Andy: el niño que quiere ser niña

El programa Contacto de Canal 13 sacó a la luz el caso de un niño varón (Baltasar) que sólo con cinco años manifiesta decididamente su deseo de ser tratado como niña. Sus padres, apoyados por ciertos especialistas, decidieron acceder a ese deseo dándole un nuevo nombre, ahora femenino: Andrea (Andy), vistiéndolo como niña y pidiendo al colegio en que estudiaba que también lo consideraran para todos los efectos como mujer. Ante la negativa de la institución, cambiaron a sus hijos de escuela, y demandaron al colegio invocando la ley Nº 20.609, de 2012, sobre no discriminación.

El caso se da a conocer justo cuando las principales ONGs que promueven los derechos de lesbianas y homosexuales, han anunciado que, después de la aprobación de la ley que crea el Acuerdo de Unión Civil, el siguiente punto de su agenda es la aprobación del proyecto de Ley de Identidad de Género que se discute en el Senado (Boletín Nº 8.924-07). No parece casualidad, en este contexto, que la Presidenta Bachellet en su mensaje presidencial del pasado 21 de mayo, haya señalado textualmente: “En ese mismo espíritu de ir desatando los nudos de discriminación y desigualdad que aún persisten en la sociedad chilena, estamos trabajando en las indicaciones al proyecto de ley de Identidad de Género”.

Ya en un post anterior hemos criticado el referido proyecto (ver post), pero conviene volver sobre el tema, dado que probablemente se reiniciará el debate. Digamos, primeramente, que la sexualidad humana debe entenderse desde una recta antropología, en que lo espiritual, lo psicológico y lo corporal, constituyen una sola unidad, que es la que proporciona identidad a la persona. No parece correcto incurrir en el dualismo mente/cuerpo, como si la verdadera identidad del individuo estuviera en su psique, mientras que el cuerpo, y su conformación biológica, fuera nada más que un envoltorio que puede manipularse y configurarse según la libre determinación del yo psicológico. La sexualidad no está constituida, ni por la sola genitalidad biológica ni por la sola conciencia autorreflexiva, sino por una correspondencia unitaria entre lo biológico, lo psíquico y lo espiritual. La persona humana es sexuada por su propia conformación natural: se realiza en la feminidad y en la masculinidad; existe la persona-varón y la persona-mujer, cuya identidad sexual abarca todos los aspectos de la personalidad.

Existen personas en que esta unidad entre lo corporal y lo psíquico de la sexualidad se ve fracturada. A veces porque existen problemas de carácter biológico, como son los diversos casos de hermafroditismo (el individuo ha desarrollado órganos sexuales de uno y otro sexo). En otras porque la percepción psicológica de la sexualidad no coincide con el sexo genético, hormonal, gonadal y genital. Son los casos que la psiquiatría actual califica como trastornos de la identidad de género. La American Psychiatric Association (APA), que en 1973 excluyó ­–en una muy controvertida decisión–, a la homosexualidad como trastorno mental, en la última versión del DMS (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (la quinta de 2013), mantiene entre dichos transtornos lo que ahora denomina “disforia de género”. La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) de la OMS incluye también entre trastornos de la personalidad, los trastornos de la identidad de género, en los que menciona la transexualidad, el travestismo y el trastorno de la identidad de género de la infancia (F64).

Durante muchos años se ha recomendado a estas personas someterse a diversos tratamientos: hormonales, cosméticos y quirúrgicos, para intentar adaptar su aspecto corporal al sexo deseado. Se suele hablar de “operaciones de cambio de sexo” o de “reasignación del sexo”. Lo cierto es que el sexo biológico no puede mutar. La persona sigue teniendo la condición de varón o mujer según la configuración de su mismo genoma. Se tratará de un varón castrado y con una simulación de vagina, o de una mujer a la que se le ha implantado un tejido que aparenta un pene. Quizás por ello, últimamente, se está reclamando el derecho de las personas transexuales a ser consideradas pertenecientes al sexo opuesto sin necesidad de someterse a este tipo de cirugías y tratamientos hormonales permanentes, que suelen ser devastadores, tanto física como psicológicamente. Así como las operaciones y tratamientos hormonales no cambian la realidad corporal, tampoco lo hace la modificación del sexo en el Registro Civil. La acogida, comprensión y apoyo que merecen las personas transexuales no parece pasar por hacer abstracción de su condición tratando de negar voluntarísticamente el sexo que mantienen y no pueden mudar.

La cuestión se vuelve más compleja cuando la situación de los transexuales pasa a ser utilizada para inocular en la cultura contemporánea la llamada “ideología de género”, en la que se reúnen en una sola teoría las reivindicaciones de lesbianas, homosexuales y bisexuales. Aparece, entonces, la sigla LGBT= Lesbians, Gays, Bisexuals y Transexuals, la que se va ampliando en la medida en que se van acuñado nuevas formas de expresar la sexualidad: LGBTI, LGBTIQ. Uno de los principales documentos en los que se plasma la nueva ideología es el que contiene los llamados Principios de Yogyakarta (2006), en los que se unen los conceptos “orientación sexual” e “identidad de género”, y se concibe el género de una manera amplísima y circular: “La identidad de género se refiere –se lee en el texto­– a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales”. Se verá que la identidad de género se presenta como la vivencia del género, pero sin precisar qué debe entenderse por “género”.

En un comienzo se trató de distinguir entre sexo biológico y género para evitar las discriminaciones injustas contra la mujer. Se trataba de suprimir los estereotipos y asignaciones de roles sociales que por mucho tiempo habían servido para desvalorizar y subordinar a la persona de la mujer: “sexo débil”, “dueña de casa que no trabaja”, que debe pensar en casarse y no en desarrollar una profesión, etc. Pero esta primera versión de la teoría de género, que podría considerarse razonable y justificada, ha devenido en una tesis radical y fundamentalista en la que el género, entendido ahora desde un individualismo subjetivista, pasa a suplantar el sexo y todas las características biológicas que lo determinan. En el fondo, la persona humana no tendría una identidad sexual que deriva de su propia naturaleza, sino que ella se construiría conforme a las percepciones de la conciencia subjetiva de cada individuo y el reconocimiento social de ellas. De allí que ya los transexuales no tendrían que elegir entre sexo masculino o femenino, sino que se ampliaría la gama de posibilidades que queda abierta y no reducidas al esquema binario de varón y mujer: así habría varones trans y mujeres trans o simplemente individuos trans. Mezclando el género con la orientación sexual, podrían identificarse trans heterosexuales, trans homosexuales o trans bisexuales.

Se entiende así que las leyes de “identidad de género”, a las que sigue el proyecto chileno, no pretenden en verdad ayudar a las personas transexuales –a las que enmascarar legalmente su situación de poco les ayuda– sino más bien dar un nuevo significado a la expresión “sexo”. Éste deja de ser una cualidad con la que venimos al nacer y que nos viene dada, sino una realidad dependiente de la decisión subjetiva y autónoma de cada individuo. Por eso, en el último tiempo, estas regulaciones tienden a no exigir ninguna constatación médica o psiquiátrica de la disociación entre sexo psicológico y sexo biológico, y se satisfacen con la declaración del mismo individuo sobre su deseo de que su sexo sea modificado.

Al accederse a ello se incurre, además, en una desnaturalización de la función pública que desempeña el Registro Civil. Este registro da cuenta de hechos objetivos: la fecha del nacimiento, la paternidad o maternidad, el matrimonio, la defunción. Todas son realidades que no dependen de la subjetividad de un individuo, sino que son exteriores y verificables de manera objetiva. Sólo el sexo biológico es un hecho que puede y debe constar en el Registro Civil, porque de él dependen las relaciones que pueden tener las personas, sobre todo en lo referido al matrimonio, la paternidad y la maternidad.

Introducir en el Registro Civil, de manera subrepticia, el sexo como decisión subjetiva incluso contradictoria con las características sexuales del cuerpo de la persona, es manipular un sistema público para que acoja la “ideología de género” so pena de invalidar la información que proporciona a la generalidad de la comunidad sobre si un individuo registrado es una persona varón o una persona mujer.

No sabemos qué sucederá con el caso de Baltasar/Andy. Hay expertos que señalan que la disforia de género infantil puede desaparecer durante la adolescencia. Este hecho debiera inducirnos a ser extremadamente cautos y prudentes a la hora de condicionar o presionar el desarrollo y crecimiento de estos niños y, en cualquier caso, a evitar que sean utilizados para manipular a la opinión pública hacia una aceptación irreflexiva de la “ideología de género”.

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3 comentarios en “Andy: el niño que quiere ser niña”

  1. ricardo vega Says:

    Interesante artículo. Aporta al debate desde una mirada instalada en la sociedad en que el autor no especifica sus propias concepciones religiosas para entender el debate de lo que él denomina ideología de género. Ciertamente, existe un eventual problema en materia civil, el que comparto, pero eso no puede, ni debe limitar el debate en torno a los derechos de estas personas.
    Ahora bien respecto al rol del Registro Civil, comparto con el autor, que este se debe limitar a describir elementos objetivos, verificables, pero es eso lo que precisamente quiere resolver el proyecto de ley. Objetivizar la condición de estas personas, por lo que la incertidumbre que alega no es tal.

    • hcorralt Says:

      Gracias por el comentario. Pero el proyecto de ley no objetiviza la condición de persona transexual, sino que declara que es del otro sexo sobre la base de sus propias declaraciones y una feble información sumaria de testigos.


  2. Reblogueó esto en Microjuris – Chiley comentado:
    Recomendamos interesante columna del Prof. Hernán Corral


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