“Je suis Charlie” o “Je ne suis pas Charlie”

El horrible atentado del 7 de enero de 2015 que costó la vida al director y dibujantes de la revista satírica francesa Charlie Hebdo dio lugar a una consigna que fue difundida por todo el mundo: “Je suis Charlie”, “Yo soy Charlie”. No se sabe bien cómo surgió la frase, pero lo más probable es que se originara como un modo de ponerse en el lugar de las víctimas, empatizar y solidarizar con ellas. Una especie de mensaje de que junto con los periodistas y caricaturistas asesinados, los demás también habíamos sufrido una especie de muerte, que cuando atentaron contra ellos, también habían atentado contra cada uno de nosotros.

Pero de pronto se fue advirtiendo que el “Je suis Charlie” podría ser entendido de una manera distinta; ya no como forma de solidarizar con cada una de las víctimas por el atentado sufrido y su derecho a la vida, sino como un apoyo explícito a la línea editorial que seguía la revista y a la defensa de una libertad de expresión sin límites. Se trataba de un “yo soy Charlie” porque “yo creo” que es correcto que se publiquen los dibujos y los chistes mordaces y ferozamente satíricos para ridiculizar no sólo el islamismo, sino otras religiones, incluidas la cristiana y la judía. En este sentido, la Ministra de Justicia francesa Christiane Taubira expresó en los funerales de uno de los dibujantes de Charlie Hebdó que en Francia “tenemos el derecho de burlarnos de todas las religiones”.

Pero no todos están de acuerdo con esta absolutización de la libertad de expresión y la trivialización de la libertad de religión.

En este sentido, el New York Times se negó a reproducir las viñetas o caricaturas de Charlie Hebdo, gesto al que estaban invitando medios europeos como una manera de apoyar la libre expresión. Su editor explicó que tomó esa decisión porque siempre han querido respetar la sensibilidad religiosa de todos sus lectores, incluidos los musulmanes: “Nosotros tenemos un estándar desde hace tiempo y que nos sirve bien: que hay una línea entre la sátira y el insulto gratuito. La mayoría de ellas [las caricaturas] son insulto gratuito” (Ver texto ).

Comenzaron, entonces, a aparecer columnas o textos con la consigna contraria: “Je ne suis pas Charlie”, “Yo no soy Charlie”.

El Papa Francisco declaró, por su parte, que si bien no se podía matar en nombre de Dios, la libertad de expresión tiene límites: “Uno no puede provocar, no puede insultar la fe de otros”. Gráficamente, y en tono humorístico, explicó que si uno de sus colaboradores “dice una mala palabra de mi mamá, puede esperar un puñetazo”.

Esta reacción se intensificó después de que la revista en su primer número después de la masacre volviera a caricaturizar a Mahoma, al que se le mostraba llorando y con un cartel de “Je suis Charlie”.

La verdad es que, siendo la libertad de expresión, uno de los derechos fundamentales más apreciados por el sistema democrático, nunca se ha entendido que ella sea absoluta y que no tenga restricciones y limitaciones en su ejercicio. La Convención Europea de Derechos Humanos, después de consagrar que “toda persona tiene derecho a la libre expresión” y que ésta comprende “la libertad de opinión y la libertad de recibir o de comunicar informaciones o ideas”, dispone, en su párrafo 2, que “El ejercicio de estas libertades, que entrañan deberes y responsabilidades, podrá ser sometido a ciertas formalidades condiciones, restricciones o sanciones, previstas por la ley, que constituyan medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad nacional, la integridad territorial o la seguridad pública, la defensa del orden y la prevención del delito, la protección de la salud o de la moral, la protección de la reputación o de los derechos ajenos, para impedir la divulgación de informaciones confidenciales o para garantizar la autoridad y la imparcialidad del poder judicial”.

La jurisprudencia de la Corte Europea de Derechos Humanos ha aplicado estas restricciones fundadas en la forma vejatoria en la que se trata alguna creencia religiosa. Así ocurrió en el caso Wingrove v. The United Kingdom (1996), en el cual el director de un cortometraje titulado Visions of Ecstasy que pretendía representar a Santa Teresa de Ávila con imágenes obscenas y difamatorias, reclamó pidiendo que se le amparara sobre la base de la libertad de expresión. La Corte estimó que el Reino Unido no infringió el art. 10 de la Convención Europea al prohibir dicha película en aplicación de la ley contra blasfemias. Se trataba, se sostuvo, de una restricción prevista legalmente, que tenía un objetivo legítimo: la protección de derechos ajenos, entre los que consideró la libertad de religión (contemplada en el art. 9 de la misma Convención), y que puede considerarse una medida necesaria en una sociedad democrática (Ver sentencia).

Lo mismo resolvió, esta vez en protección de las creencias islámicas, en el caso Ï.A. v. Turkey (2005). Aquí los tribunales turcos habían sancionado al editor de un libro por humillar y ofender la religión musulmana. La Corte estimó que dicha sanción era legítima: “Como el párrafo 2 del artículo 10 reconoce, el ejercicio de esa libertad [de expresión] conlleva deberes y responsabilidades. Entre ellas, en el contexto de las creencias religiosas, puede incluirse legítimamente un deber de evitar expresiones que sean gratuitamente ofensivas y soeces a los demás […] Siendo así, en principio, puede ser considerado necesario sancionar los ataques impropios a objetos de veneración religiosa” (Ver sentencia).

Por todo lo anterior, uno podría decir que es correcto usar tanto la fórmula “Je suis Charlie” como la de “Je ne suis pas Charlie”, aunque con distintos alcances. Con la primera podemos querer solidarizar con las víctimas en su inalienable derecho a la vida y denunciar la injusticia de su asesinato. Con la segunda, podemos significar que no compartimos la mofa y ridiculización de las creencias religiosas que constituían parte de la línea editorial de la revista francesa y que esperamos que no se persevere en ella.

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