“Le pondrás por nombre Jesús”

Estas fiestas navideñas nos dan ocasión para hacer algunas consideraciones sobre el nombre de las personas. Y es que el niño que nace en Belén no es un ser humano anónimo, sin nombre, sino una persona que tiene un nombre propio que la identifica como alguien singular, concreto y real, diferenciable de otros individuos. Según los Evangelios este nombre no fue elegido por María y José, sus padres en la tierra, sino por el mismo Dios. El Arcángel Gabriel, cuando lleva el anuncio a María que ha sido elegida como madre del Mesías, le dice: “concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc. 1, 31). José, el esposo de María, no queda al margen de este designio: el ángel que le revela la razón por la cual María está embarazada, le dice: “lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Mt. 1, 20-21). Siguiendo las costumbres judías, José cumplirá esta voluntad divina, al momento de la circuncisión del niño, que tuvo lugar a los ocho días del nacimiento, probablemente en la misma localidad de Belén. Dice el Evangelio de Lucas: “Cuando se cumplieron los ocho días para cincuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno”.

Vemos, pues, que el nombre jurídico y civil de aquel a quien el apóstol Juan en su Evangelio llama “el Verbo de Dios” es considerado un detalle de mucha importancia y significación. La fórmula hebraica completa del nombre es Iehosuah, que contiene el anagrama del nombre de Dios que según el libro del Éxodo fue revelado a Moisés en el monte Horeb: YHWH, el que completado con vocales dará origen al término de Yahvé, que significa: “Yo soy el que soy” (cfr. Ex. 3, 11-14). Pero al anagrama se agrega una afirmación, que significa “salva”. El nombre elegido quiere decir “Yahvé (Dios) salva”. Así lo explica el Evangelio de Mateo al señalar que el ángel dice a José que el niño se llamará Jesús “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21).

Iehosuah, el nombre elegido, es abreviado como Iesuah y de esta abreviación hebrea, viene el griego Iesous. Cuando el nombre se traduce al latín se convierte en Iesus, y de allí deriva la palabra con el que lo conocemos en los principales idiomas modernos derivados del latín: Jesús (castellano), Jesus (alemán y portugués), Gesù (italiano), Jésus (francés).

Sobre la naturaleza jurídica del nombre de las personas la doctrina francesa ha formulado diversas teorías y este debate ha sido replicado por los civilistas chilenos. Al enfatizar el derecho a excluir a otros en el uso del propio nombre, algunos pensaron que las personas tienen la propiedad de las palabras que constituyen su apelativo; una segunda teoría pone el acento en la fuente ordinaria de los componentes familiares del nombre (los apellidos) y considera que se trata de un elemento determinado por la filiación; en tercer lugar, y fijándose en la función social del nombre, se sostiene que se trata más bien una institución de policía civil que permite la identificación de las personas. Todas estas teorías han merecido críticas de las que ha surgido la opinión común de que el nombre es, por sobre todo, un atributo de la personalidad uniéndose así a conceptos fundamentales en la constitución jurídica de la persona, como la nacionalidad, la capacidad, el estado civil, el domicilio y el patrimonio. Además de atributo de la personalidad, el nombre es objeto de un derecho de la personalidad, en el sentido de que toda persona, especialmente la persona natural, tiene derecho a tener un nombre que la identifique en el conjunto social. Este derecho ha sido reconocido por la Convención de Derechos del Niño, que en su art. 7.1 dispone que “El niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre…”. En el mismo sentido, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos prescribe, en su art. 24.2, que “Todo niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y deberá tener un nombre”.

No sorprende, así, que el misterio cristiano de la Encarnación, es decir, que Dios ha asumido plenamente la humanidad en una persona, implique que ésta reciba un nombre como cualquier otro ser humano. Aunque el nombre elegido es muy significativo sobre la realidad de su ser y su misión, no se trata de un nombre exótico o extravagante respecto de lo que era la cultura hebrea de su tiempo. El apelativo “Jesús” era un nombre ya conocido y utilizado. En la misma genealogía del niño de Belén que trae el Evangelio de San Lucas se menciona un antepasado con el mismo nombre (Lc. 3, 29) y San Pablo en sus cartas alude también a otro Jesús, que lleva como añadido el calificativo de “el justo” (Col. 4, 11).

Una señal más de la humildad con la que en la noche de Navidad se presenta este Cristo, que viene a salvarnos, no con majestad y poderío sino con amor, ternura sencillez. El Papa Francisco en su homilía de la Misa de Noche Buena del 24 de diciembre de 2014 destacó esta característica del nacimiento: “¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios… Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Ver texto completo).

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