Flagelación

Una vez más el mundo cristiano ha conmemorado la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, que tiene lugar a través de un juicio, quizás el más célebre de la historia. En otra oportunidad comentamos los aspectos generales del proceso que debió enfrentar el hijo del carpintero de Galilea (Ver post). En esta ocasión, nos queremos centrar en uno de los episodios de ese proceso: Jesús, antes de ser condenado a la pena de muerte por crucifixión, fue sometido a una flagelación, es decir, a ser azotado mientras se encontraba atado a una columna.

Los cuatros evangelistas están contestes en que Pilato, el procurador romano que gobernaba la región, ordenó que Jesús fuera sometido a una “flagellatio”, la que ocurrió después de fracasar su intento de hacer elegir entre el acusado y Barrabás como beneficiado del indulto de la pascua judía y antes de que los soldados se burlaran del Nazareno golpeándolo, poniéndole una corona de espinas y un manto púrpura, ridiculizando así su pretensión de ser rey. Mateo dice que Pilato, “después de haberle hecho azotar [a Jesús], se lo entregó para que fuera crucificado” (Mt. 27, 26); con casi las mismas palabras relata el hecho Marcos (Mc. 15, 15). Lucas, por su parte, señala que Pilato expresó “nada ha hecho [Jesús] que merezca la muerte. Así que, después de castigarle, lo soltaré” (Lc. 23, 15-16). Finalmente, Juan cuenta que, después de que la masa eligió a Barrabás por sobre Jesús como objeto del indulto propuesto por el procurador, “Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran” (J. 19, 1).

Salvo Lucas, los otros tres evangelistas, en la traducción latina, usan el verbo “flagellare”, de donde este episodio se conoce como la “flagelación”. A su vez el verbo flagellare proviene de “flagellum” que es el diminutivo de “flagrum”. Este último, técnicamente flagrum taxillatum, era un látigo compuesto de un breve mango de madera y de varias correas de cuero, de unos 50 cms., en cuyas puntas se insertaban piezas de plomo, hueso o hierro para escanecer las carnes de la víctima.

La pena de azotes no era propia de los romanos, existió entre los griegos e incluso entre los mismos judíos, pero las leyes y prácticas romanas le asignaban características singulares. Se desnudaba al reo de la cintura para arriba y se le ataban las manos a un pilar poco elevado o a una columna baja, de manera que quedara con la espalda encorvada. Luego varios hombres fornidos, los llamados lictores, que podían ser dos, cuatro o seis, lanzaban los latigazos sobre el castigado. Las cuerdas golpeaban la espalda, el tronco y los muslos, pero también se enroscaban hacia el rosto, el pecho y el vientre, infligiendo hematomas, heridas cortantes y sacando trozos de piel. Entre los judíos el número de latigazos estaba limitado a 40, y para efectos de no correr el riesgo de infringir esta norma sólo se aplicaban 39. Pero esta limitación no regía en el derecho romano, donde los lictores determinaban la duración de la flagelación, tratando únicamente de que el reo no muriera, aunque hubo casos en que así sucedió. En otros, el flagelado quedaba tan mal herido que moría en poco tiempo después.

Sin duda era un castigo muy cruel, hasta el punto de que Horacio lo llama “horrible flagellum” (Sat. 1, 3, 110). Las leyes Porcia y Sempronia, de los años 195 y 123 antes de Cristo, prohibieron que la flagelación se aplicara a los ciudadanos romanos. Era, pues, un castigo reservado a los esclavos o a los habitantes de las provincias del imperio que no gozaban de la ciudadanía, como era el caso de Jesús de Nazaret. En cambio, Paulo de Tarso que sí era ciudadano romano pudo hacer valer esa condición para librarse de su imposición, como se relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles: cuando, por instigación de ciertos judíos de Jerusalén, el tribuno romano dispuso que le interrogaran por medio de azotes, Pablo hizo valer que era ciudadano romano por nacimiento: “Enseguida se retiraron los que iban a torturarle, y el tribuno se asustó al enterarse de que era romano y de que le había hecho encadenar para azotarlo” (Hch. 22, 29).

La flagelación entre los romanos podía adoptar tres formas: un apremio para efectos de interrogar a un sospechoso (como parece fue el caso de San Pablo); una pena autónoma para un crimen o delito y una sanción accesoria y concomitante a la pena de crucifixión.

¿Cuál fue el carácter de los azotes que Pilato ordenó para Jesús? No hay certeza sobre ello y las interpretaciones son diversas. En nuestra opinión, parece que debe descartarse que se tratara de un mecanismo de presión para obligar a Jesús a confesar su crimen, porque Pilato le interrogó y obtuvo todas las respuestas a sus preguntas sin que se mostrara insatisfecho, aunque sí inquieto. Tampoco da la impresión de que estemos frente a una flagelación complementaria a la crucifixión, ya que ésta tenía lugar mientras el condenado llevaba la cruz hacia el lugar donde debía consumarse el suplicio, lo que no sucedió en el caso del maestro de Nazaret, quien fue flagelado en el pretorio antes de que comenzara su recorrido hacia el Gólgota.

Excluidas estas dos alternativas, no queda más que pensar que la flagelación fue una pena autónoma que el juez romano aplicó por el delito que se imputaba al reo: esto queda bastante claro del relato de Lucas, que pone a Pilatos diciendo: “después de castigarle [mediante la flagelación], lo soltaré” (Lc. 23, 15-16).

¿Por qué entonces lo condenó luego a morir en la cruz? Al parecer, la intención de Pilato era conmover a la muchedumbre que pedía la pena máxima para Jesús, mostrándolo terriblemente malherido y maltratado después de sufrir la pena de flagelación. Así se deduce de la narración de Juan, en la que se muestra que, después de los azotes y las burlas de los soldados, Pilato sacó fuera del pretorio a Jesús flagelado y dijo a los allí congregados “He aquí al hombre” (“Ecce homo”). Pero sus previsiones no se cumplieron ya que los pontífices y sus servidores, siguieron pidiendo a gritos la crucifixión. Cuando, en un último recurso, los jefes de los judíos cambian la acusación de herejía (dice ser hijo de Dios) por la de rebelión política (todo el que se hace rey va contra el César) e insinúan que le acusarán al emperador (“si sueltas a ese hombre no eres amigo del César”), Pilato se sentó en el tribunal y sustituyó la sentencia anterior por otra que imponía la pena muerte en la cruz, entregando el reo a la cohorte romana encargada de ejecutarla.

Siendo así podemos agregar una nueva injusticia al proceso contra Jesús: el no de haber respetado lo que hoy conocemos como la prohibición de doble incriminación o principio del non bis in idem, ya que, suponiendo que hubiera sido culpable del delito de sedición del que se le acusaba, ya había sido sancionado con la flagelación y no correspondía aplicar otra pena como la de muerte en la cruz.

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4 comentarios en “Flagelación”

  1. Alvaro Says:

    Estimado don Hernán, muchas gracias por su profundización en la pena de azotes sufrida por Jesucristo. Llama la atención que ninguno de los 4 evangelistas descienda en detalles como cuánto duró la flagelación, cuántos soldados lo flagelaron, las características del flagrum, etc. Demasiados sobrios y escuetos para nuestro deseo de saber más.

  2. Carmen Diaz Says:

    Se agradecen los comentarios que, aunque pudieran parecer un tanto ” anacrónicos” – en el sentido literal-, resultan ser siempre dignos de aprender. Y, en y para el caso “doblemente preciosos”! . Pero, además, profesor, me permitiría preguntarle lo siguiente: si a Cristo le había sido aplicado la ley romana y la propia del Sanedrín al unísono; ¿habría estado legalmente (en doble ley), entonces, ” atrapado sin salida”. Mas, esta vez, y quizás rememorando en parte al “trauma Masada”; ¿decidieron los romanos “cortar por lo sano”?. Porque en lo considerando, parece ser “poco el delito” para “tan larga, aflictiva y torturante pena”. Y si hubiera sido así, ¿qué “ganaba” Roma con ello “jurídicamente hablando?. Y lo pregunto en el fondo, haciendo referencia a cómo debe o debería responder el ordenamiento jurídico ante el advenimiento de una nueva cosmovisión Porque, desde entonces y hasta el siglo XX, los seres humanos seguimos perpetuando conductas no tan disímiles a las de nuestros antepasados.. ¡Gracias!

  3. Carmen Diaz Says:

    Perdón,me equivoqué en fechas respecto a los sucesos de Masada. Vaya para usted mi solicitud de disculpas. Pero valga lo posterior.


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