El nuevo beato Álvaro del Portillo: ingeniero y jurista

Aprovechando una estadía de investigación en el Departamento de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, he tenido la oportunidad asistir el sábado 27 de septiembre en Madrid a la ceremonia en la que el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en representación del Papa Francisco, elevó a los altares, en calidad de Beato, al obispo prelado del Opus Dei Álvaro del Portillo (1914-1994).

Del Portillo fue hijo de abogado, pero al elegir su carrera profesional prefirió la ingeniería. Sin duda su formación como ingeniero fue determinante en toda la labor que se desarrolló cuando se incorporó al Opus Dei, que estaba en sus comienzos, luego como uno de sus primeros sacerdotes y colaborador estrechísimo del fundador, San Josemaría, hasta la muerte de éste en 1975, y después su sucesor y primer prelado de la prelatura personal, en que el Papa Juan Pablo II erigiría esta institución de la Iglesia.

En la homilía de la beatificación, el Cardenal Amato ha puesto de relieve esta formación en el entramado de su personalidad: “Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. –a lo que agregó– No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración” (enfásis añadido).

Si negar esta evidente mentalidad ingieneril me atrevería a decir que el nuevo beato unió a esa primera disciplina, una formación humanista, como historiador, filósofo y sobre todo como jurista, ciencia que adquirió a título de postgrado y en la especialidad del Derecho Canónico.

De que tenía dotes para comprender y abordar los problemas jurídicos es prueba que San Josemaría lo enviara como laico a Roma para que explicara al Santo Padre, entonces Pío XII, la naturaleza del Opus Dei y sus actividades apostólicas. Fue recibido en audiencia por ese pontífice el 4 de junio de 1943.

Ya ordenado sacerdote, en 1946 Escrivá volvería a enviarlo a Roma esta vez con la misión de ver la mejor manera de que el Opus Dei pudiera ser reconocido como una institución de derecho pontificio. Con la venida de San Josemaría a la ciudad eterna ese mismo año ambos fijarían allí su residencia definitiva. El Derecho Canónico de la época –regía el Código de 1917– parecía insuficiente para abordar el florecimiento de lo que se dio en llamar “nuevas formas”, entre las cuales se contemplaba la labor apostólica del Opus Dei y otras instituciones de diverso carácter. Para intentar regularlas se creó la figura de los Institutos Seculares. Álvaro del Portillo colaboró en la preparación de la Constitución Apostólica Provida Mater Eclessia, de 2 de febrero de 1947, que determinó el régimen jurídico de estas nuevas instituciones.

En estas mismas fechas, y a instancias de San Josemaría, don Álvaro se matriculó en la Facultad de Derecho Canónico del Pontificio Ateneo Lateranense (curso 1946-1947), y luego trasladó su expediente académico a la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, más conocida como el Angelicum. Obtuvo la licenciatura en mayo de 1948. No quedó ahí su compromiso con el estudio jurídico. Pese a que ya tenía los doctorados en Historia y Filosofía, don Álvaro quisó obtener también el doctorado en Derecho, siempre pensando que esto era lo que le indicaba la voluntad de Dios para responder mejor a su vocación cristiana. El 18 de junio de 1949 defendió una tesis en una materia en la que era experto porque, como ya vimos, intervino en la elaboración de la normativa canónica que la regulaba. El título de la tesis fue “Un nuevo estado jurídico de perfección: los Institutos Seculares”. No sorprende que el tribunal lo aprobara con la maxima distinción de “Summa cum laude”. Lo que sí sorprende es que pudiera realizar estos estudios mientras trabajaba simultáneamente en múltiples tareas relacionadas con el gobierno del Opus Dei, entre ellas la de procurar los medios para la instalación de la sede central de esa institución en Roma. Allí debió vérselas con otros problemas jurídicos no por más prosaicos, menos importantes: pedir donaciones y préstamos, visitar propiedades, adquirir inmuebles, estudiar las hipotecas, contratar obras, pagar a los obreros, etc.

La curia vaticana apreció tempranamente sus talentos y competencias, entre ellas la jurídica. El Papa Juan XIII lo designó perito y consultor del Concilio Vaticano II. Fue secretario de una de las diez comisiones conciliares, la encargada de preparar el documento sobre la Disciplina del Clero y el Pueblo Cistiano. Supo aunar criterios y adaptarse a la variación de metodologías, hasta que el Decreto que propuso dicha Comisión, el decreto Presbyterorum Ordinis fue aprobado el 7 de diciembre de 1965, casi por la unanimidad de los Padres conciliares: sólo 4 votos en contra de los 2394 obispos.

El Papa Pablo VI le pidió, en seguida, que asumiera como consultor de la comisión del Código de Derecho Canónico, previsto en el Concilio, y que finalmente promulgaría Juan Pablo II en 1983.

Entre tanto, don Álvaro fue elegido por unanimidad como sucesor a la cabeza del Opus Dei cuando su Fundador falleció en 1975. Allí le correspondería continuar y llevar a término la configuración jurídica definitiva del Opus Dei, ahora bajo la nueva figura de las prelaturas personales. Estas instituciones habían sido contempladas en el mismo decreto Presbytorum Ordinis (nº 10) y ahora estaban expresamente reguladas por el motu proprio de Paulo VI Eclesiae Sanctae, de 6 de agosto de 1966. Después de un concienzudo estudio en la Sagrada Congregación para los Obispos, finalmente el Papa Juan Pablo II, mediante la Constitución Apostólica Ut sit, de 28 de noviembre de 1982, erigió el Opus Dei como la primera prelatura personal. Al mismo tiempo, el Sumo Pontífice aprobó los estatutos de la nueva prelatura, esto es, su Código de Derecho Particular. Don Álvaro del Portillo estuvo a la cabeza desde la Obra en todo este delicado proceso, no exento de dificultades, convencido de que una adecuada formulación jurídica era indispensable para que la institución pudiera crecer y desarrollarse conforme al querer de Dios y al carisma especial con que la inspiró a su fundador.

Estamos, pues, ante un nuevo beato, ingeniero sí, pero también jurista, y bueno como pocos. Lo importante es que puso al servicio del amor de Dios y del prójimo esos talentos y, con ello, consiguió la felicidad en la tierra y luego en el cielo. Recordemos que “beato” en latín, no significa nada más ni nada menos que “feliz”.

Fue sabio, por supuesto, pero más que eso, fue santo. Y como sentenció San Josemaría: “…es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo” (Camino 282). Los juristas, y no sólo los ingenieros, podremos contar con el ejemplo y la ayuda desde el cielo, del nuevo beato Álvaro del Portillo.

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