“Mi mascota es un monstruo”: una boa en el condominio

La moda de convivir con animales exóticos como mascotas ha llegado a nuestro país, y con cierta frecuencia hace noticia. Así sucedió con Bono, una boa constrictor macho, de casi dos metros de largo, que pertenecía al propietario de un departamento situado en el último piso de un edificio de la Comuna de Las Condes, y cuya fuga causó temor entre los vecinos del condominio.

Según las declaraciones del dueño, éste habría adquirido su mascota en un criadero nacional, y la mantenía en su domicilio hasta que desapareció entre agosto y septiembre del año pasado. El jueves 21 de abril, mientras se hacía una revisión de rutina de las calderas de una de las torres del condominio, un técnico vio que el reptil se encontraba acurrucado entre los tubos de gas y los quemadores, gozando del calor emanado por estos conductos. Sin atreverse a hacer nada, dio aviso al administrador del condominio y éste pidió ayuda a las autoridades. Funcionarios del Servicio Agrícola Ganadero retiraron a Bono y lo incautaron, dado que el dueño no tenía a mano la documentación exigida. La boa fue entregada al zoológico del Parque Metropolitano (Ver nota de prensa).

Por lo que han señalado las autoridades del S.A.G. no sería ilegal mantener este tipo de animales en residencias particulares si se cuenta con la documentación que acredite su origen y propiedad, de modo que la pregunta que cabe formular es si procede que ello suceda en viviendas sujetas al régimen de copropiedad inmobiliaria, que en nuestro país está regulado en la ley Nº 19.537, de 1997.

Hay que constatar, en primer lugar, que ni la referida ley, ni su Reglamento, aprobado por D. Sup. Nº 46, de 1998, se refieren a la tenencia de animales como mascotas en las respectivas unidades de un condominio, sean usuales (perros, gatos, loros) o exóticas (iguanas, papagayos, serpientes). Pero sí podrían encontrarse reglas sobre ello, (y es frecuente que las haya), en el Reglamento de Copropiedad que todo condominio debe tener. Según la ley, mediante este instrumento los copropietarios deben fijar con precisión sus derechos y obligaciones recíprocos; así como imponerse las limitaciones que estimen convenientes. El mismo Reglamento puede señalar multas para el caso de infracciones (art. 28 ley Nº 19.537).

Si en el Reglamento no existe ninguna prohibición o limitación sobre la tenencia de animales, regirá entonces el principio general de que todo copropietario debe hacer uso de su unidad sin afectar o perturbar el legítimo derecho del resto de los copropietarios, y que se concreta en el inciso 2º del art. 32 de la ley, que dispone: “Las unidades se usarán en forma ordenada y tranquila y no podrán hacerse servir para otros objetos que los establecidos en el reglamento de copropiedad o, en el silencio de éste, a aquellos que el condominio esté destinado según los planos aprobados por la Dirección de Obras Municipales. Tampoco se podrá ejecutar acto alguno que perturbe la tranquilidad de los copropietarios o comprometa la seguridad, salubridad y habitabilidad del condominio o de sus unidades, ni provocar ruidos en las horas que ordinariamente se destinan al descanso, ni almacenar en las unidades materias que puedan dañar las otras unidades del condominio o los bienes comunes”. Si alguno de los copropietarios por la tenencia de mascotas, sean usuales o exóticas, produce algunas de las molestias, daños o peligros de daños que se describen en la norma, podrá ser denunciado ante el juzgado de policía local competente (art. 33 ley Nº 19.537), quién deberá aplicar las medidas que correspondan, entre las cuales está la aplicación de multas y la indemnización de perjuicios.

En cambio, para establecer la reparación de los daños, el Código Civil sí hace una diferencia sobre el tipo de animal que los ha causado. Conforme con el art. 2327, “el daño causado por un animal fiero, de que no se reporta utilidad para la guarda o servicio de un predio, será siempre imputable al que lo tenga, y si alegare que no le fue posible evitar el daño, no será oído”. Se trata de uno de los pocos casos en que el Código Civil establece una responsabilidad objetiva o estricta, que no requiere que se pruebe culpa o negligencia. Pero sí deben acreditarse dos requisitos: que se trate de un “animal fiero” y que su tenencia no reporte utilidad para el inmueble en el que se le mantiene. La doctrina ha sostenido que no cabe identificar la noción de animal fiero con la de animal bravío o salvaje contenida en el art. 608, para efectos de regular la ocupación como modo de adquirir el dominio de las cosas sin dueño, y que se refiere a todo animal que vive naturalmente libre e independiente del hombre, sin que se distinga sobre su agresividad o peligrosidad para el hombre. Así, por ejemplo, son salvajes los peces de acuario, los canarios, los conejos, los caracoles, las ardillas, pero nadie los calificaría de animales “fieros”. Por el contrario, un animal doméstico puede llegar a ser calificado como fiero si tiene un nivel alto de peligrosidad, como sucede con ciertos perros extremadamente bravos y que son capaces de causar la muerte de personas.

Alessandri sostiene que incluso un animal que es fiero por naturaleza como un león o un leopardo, puede no ser considerado como tal si está completamente domesticado y no representa ningún peligro. Esta posibilidad quizás sea demasiado optimista sobre los resultados de la domesticación. Con todo, la decisión sobre si un animal es fiero o no fiero deberá adoptarla el juez con la información que se le proporcione tanto de las características de la especie a la que pertenece como de las circunstancias específicas de su crianza y comportamiento.

Por ello habría que dejarle al juez la decisión de si una boa conscriptor como Bono tiene la calidad de animal fiero. El hecho de tratarse de un animal bravío o salvaje, para los efectos de la ocupación como modo de adquirir, no presupone que se le aplique el estatuto de responsabilidad estricta del art. 2327.

Pero en caso de que se estime que no estamos ante un animal bravío, si Bono ha causado daños, ellos podrán serle imputados a quien lo mantenía como su mascota, en cuanto pueda imputársele negligencia. En este caso, no es excusa para el propietario del animal el que haya causado los perjuicios fuera del recinto donde se le guardaba, porque en principio él es responsable de su fuga o escape, a menos que acredite que se produjo sin negligencia de su parte. Así lo dispone el art. 2326 del Código Civil: “El dueño de un animal es responsable de los daños causados por el mismo animal, aun después que se haya soltado o extraviado; salvo que la soltura, extravío o daño no pueda imputarse a culpa del dueño o del dependiente encargado de la guarda o servicio del animal”.

Nótese, igualmente, que en el caso de copropiedad inmobiliaria se dispone que por las indemnizaciones de perjuicios que se establezcan responden solidariamente el infractor y el propietario de la unidad del condominio (obviamente cuando no sean una misma persona), sin perjuicio del derecho de este último para repetir en contra del primero, en caso de que se vea obligado a pagar la reparación de los daños (art. 32 inc. 4º ley Nº 19.537).

Pareciera, sin embargo, que Bono no causó mayor daño que el natural temor de los vecinos después de ser alertados de su presencia entre las calderas. Los conflictos, sin embargo, podrían surgir si su dueño logra recuperar su posesión y persiste en su idea de mantenerlo como mascota en el mismo condominio.

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