Maternidad posmortem

Aunque ha habido casos anteriores, sin duda sorprendió la noticia que daba cuenta que una mujer portuguesa con “muerte cerebral” había dado a luz un niño. Es decir, podría decirse que había sido madre después de haber muerto. Según el comunicado del Hospital Central de Lisboa, la mujer, de 37 años, había sido objeto de un diagnóstico de muerte cerebral el 20 de febrero de 2016 después de sufrir grave hemorragia intercraneana. Al comprobarse que estaba embarazada de 17 semanas, el Comité de Ética del Hospital, con el consentimiento de los familiares de la mujer y de la familia paterna, decidió mantener el soporte vital a su cuerpo hasta que el niño en gestación alcanzara las 32 semanas. De esta manera, el niño se desarrolló durante 15 semanas (más de tres meses) en el seno de lo que podría decirse era el cadáver de su madre, que operó como una especie de incubadora humana. El parto se produjo por cesárea y no tuvo complicaciones: el niño, de sexo masculino, nació saludable con 2,350 Kg de peso el 7 de junio pasado (Ver comunicado)

El episodio, que como hemos dicho no es nuevo, suscita diversas preguntas y sobre todo sobre si la llamada “muerte cerebral” es realmente la muerte de la persona como tal, o sólo una expresión que pretende designar la inminencia de la muerte en caso de que se desconecte al individuo de los equipos médicos de apoyo artificial (básicamente, el ventilador mecánico). Quienes abogan porque la “muerte cerebral” sea un criterio de muerte equivalente al de la muerte “cardio-respiratoria” precisan que no todo estado de inconsciencia o de falta de funcionamiento del cerebro puede ser calificado como muerte cerebral. Debe realizarse un diagnóstico con una pluralidad de exámenes y tests de modo que un equipo médico (nuestra ley de trasplantes, la ley Nº 19.451 exige como mínimo dos facultativos uno de los cuales debe desempeñarse en el campo de la neurología o la neurocirugía) llegue a la convicción de que se ha producido una abolición total e irreversible de todas las funciones del encéfalo, es decir, del órgano que controla las funciones vegetativas humanas, como respirar y reaccionar a estímulos externos. Sólo en tal caso, se aplicaría una analogía con la que tratan de hacer comprender su posición: el declarado con “muerte cerebral” sería como el cuerpo de alguien que ha sido decapitado.

Hay que decir, sin embargo, que existen voces en contrario: son las de aquellos que estiman que aun cuando pudiera llegar a comprobarse la abolición total e irreversible de las funciones encefálicas ello no implicaría más que la destrucción de un órgano del cuerpo humano pero no su desintegración como un organismo unitario aún viviente. Se aduce así que es muy raro afirmar que un “cadaver” pueda tener temperatura corporal, presión sanguínea, nutrición de las células, e incluso, como se ha comprobado, mantener un embarazo hasta que llegue a término y alumbrar un nuevo ser humano.

La controversia es compleja y no ha sido completamente zanjada. En Chile ha sido resuelta por una sentencia del Tribunal Constitucional de fecha 13 de agosto de 1995 (Rol Nº 220), que determinó que el criterio de la abolición de las funciones encefálicas, en el estado actual de la medicina, podría autorizar la extracción de órganos para trasplantes en la medida en que implicaba la muerte de la persona, y no un estado de especial gravedad de alguien aún vivo. Hemos de advertir, sin embargo, que se trata de un pronunciamiento que depende justamente de esta premisa fáctica: la muerte cerebral no es una “especie” de muerte utilizable ad hoc para trasplantes, sino la muerte que extingue la personalidad para todos los efectos jurídicos. Si los estudios científicos y antropológicos más adelante llegaran a la conclusión de que la abolición de todas las funciones encefálicas no implica la muerte del individuo, el pronunciamiento judicial no podrá aplicarse y las extracción de órganos de las personas que sean así diagnosticadas no podría realizarse legítimamente.

Volvamos al caso de la madre portuguesa. Primero habría que preguntarse si ha sido lícito que se mantuviera su cuerpo con soporte vital, no en razón de su propio bienestar, sino para permitir la vida del hijo que esperaba. Si nos ponemos en el caso de que la muerte cerebral es la propia muerte de la persona, entonces habrá que decir que la mujer murió el 20 de febrero y que lo que se mantuvo en funcionamiento fue sólo su cuerpo, de modo que la pregunta debiera reformularse como: ¿es lícito utilizar un cadáver para salvar la vida de otro ser humano? La respuesta debe ser positiva, ya que por mucho que se deba un respeto máximo a los restos mortales de una persona, no dejan de ser una cosa, y una cosa, aunque valiosa o incluso sagrada, no es un fin en sí misma y puede ser tratada como medio para el logro de fines ajenos. Nadie duda que en caso de necesidad urgente es lícito alimentarse de carne extraída de cuerpos de personas ya fallecidas. Del mismo modo, nos parece que será lícito el uso de un cadáver humano para que pueda alcanzar la viabilidad el niño que se encuentra gestándose en su seno.

Descendiendo ahora a los problemas de derecho civil, y aplicando nuestra legislación, habría que preguntarse cómo queda determinada la maternidad del niño. Evidentemente, no puede ser objeto de reconocimiento ya que la madre está fallecida. Podría determinarse judicialmente mediante una acción de reclamación de la maternidad, pero pensamos que esto no sería necesario si interpretamos las normas previstas en el Código Civil y en la Ley de Registro Civil, introducidas por la reforma de la ley Nº 19.585, de 1998, y que permiten la determinación de la maternidad por el parto. Para que esto se verifique, el comprobante de parto que emita el médico debe determinar la identidad de la madre (la ley no distingue entre si la madre dio a luz estando viva o una vez muerta) y luego la declaración de quien requiera la inscripción de nacimiento del niño debe coincidir con dicho comprobante. Con ello, el Oficial del Registro Civil inscribirá como madre a la mujer fallecida y la maternidad quedará determinada legalmente (cfr. art. 183 del Código Civil y art. 31 Nº 4 de Ley de Registro Civil).

Un segundo problema que puede aflorar es si podrá este niño ser considerado heredero y legitimario en la sucesión de su madre. Asumiendo que la madre murió antes de su nacimiento, podría pensarse que sería incapaz de sucederle ya que no habría tenido “existencia legal” a la época de la apertura de la sucesión: “Para ser capaz de suceder es necesario existir al tiempo de abrirse la sucesión…”, dice el art. 962 inc. 1º Código Civil. Se podría pensar que este niño podría beneficiarse de la excepción a la regla que prevé el inciso tercero de la misma norma: “Con todo, las asignaciones a personas que al tiempo de abrirse la sucesión no existen, pero se espera que existan, no se invalidarán por esta causa si existieren dichas personas antes de expirar los diez años subsiguientes a la apertura de la sucesión” (art. 962 inc. 3º Código Civil). No es así, sin embargo, ya que esa excepción está pensada para la sucesión testada y permite que el testador asigne algo a una persona que espera que llegue a existir pero que aún no tiene ni siquiera existencia natural: por ejemplo, si alguien que tiene hijas todavía menores hace testamento y deja un legado para su primer nieto varón.

La solución del problema reside en el el artículo 77 del Código Civil que habla de la existencia natural del que está por nacer y dispone: “Los derechos que se deferirían a la criatura que está en el vientre materno, si hubiese nacido y viviese, estarán suspensos hasta que el nacimiento se efectúe. Y si el nacimiento constituye un principio de existencia, entrará el recién nacido en el goce de dichos derechos, como si hubiese existido al tiempo en que se defirieron…”.

Aplicando esta norma al caso, el niño portugués al nacer el pasado 7 de junio podrá adquirir los derechos que le corresponden en la sucesión mortis causa de su madre, y es más: se entenderá que los ha adquirido, no al momento del parto, sino retroactivamente en la fecha en la que los derechos hereditarios le fueron deferidos, es decir, en el día de la muerte de su madre (20 de febrero). De esta manera, cuando se abrió la sucesión de ésta, el niño debe considerarse existente y, por ello, capaz de suceder conforme al art. 962 del Código Civil. Según la ley chilena, además, tendrá la calidad de asignatario forzoso, esto es, de legitimario (art. 1182 del Código Civil).

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2 comentarios en “Maternidad posmortem”

  1. Jose J. Pousa. Says:

    En España tendría la protección del “concebido no nacido” o “nasciturus”. Gran artículo, profesor.

    Un cordial saludo. Jose J. Pousa.

    • hcorralt Says:

      Así es, estimado amigo. En la mayoría de las legislaciones existen este tipo de tutela de los derechos del nasciturus, basados ya en una regla romana según la cual al concebido se le tiene por nacido para todo lo que le favorezca.


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