Barrabás: el otro Jesús

Este domingo comienza en el mundo cristiano la Semana Santa, que conmemora la pasión de Jesucristo, que como se sabe está mediada por una serie de instituciones jurídicas: una acusación, dos procesos judiciales (uno en el Sanedrín y otro ante el gobernador romano), una condena a muerte y su ejecución. En ese contexto nos gustaría comentar un episodio que traen los cuatro Evangelios sobre un extraño personaje llamado Barrabás. Orígenes, un antiguo autor cristiano del siglo III, sostuvo que su primer nombre era también Jesús, y su versión está acreditada por algunos manuscritos antiguos que se conservan.

Por los datos que nos ofrecen los Evangelios se trataba de un hebreo que estaba privado de libertad en una de las cárceles controlada por los romanos en Jerusalén. El Evangelio de Juan dice que era un bandido (algunos traducen por “ladrón”). Por los Evangelios de Marcos y Lucas sabemos que no era un mero ratero, sino un integrante, quizás el líder, de un grupo de rebeldes que habían cometido al menos un homicidio. Marcos indica que había sido “apresado con otros sediciosos que en una revuelta habían cometido un homicidio” (Mc. 15, 7). Lucas confirma lo anterior y precisa que el delito había sido cometido en la misma Jerusalén: “había sido encarcelado por cierta sedición ocurrida en la ciudad y por un homicidio” (Luc. 23, 19). Pertenecía, en consecuencia, a lo que podría llamarse la resistencia judía contra la dominación del imperio romano y que, al contrario de otras facciones del pueblo de Israel de la época, como fariseos y saduceos, propiciaba la vía violenta para liberar su nación. En esa calidad era más que conocido por el pueblo: el evangelio de Mateo apunta que se trataba de un “preso famoso” (Mt. 27, 16).

Esta especie de líder guerrillero va a ser confrontado con otro preso también famoso, que había sido llevado por los sacerdotes ante Pilato, el gobernador romano, para que fuera sentenciado a la pena de muerte. Aunque el Sanedrín lo había procesado por blasfemia (hacerse igual a Dios), ante el gobernador le acusan del mismo delito que se le imputa a Barrabás: sedición (alborota al pueblo y se declara rey de los judíos). Es Jesús de Nazaret, el nuevo profeta, el mismo que pocos días atrás había entrado en Jerusalén en medio de una multitud que lo aclamaba como “el que viene en nombre del Señor” (Mt. 21, 9). El gobernador romano después de interrogarlo personalmente se convence de su total inocencia, pero no se decide a liberarlo temiendo que la muchedumbre que se ha reunido frente a su Palacio, instigada por los jefes de los sacerdotes, se salga de control si no accede a sus deseos de dar muerte a Jesús. Entonces se le ocurre una salida, que podría dejar contentos a todos. Recuerda que existe una costumbre por la cual se concede la libertad a un preso en la fiesta de la Pascua (cfr. Juan 18, 39). Aunque los historiadores no han encontrado fuentes extrabíblicas que confirmen la existencia de esta costumbre, tampoco las hay que la refuten, y la afirmación de los Evangelios resulta verosímil, ya que la fiesta de la Pascua recordaba justamente la liberación del pueblo de Israel de la larga esclavitud que padeció en Egipto.

Pilato, sin embargo, no quiere tomar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de dejar libre a Jesús. Mañosamente recuerda a Barrabás, el otro Jesús, y lo manda a traer frente a la multitud. Pregunta entonces: “¿a quién de los dos queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?” (Mt. 27, 17).

Esta liberación debía justificarse también ante el Derecho romano. Los Evangelios no dan noticia al respecto. Según los romanistas existían dos formas de perdón en favor de quienes habían cometido delito: la indulgentia y la abolitio. Por la primera, se indultaba a un reo que ya había sido condenado, por una especial gracia que debía ser concedida por el Emperador, el Senado o algunos altos funcionarios de provincia. En cambio, la abolitio se aplicaba a un prisionero que aún no había sido condenado y podía concederse por autoridades de menor rango. Parece claro que lo que intentó Pilatos aplicar a Jesús y terminó favoreciendo a Barrabás, fue este último tipo de perdón gracioso: la abolitio. Del relato evangélico se desprende que ni Barrabás ni Jesús habían sido condenados aún y Pilato, como simple gobernador romano, no tenía poder suficiente para conceder la indulgentia.

Sabemos como termina la historia: la multitud gritó que quería que se liberara a Barrabás, y cuando Pilato pregunta qué debía hacer con Jesús, la respuesta, cuyos ecos se escuchan después de dos mil años, fue : “¡crucifícalo!”, es decir, que se le aplique el suplicio romano reservado para los peores criminales: muerte en una cruz. Pilato cedió: liberó a Barrabás y condenó a Jesús, siempre tratando de escabullir su responsabilidad, ahora mediante el símbolo de lavarse las manos y atribuir la culpa a la masa vociferante.

Algunos críticos han dudado de la veracidad del relato evangélico sobre la elección entre Jesús de Nazaret y Jesús Barrabás y sostienen que su inclusión en los textos evangélicos se debería al intento de exonerar de responsabilidad en la muerte del Mesías a los romanos, para así congraciarse con las autoridades del imperio. Pero, además de que no existen pruebas serias que desacrediten la narración, en la que coinciden los cuatro Evangelios, redactados en distintas épocas y por diversos autores, lo cierto es que el relato no excusa para nada al gobernador Pilato y más bien lo presenta como alguien peor que aquellos judíos que por lo menos estaban convencidos de que estaban en lo correcto en pedir la muerte de Jesús por creer que se trataba de un blasfemo que venía a corromper la religión judía, como lo habían declarado sus dirigentes. El mismo Jesús desde la cruz pedirá el perdón los que pidieron su muerte: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 33). Pilato, en cambio, se da cuenta de la inocencia del Nazareno, está convencido de ella, y sin embargo lo condena a muerte. ¿Puede realmente esto ser una forma de hacer más “amigable” la historia para los romanos?

Los hechos que se relatan en las Sagradas Escrituras no sólo tienen una relevancia histórica, sino que, al menos para los creyentes, poseen también un sentido espiritual, que es necesario discernir y aplicar a nuestra época. El papa Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, considerando que Barrabás era un líder de la resistencia antirromana y que su nombre era de índole mesiánica: (BarAbbas: hijo del Padre), así como que al parecer también se llamaba Jesús, piensa que este episodio tiene un significado más profundo.

Barrabás se presenta como una especie de doble de Jesús, que también promete la llegada del reino, pero de una manera diferente: mediante la lucha por el poder y el establecimiento de una libertad política e intramundada: “Así, ­– apunta el ahora Papa emérito– la elección se establece entre un Mesías que acaudilla una lucha, que promete libertad y su propio reino, y este misterioso Jesús que anuncia la negación de sí mismo como camino hacia la vida” (Jesús de Nazareth. Desde el bautismo a la transfiguración, Planeta, 2007, p. 66).

De una u otra forma esta alternativa desafía personalmente a todo cristiano: ¿qué tipo de redentor es el que buscamos?, ¿el que nos ofrece el bienestar material y la seguridad planificada de lo mundano, al modo de Barrabás? ¿o preferiremos al Jesús de Nazaret, que nos invita a salir de nosotros mismos, abrirnos al amor misericordioso de Dios y transformar el mundo comenzando por transformar el corazón?

San Josemaría Escrivá describe lo que puede ser una experiencia de muchos cristianos, sino de todos: “Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: ‘¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?’ Es más penoso oír la respuesta: ‘¡A Barrabás!’. Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”… (Camino, Nº 296).

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2 comentarios en “Barrabás: el otro Jesús”

  1. xavier vidal Says:

    Estimado profesor, magnífica reflexión, como de costumbre. Un detalle: entiendo que es más apropiado decir “obispo de Roma emérito” que “Papa emérito”. Al menos eso enseña el reputado canonista G.F. Ghirlanda. Un abrazo a la distancia.


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