión del cumplimiento de un deber impuesto por el Derecho. A los creyentes no extrañará que la Providencia divina se valga hasta de la ejecución de leyes humanas aparentemente irrelevantes, para suscitar un encuentro inesperado con Cristo y abrir el alma a la luz de la fe.

San Josemaría, que enseñó a apreciar el valor divino de todo lo humano, interpretaba así la presencia del Cireneo en el camino hacia el Calvario: “Jesús está extenuado. – nos dice en su Vía crucis– Su paso se hace más y más torpe, y la soldadesca tiene prisa por acabar; de modo que, cuando salen de la ciudad por la puerta Judiciaria, requieren a un hombre que venía de una granja, llamado Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y le fuerzan a que lleve la cruz de Jesús (cfr. Mc XV,21)”. Luego, prosigue: “En el conjunto de la Pasión, es bien poca cosa lo que supone esta ayuda. Pero a Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia sobre el alma del amigo. Años más tarde, los hijos de Simón, ya cristianos, serán conocidos y estimados entre sus hermanos en la fe”. Como corolario apunta: “Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz” (Vías Crucis, Quinta Estación, punto 5: ir a texto completo).

Algo para meditar en esta Semana Santa de 2014 que se inicia hoy.

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3 comentarios en “Cireneo”

  1. Daniel Monrroy Says:

    Muy interesante. Lo insto a seguir publicando. En la Biblia hay muchos principios aplicables a la justicia.

  2. Ignacia Says:

    Qué curioso, justo estaba hablando con mis padres la relativa bondad de Simón de Cireneo, ya que había sido impuesto a ayudar a Cristo a cargar la cruz, y no fue un acto “caritativo” como pareciese ser.

    Pero no lo había visto desde su óptica. Es a partir de la imposición del Derecho (romano, en este caso) que le permitió hacer un bien, y, posteriormente, convencerse a sí mismo que fue lo mejor que le ha pasado que le impusieran ese deber.

    Si lo aplicamos a nuestra realidad, podemos observar que, en general, como ciudadanos cuando convivimos insertos en una sociedad obramos más bien por coacción del derecho que por propia voluntad (que sea penado el hurto o que se pueda perseguir la responsabilidad por incumplimiento de un contrato facilita la protección de la propiedad privada, o la buena fe de los contratos, por ejemplo). Sin embargo, es esta imposición legal que nos ayuda a obrar bien moralmente, y al final, disfrutar de los beneficios que se tiene al estar insertos en un estado de derecho.


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