El “dieciocho”, Balmaceda y Claro Solar

Hace 125 años, el 18 de septiembre de 1891, el Presidente José Manuel Balmaceda, oculto en la Legación Argentina, pasó su último día en este mundo. En ese “dieciocho” expiraba su período presidencial (comenzado en 1886) y consideró que la única salida digna que le quedaba, después de haber sido vencido en la guerra civil desatada por sus diferencias con el Congreso, era el suicidio. A las 8:00 de la mañana del día siguiente, después de vestirse con su mejor tenida y con la banda presidencial, se recostó en la cama de la habitación en la que se alojaba, empuñó el revólver y lo apuntó a su sien derecha. El tiro fue certero: la bala le atravesó la cabeza y fue a incrustarse en el muro de la habitación.

Las causas del fraticida conflicto fueron políticas, sociales y económicas, pero lo que lo hizo estallar fue una controversia típicamente jurídica, en la que, pocos saben, tomó parte activa un joven abogado que hacía carrera como funcionario del Ministerio del Interior, y que más tarde llegaría a ser el primero de los tratadistas del Derecho Civil chileno, don Luis Claro Solar (1857-1945).

Con poco más de 30 años, Luis Claro ingresó a la administración pública en 1886, el mismo año en que asumió Balmaceda el mando de la Nación. Su nombramiento se hizo en el cargo de Oficial Mayor del Ministerio del Interior, que desde 1887 pasaría a ser denominado Subsecretario del Ministerio Interior. Pese a los cambios de gabinete, Claro Solar se mantuvo en su puesto hasta enero de 1891, cuando presentó su renuncia, la que las autoridades presentaron como motivada por asuntos familiares. No era ese el motivo real de su alejamiento. El subsecretario estimó que la lealtad hacia el Presidente no podía llevarlo a avalar lo que era una ruptura con el Estado de Derecho y la entronización de un gobierno dictatorial. El relato de la forma en la que llegó a esta determinación se ha conservado gracias a una relación que hizo Claro Solar en junio de 1991, y que se transcribe en el libro de Ismael Valdés Vergara, La Revolución de 1891 (Edit. Francisco de Aguirre, Buenos Aires-Santiago de Chile, 1970, pp. 27-40).

La narración se remonta a los primeros días de enero de 1891. Recordemos que en 1890, Balmaceda no consiguió que el Congreso aprobara las llamadas leyes periódicas, entre las cuales la más importante era la de los presupuestos del Estado. El 1º de enero de 1891, el Presidente publicó en el Diario Oficial un manifiesto y luego ordenó por decreto supremo que rigiera para 1891 el presupuesto que el Congreso había aprobado para 1890. Los dirigentes del Congreso consideraron que el régimen se había puesto en la ilegalidad y consiguieron el apoyo de la Armada para derrotar al gobierno por las armas. El Ejército, sin embargo, permaneció fiel al Ejecutivo. Después de unos días de incertidumbre, en la madrugada del 7 de enero, la Escuadra zarpó de Valparaíso al mando de Jorge Montt, llevando embarcados a los principales líderes del Congreso. Ismael Vergara recibió una llamada telefónica a las 6:30 horas de ese día de su hermano Francisco que vivía en Valparaíso, por la que éste le informó de la sublevación. Después de dar la noticia a la familia de uno de los parlamentarios embarcados, don Ismael se encuentra como a las 9:00 horas con Luis Claro que paseaba con una hijita por la Alameda. Vergara señala que, sabiendo que Claro era subsecretario del Ministerio del Interior, se acercó a él y le ofreció contarle la primicia con el compromiso de que debía luego hacerle saber la impresión que ella produjera en Balmaceda. Aquí Vergara inserta el relato escrito por Claro Solar.

El jurista recuerda que desde el mismo 1º de enero tuvo que hacerse “verdadera violencia” para permanecer en su puesto retribuyendo la deferencia con que el Presidente le había tratado en los cuatro años y medio que llevaba en sus funciones. La decisión de renunciar, sin embargo, se le representa como inevitable ese mismo día 7 de enero cuando, después de que el ministro de la Corte Suprema Manuel Egidio Ballesteros sugiriera la clausura de los tribunales para evitar que el máximo tribunal dictara sentencia en contra del gobierno, el Ministro del Interior (s) Domingo Godoy redactó de su puño y letra un decreto supremo por el cual el Presidente Balmaceda asumía la plenitud del poder público, disolvía el Congreso y declaraba en receso los tribunales superiores de justicia. Leído el borrador de decreto, cuenta Claro, lo aprobaron el Presidente y los ministros que se encontraban con él. Balmaceda le encargó al subsecretario sacar una copia. Entre las dicusiones sobre qué Ministros debían firmar el decreto, Claro Solar se las arregla para manifestarle privadamente a Balmaceda la gravedad de “un acto revolucionario que nadie podrá perdonarle” y avisándole que si tal decreto se publicaba él no podría seguir en el gobierno. Sin contestar nada, Balmaceda pide que lo dejen solo con sus ministros. Como a las 23:30 horas, Balmaceda vuelve a llamar a Claro y le entrega el texto enmendado, en que el Presidente se limita a declarar que sólo hará uso de las facultades necesarias para sofocar la rebelión sin trastornar la Constitución, que será el que en definitiva se publique. Este gesto de Balmaceda, que Claro interpretó como una deferencia hacia su persona, desarmó su intención de renunciar. Pero pronto advirtió el subsecretario de que el acomodo del texto del decreto no significaba un cambio de propósito del Presidente y sus Ministros, de modo que estaba siendo partícipe de una dictadura, en la que se tomaban presos sin orden y en la que se daba a los gobernadores atribuciones abusivas. Finalmente, Claro escribe una carta a Balmaceda en la que le expresa que se ve obligado a renunciar.

El Presidente lo cita a una audiencia personal y sostienen una conversación muy reveladora de las dos visiones. Claro le dice al Presidente que ha visto que la modificación del decreto del 7 de enero no fue sincera y que finalmente se hará lo que esa noche se iba a hacer. Balmaceda responde que es cierto, pero protesta que se ve obligado por la revolución: “¿Cómo cree usted posible que someta mis actos a un Congreso en el cual las dos terceras partes de los senadores que deben juzgarme son mis personales enemigos?”. Claro le contesta: “Precisamente es esta situación la que me obliga a retirarme. Veo que para sofocar la revolución tendrá Ud. que infringir todas las prescripciones constitucionales”. Ya en un tono paternal, Balmaceda le dirá: “Lucho, no por mí sino por ustedes. Yo sostengo el principio de autoridad”. Pero Claro piensa que una vez rota la legalidad todo se desquicia: “Ayer –le dije– he visto que se toma presos sin su orden, después me apercibí de que se piensa declarar en estado de asamblea toda la República y conceder a los gobernadores la facultad de aprobar las sentencias de consejos de guerra nombrados por ellos mismos, y si hoy se hacen prisiones sin orden, mañana se fusilará sin su orden, pero toda esa sangre, todos los abusos caerán sobre usted y los que le acompañan”. Viéndolo irreductible, el Presidente de pie y con voz conmovida se despide del renunciado subsecretario, quien salió de la Moneda para no volver.

En esos días otro joven abogado celebraba el triunfo de los antibalmaceditas pero más adelante será quien tome sus manos la principal bandera del extinto Presidente: el presidencialismo. Este abogado se llama Arturo Alessandri Palma y será elegido Presidente de la República casi treinta años después, en la reñida elección de 1920.

Paradojas de la historia: el antiguo subsecretario de Balmaceda, ahora convertido en presidente del Senado, le impondrá la banda presidencial y la piocha de O’Higgins. Alessandri cuenta en sus memorias que la piocha se cayó y Claro la recogió. Alessandri comentó: “mal augurio, la insignia del poder se me quiere escapar”, a lo que don Luis replicó: “No importa, porque nada ha pasado, yo se la he vuelto a colocar” ((Recuerdos de gobierno, Nascimento, Santiago, 1967, t. I, pp. 56-57). La anécdota parece anunciar la partida de Alessandri por el ruido de sables de 1924, y su triunfal regreso en 1925. Don Luis, en cambio, no volverá más al Congreso, después de su disolución por la junta militar de 1924. A ello le debemos que haya tenido el tiempo necesario para continuar sus Explicaciones de Derecho Civil chileno y comparado en sus 17 volúmenes, hasta que su labor se vio interrumpida cuando murió a los 88 años, el 19 de julio de 1945.

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