Alfonso María de Ligorio o de las insospechadas consecuencias de perder un juicio

Probablemente no haya nada más desalentador para un abogado que salir derrotado en un proceso judicial en el cual se tenían serias expectativas de éxito. La penuria puede ser mayor si además se ha incurrido en la insensatez de captar la confianza del cliente, asegurándole que los tribunales no pueden si no darle la razón.

Por ello se entiende, aunque a primera vista resulte paradojal, que un colega haya devenido en patrono de los abogados justamente gracias a la amarga y dolorosa experiencia de perder un juicio. Es lo que sucede con el que más tarde sería conocido como San Alfonso María de Ligorio, uno de aquellos que, junto con otros (San Ivo, San Raimundo de Peñafort y Santo Tomás Moro), tienen la delicada misión de ejercer el patronazgo celestial sobre los profesionales del Derecho, y cuya fiesta celebra la iglesia el día 1º de agosto.

Alfonso nació en Marianella, una ciudad del entonces Reino de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696, en el seno de una familia de la nobleza napolitana. Muy tempranamente dio señales de poseer una inteligencia asombrosa: ya a los 12 años había cumplido con sus estudios primarios y secundarios. En 1708, después de aprobar examen con Giambattista Vicco, famoso jurista y filósofo, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Nápoles, en la que se graduó como doctor en Derecho Civil y en Derecho canónico con la siguiente calificación: Summo cum honore maximisque laudibus et admiratione. Tenía sólo 16 años.

No se dedicó a la academia sino al ejercicio profesional, para lo cual, según las exigencias de la época, pasó los dos siguientes años como aprendiz (procurador, diríamos ahora) en los despachos de dos grandes abogados de la ciudad: Luigi Perrone y Andrea Jovene. En 1715 comenzó su carrera como abogado independiente y rápidamente se hizo conocido por sus conocimientos y competencia en las más diversas causas judiciales, así como por su honestidad y piedad de buen cristiano. Tenía fama de no haber perdido jamás un pleito.

Hasta que en 1723 tomó un caso que enfrentaba a dos poderosos personajes, en relación con la pertenencia de una propiedad feudal (Amatrice). Por una parte, estaba el Gran Duque de La Toscana y por otra un “gran magnate”, que muchos identifican con un miembro de la poderosa familia Orsini. Alfonso tomó la defensa de este último y después de estudiar por más de un mes todos los antecedentes de la causa tuvo la seguridad de que era justa y además de que ganaría sin problemas antes los jueces del Tribunal de Nápoles. Debe señalarse que desde que era estudiante universitario Alfonso había compuesto doce máximas para el buen quehacer jurídico y que mantenía escritas en un cartel. Las dos primeras rezaban así: 1º) No se debe jamás aceptar causas injustas, porque son perniciosas para la conciencia y el decoro; 2º) No se debe defender una causa con medios ilícitos (Ver texto completo).

Llegó el día de la audiencia y, ante muchos abogados y procuradores que habían acudido para observar el espectáculo que prometía un juicio de tanta alcurnia, Alfonso alegó exponiendo todos los argumentos que aseguraban la justicia de la causa de su cliente, con gran elocuencia y erudición, de modo que parecía no haber duda de que el tribunal debería decidir a su favor y en contra del Gran Duque de Toscana. Hasta el mismo Presidente del Tribunal, que conocía y apreciaba al joven abogado Ligorio, pensaba que habría que dictar de inmediato sentencia en tal sentido.

Pero entonces sucedió lo inesperado: el abogado del Gran Duque, al parecer un señor Maggiocchi, se había dado cuenta de que en todo su alegato Alfonso no había mencionado a un documento esencial que daba la razón al Duque. No dijo nada y esperó pacientemente que su colega terminara su brillante alegato. Cuando estaba concluyendo, le interrumpió y le señaló que estaba equivocado y que por favor buscara un cierto documento que estaba en el expediente, y que destruía toda su argumentación y le daba la razón al Gran Duque. Al ver el documento, Alfonso sintió que se derrumbaba toda la construcción que había hecho y que además daba la impresión de haber sido muy descuidado o incluso haber procedido de mala fe. El entonces más célebre abogado de Nápoles sólo atinó a decir: “Me he equivocado”. El Presidente del Tribunal trató de animarlo diciéndole que no era la primera vez que los magistrados presenciaban errores de los abogados y que de ellos no estaban exentos los hombres del mayor valor. Pero Ligorio apenas escuchó. Dijo: “Mondo, ti ho conosciuto: Addio Tribunali” (Mundo, te he conocido: Tribunales adios) y salió de la sala para no volver (Cfr. Antonio Maria Tannoia,  Della vita ed istituto del Venerabile Servo di Dio Alfonso Maria Liguori, vescovo di S.Agata de’ Goti e fondatore della Congregazione de’ preti missionari del SS. Redentore, Napoli 1798-1802, Libro I, cap. 4: ver Texto digital).

Un juicio perdido, de una manera tan vergozosa (de anciano decía que no comprendía cómo había dejado de ver un documento tan trascendental, después de haber repasado hoja por hoja todos los papeles del proceso por casi un mes), no sólo lo hizo desconfiar de las vanaglorias del éxito profesional, sino que lo puso en disposición de escuchar que Dios lo llamaba por otro camino, que hasta entonces no había considerado.

Tomó la decisión de hacerse sacerdote para predicar el Evangelio a los más pobres, enfermos y marginados y en 1726 recibe la ordenación. Años después (1752) fundó la Congregación del Santísimo Redentor, que se ha extendido por todo el mundo y es conocida por Padres Redentoristas. Impulsó y participó en un incesante trabajo misionero en el Reino de Nápoles y sus seguidores. Ya con 66 años el Papa lo nombró obispo de la diócesis de Agatha dei Goti, oficio que ejerció por 13 años, hasta que le fue aceptada la renuncia motivada por una dolorosa artritis deformante. Esta gran cantidad de trabajo no fue óbice para que sacara provecho del privilegiado intelecto con que se le había dotado y para escribir más de un centenar de obras sobre los más diversos temas, entre los cuales destaca un verdadero clásico de la espiritualidad mariana: Las glorias de María (1750). En el plano teológico su aporte mayor fue en la teología moral, disciplina en la que ha sido reconocido como uno de los grandes maestros de la historia de la Iglesia, que se opuso tanto al rigorismo como al laxismo. Murió a la edad de 91 años el 1º de agosto de 1787, con fama de santidad. Fue beatificado en 1815 y canonizado en 1839. Años después, en 1871, el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia Católica.

En el bicentenario de su muerte, el Papa Juan Pablo II escribió que “San Alfonso fue el gran amigo del pueblo, del pueblo bajo, del pueblo de los barrios pobres de la capital del reino de Nápoles, el pueblo de los humildes, de los artesanos y, sobre todo, la gente del campo. Este sentido del pueblo caracteriza toda la vida del Santo, como misionero, como fundador, como obispo, como escritor” (Carta Apostólica Spiritus Domini, de 1 de agosto de 1987: Ver texto completo).

Todo esto, podemos decir, gracias a un juicio perdido. Por eso, los abogados pueden recurrir a la intercesión de este gran colega santo para recuperarse de las amarguras que produce una derrota judicial y para pensar que de esa frustración pueden salir bienes inesperados e imprevisibles. Su ejemplo nos llevará a no dar por ganado ningún juicio y, en caso alguno, asegurárselo así al cliente.

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