Las glorias del Ejército

A los extranjeros que visitan nuestro país en estas fechas les asombra que se celebre la independencia no con un día festivo, como suele ser en otros lugares, sino con casi una semana completa de festejos. A ello ha contribuido que después del feriado del 18 de septiembre, en que celebramos el primer gesto de nación independiente mediante la instalación de la primera Junta de Gobierno, venga enseguida otro dedicado al Ejército.

El acto más importante de celebración en este día es el tradicional desfile de los oficiales de la Escuela Militar y demás contingente del Ejército, al que se unen unidades de la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros de Chile, dando lugar a la conocida “Parada militar” en la elipse del Parque O’Higgins.

El origen de esta fiesta se remonta a la creación del ejército permanente en el Chile indiano. La guerra de Arauco llevó al gobernador Alonso de Ribera, quien era Capitán General de Infantería y había combatido en Flandes, a propiciar la creación de una fuerza militar estable y asalariada. Por Real Cédula de enero de 1603 se creó el Ejército del Reino de Chile, que fue el primero organizado en la América hispana.

Más tarde, el 2 de diciembre de 1810, la primera Junta de Gobierno decretó la organización del primer Ejército Nacional. Después de la batalla de Chacabuco, el 16 de marzo de 1817, Bernardo O’Higgins dispuso la creación de la Academia Militar para la formación de los soldados. En ocasiones los reclutas de esta Academia se reunían en sectores aledaños a la ciudad para efectuar ejercicios y simulacros de combates, que suscitaban la curiosidad de los habitantes que acudían a observar el espectáculo. En 1832, el Presidente Joaquín Prieto dio carácter ceremonial a la revista militar y estableció que debía llevarse a efecto el día 18 de septiembre de cada año. En 1896, durante el mandato del Presidente Jorge Montt, se decretó que la gran parada militar en homenaje al Ejército debía realizarse en el entonces Parque Cousiño, hoy Parque O’Higgins.

La costumbre parece haber sido, sin embargo, que las fiestas patrias se conmemoraban con tres o más días festivos, normalmente entre el 17 y el 20 de septiembre. Por eso, y unido a que además de las festividades propias del día 18 cada cinco año, bajo la vigencia de la Constitución de 1833, se debían hacer las ceremonias del cambio de mando presidencial, por ley Nº 2.977 promulgada por el Presidente Ramón Barros Luco el 28 de enero de 1915 y publicada en el Diario Oficial el 1º de febrero de ese mismo año, se racionalizaron los feriados nacionales y se trasladó la celebración del Ejército para el día 19 de septiembre, bautizándolo como día “de todas las glorias del Ejército”. El art. 1º enumeraba los días feriados y en su número 5 rezaba lo siguiente: “El 19 de Setiembre i el 21 de Mayo, en celebración de todas las glorias del Ejército i la Armada de la República”(ver texto).

Leyes posteriores han reforzado este feriado otorgándole el carácter de irrenunciable para los trabajadores del comercio, primero para ciertos años y, por la ley Nº 20.269, de 14 de septiembre de 2012, de modo permanente.

Curiosamente, la tradición ha hecho perdurar la denominación de “día de las glorias” sólo para el Ejército y su efeméride del 19 de septiembre y no para el 21 de mayo respecto de la Armada. Se ha perdido, sin embargo, la expresión original de la ley Nº 2.977 que hablaba de las celebración de “todas” las glorias del Ejército.

¿A qué habrá querido referirse el legislador cuando ordena conmemorar “todas las glorias” del Ejército? Según la primera acepción de la palabra “gloria” contemplada en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, esta expresión significa “Reputación, fama y honor que resulta de las buenas acciones y grandes calidades”. Si exploramos la etimología de la palabra podemos ver que viene del latín “gloria”, que a su vez deriva de “cloria” de la raíz indoeuropea klewos que originó el vocablo giego “kleos”, el que aludía justamente al honor, la fama y la alabanza. Los héroes griegos conseguían “kleos” a través de las grandes hazañas en combate y también a través de una muerte valerosa. Por eso, en la Odisea, Telémaco, el hijo de Ulises, se preocupa de que su padre haya perecido en el mar y no en batalla. El mismo sentido encontramos en la famosa arenga de Bernardo O’Higgins en el combate de El Roble: “¡O vivir con honor o morir con gloria!”.

Son las grandes hazañas, los sacrificios heroicos y las muertes de los caídos en defensa de la patria, muchas veces soldados que han salido de lo más profundo de nuestro pueblo, lo que celebramos cuando cada 19 de septiembre exaltamos “las glorias” del Ejército”.

Ello no excluye ni intenta ocultar, por cierto, que como toda institución humana, a lo largo de su larguísima historia, no haya habido también actos innobles, vergonzosos y hasta criminales en las guerras contra otros países o en conflitos internos (guerra civil de 1891, intervención y gobierno militar en 1924 y 1973).

Dejando a un lado las discusiones sobre las causas y el alcance de estos hechos, sobre todo de aquellos más próximos en el tiempo, en el sentir ciudadano mayoritario prevalece un sentimiento de gratitud y admiración por una institución armada que, en el balance histórico general y con la perspectiva de los años, tiene razón para enfrentar el futuro afianzado en sus muchas y grandes glorias.

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