De pastores y rebaños

Continuando con la tradición de este blog de comentar, en estas fechas, algún punto de la conmemoración navideña en el que el Derecho tenga alguna influencia, quisiéramos considerar el pasaje del Evangelio de San Lucas que cuenta cómo un grupo de pastores fueron avisados de que en un establo cercano a Belén había nacido el Mesías tan esperado.

El texto de la narración evangélica es el siguiente: “En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él». Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de que decían los pastores” (Lc. 2, 8-18).

Es llamativo que el anuncio del nacimiento de Jesús les llegue a unos pastores mientras estaban en lo que podríamos decir era su trabajo profesional. Se trataba de hombres más bien rústicos y con mala reputación, ya que por ignorancia no cumplían todos los preceptos de la ley de Moisés.

Se dedicaban a mantener rebaños de ovejas y cabras. Las sacaban de un redil o corral a alimentarse en zonas en las que habían pastos y forraje que gustaban a las ovejas o arbustos que son preferidos por las cabras. También las conducían a ríos o manantiales para abrevar. Las protegían de asaltos de ladrones o fieras depredadoras. Por ello, a la usanza militar, se agrupaban y hacían turnos de 4 o 5 horas por las noches. A las cabras, las ordeñaban para obtener leche ya sea para tomar o para preparar algunos quesos, mientras que también se encargaban de esquilar a las ovejas para usar o vender su lana. También los pastores se preocupaban de atender a las preñadas en el alumbramiento de sus crías.

La mayoría de los pastores no tenían residencia fija y eran más bien nómades, por lo que lo más probable es que los convocados a conocer al Niño no fueran habitantes de Belén, sino que estaban en una región cercana cuidando sus rebaños.

Existían pastores que eran propietarios de sus rebaños, pero la mayoría cuidaban, por una remuneración en especie o en dinero, los animales de alguien de mayor fortuna o jerarquía social y religiosa. Cuando Jesús en su predicación se compare con el buen pastor que se preocupa por cada una de sus ovejas, contrapone esa figura con el pastor que no es dueño del rebaño sino que un empleado que recibe un sueldo por esa función: “El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye y el lobo las arrebata y la dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas” (San Juan 10, 12-13).

La relación con el Derecho la encontramos en el concepto de universalidad de hecho o cosa universal bajo el cual se incluyen aquellos grupos de cosas que forman un solo conjunto y que por ello pueden ser objeto de relaciones jurídicas, como el derecho de propiedad, un derecho de usufructo o diversos contratos como el arrendamiento o un mandato. Un ejemplo clásico de este tipo de universalidades es el del rebaño de animales principalmente lanares, como los que tenían a su cargo los pastores en las proximidades de Belén. Un concepto más amplio es del ganado, que incluye el rebaño pero se extiende a animales como bueyes, caballos, mulas, vacas, cerdos, etc.

Las universalidades de hecho se suelen clasificar entre cosas universales de colección y cosas universales de explotación. Las de colección son aquellas que reúnen cosas homogéneas, como serían los rebaños y ganados o una biblioteca. Las de explotación son universalidades que comprenden cosas de diversa especie pero que se agrupan por el destino productivo o comercial que les da el titular, como sucede con el establecimiento de comercio.

Nuestro Código Civil hace la distinción entre rebaños y ganados, aunque a ambos les da la categoría de cosas universales. Son tres artículos, uno de los cuales se refiere a los rebaños, otro a los ganados y un tercero a rebaños y ganados.

La norma que menciona sólo a los rebaños contempla la posibilidad de que sean objeto de legado y dispone que “si se lega un rebaño, se deberán los animales de que se componga al tiempo de la muerte del testador, y no más” (art. 1123 CC).

Sólo a los ganados se refiere en cambio un precepto contenido en la regulación del contrato de arrendamiento, y que señala que “siempre que se arriende un predio con ganados y no hubiere acerca de ellos estipulación especial contraria, pertenecerán al arrendatario todas las utilidades de dichos ganados, y los ganados mismos, con la obligación de dejar en el predio al fin del arriendo igual número de cabezas de las mismas edades y calidades” (art. 1984 inc. 1º CC). Pero sólo se consideran los animales “aquerenciados” en el predio, ya que “el arrendador no será obligado a recibir animales que no estén aquerenciados al predio” (art. 1984 inc. 3º CC). Se trata de animales que no tienen “querencia” al predio, es decir, una inclinación o tendencia a volver al sitio en que se han criado o tienen costumbre de acudir. El término “querencia” como lugar ha perdurado en una canción de nuestro folklore compuesta por Nicanor Molinare e interpretada por los Huasos Quincheros, cuya letra dice: “Cuando voy pa’ la querencia, galopando en el overo, llega a relinchar de gusto, porque sabe que la quiero” (Galopa, galopa).

A falta de animales, se dispone que “si al fin del arriendo no hubiere en el predio suficientes animales de las edades y calidades dichas para efectuar la restitución, pagará la diferencia en dinero” (art. 1984 inc. 2º CC).

La norma que se refiere tanto a rebaños como a ganados es la que contempla la posibilidad de darlos en usufructo. Se dispone que “el usufructuario de ganados o rebaños es obligado a reponer los animales que mueren o se pierden, pero sólo con el incremento natural de los mismos ganados o rebaños…” (art. 788 inc. 1º CC), es decir, sólo con las crías generadas por los mismos animales. Esto comprueba que lo que se ha dado en usufructo no son los animales sino la cosa colectiva o universal constituida por el ganado o rebaño. Por cierto, si la muerte o pérdida fueren imputables a su hecho o culpa, deberá indemnizar al propietario (art. 788 inc. 1º CC). Nótese que es requisito para la indemnización que la pérdida se haya debido a su hecho o culpa, de lo que se desprende que si se debió a caso fortuito o fuerza mayor no tendría que indemnizar. Esto se confirma al ver lo que se dispone respecto de la pérdida fortuita de todo o parte del ganado rebaño: “si el ganado o rebaño perece del todo o en gran parte por efecto de una epidemia u otro caso fortuito, el usufructuario no estará obligado a reponer los animales perdidos, y cumplirá con entregar los despojos que hayan podido salvarse” (art. 788 inc. 2º CC).

Es probable que reglas parecidas se aplicaran también a los rebaños que custodiaban los pastores que se encontraban en las cercanías de Belén y que recibieron el maravilloso don de conocer al niño que más tarde sería considerado el pastor por excelencia..

En el reciente documento del Papa Francisco por el que recomienda la costumbre cristiana de escenificar en estos días el nacimiento de Jesús en lo que denominamos “pesebres”, se refiere a los pastores, cuyas figuras se suelen ubicar en las proximidades de María, José y el niño: “«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre” (Carta Apostólica Admirabile signum, 1º de diciembre de 2019: Ver texto completo ) .

Explore posts in the same categories: Derecho Civil, Derechos reales

Etiquetas: , , , , , , , ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

2 comentarios en “De pastores y rebaños”

  1. Enrique Barros Says:

    Hermosa referencia a normas ancestrales del derecho privado como motivación para llegar a la suave grandeza de la Navidad


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .


A %d blogueros les gusta esto: