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Contardo Ferrini: un santo romanista

22 octubre, 2017

El 17 de octubre recién pasado el santoral católico recordó al beato Contardo Ferrini, cuya figura merece ser destacada no sólo porque se trata de un abogado laico que por su probada virtud alcanzó los altares, sino porque lo hizo desde su trabajo profesional como profesor y jurista.

Ferrini nació en Milán en 1859 del matrimonio entre Rinaldo Ferrini y Luigia Buccellati y a muy corta edad comenzó a mostrar grandes dotes intelectuales. Cuando aún estaba en el colegio le pidió al prefecto de la Biblioteca Ambrosiana que le diera clases de hebreo, estudio con el que inició el conocimiento de las lenguas antiguas (griego, siríaco, copto y sánscrito) que le serían de mucha utilidad en sus investigaciones. A los 17 años egresó de la educación secundaria y comenzó los estudios de derecho en la Universidad de Pavía y cuatro años después, en 1880, obtuvo el grado de licenciado con una tesis sobre los antecedentes del Derecho Penal que pueden observarse en las obras griegas de Homero y Hesíodo. El éxito en sus estudios lo llevó por el camino de la docencia y la investigación en materia de Derecho romano y especialmente de Derecho penal. Para ello, previa obtención de una beca del gobierno, se desplazó a Alemania para estudiar en la Universidad de Berlín. Era la generación de grandes romanistas liderados por Theodor Mommsen, entre los que se contaban figuras como Morritz Voigt, Alfred Pernice y Karl Zacharias von Lingenthal. Ferrini se acogió al magisterio de este último y a su muerte escribió una laudatoria biografía de su maestro, cuyo luteranismo no afectó en nada el cariño y la admiración del católico discípulo.

Como parte de estos estudios, en 1881, emprendió una edición crítica de la Paráfrasis de las Instituciones de Justiniano atribuida a Teófilo, para la cual recorrió varias ciudades europeas (Copenhague, París, Roma, Florencia y Turín) buscando manuscritos. Se trata de una obra del derecho romano bizantino redactada en griego. La edición de Ferrini, que contiene una traducción latina suya, presentada por su maestro von Lingenthal en 1884, se mantiene hasta hoy como la definitiva de esa histórica fuente jurídica. El Derecho Privado Romano de Álvaro d’Ors, cuando menciona la Paráfrasis de Teófilo remite a la edición de Ferrini de 1884, con reproducción de 1967 (Eunsa, 8ª edic., Pamplona, 1991, § 64, p. 104, nt. 2).

Lograda su especialización romanística, Ferrini regresó a su patria y comenzó en octubre de 1883 la carrera académica como profesor de fuentes del Derecho romano y de derecho penal romano en la Universidad de Pavía. Tenía sólo 24 años. En 1887 se traslada a la Universidad de Messina y tres años más tarde asume en la Universidad de Modena, para finalmente retornar a Pavía en 1894.

Destacó por la docencia, pero más aún por su ingente labor investigadora. En los primeros dos años de su magisterio dio a la luz tres importantes libros: “Historia de las fuentes del derecho romano”, “Derecho romano” y, quizás la más popular, “Derecho penal romano”. Más adelante publicaría la traducción italiana de la Constitución de Atenas de Aristóteles, descubierta con los llamados papiros de Egipto y un libro que títuló “El digesto”. A los libros se agregan dos centenas de artículos en revistas, voces para diccionarios o enciclopedias y escritos menores. Romanistas italianos insignes como Scialoja, Bonfante, Arangio-Ruiz y Albertario trabajaron en la recopilación de sus estudios en cinco volúmenes, que se publicaron con el sello de la Fundación Guglielme Castelli entre 1929 y 1930. Hoy esas obras están digitalizadas y pueden consultarse en el sitio Internet Archive (Archive Internet)

No fue ajeno tampoco a las necesidades sociales ni a la gestión pública. En lo primero, fue un activo partícipe de las Conferencias de San Vicente de Paul. En lo segundo, se postuló y fue elegido consejero comunal de la Municipalidad de Milán, puesto que ocupó durante cuatro años (1895-1899), contando siempre con el mayor respeto de todos sus colegas, incluidos aquellos de partidos contrarios al suyo.

Ferrini, jurista, académico y político, fue también un hombre de profunda fe y vida interior forjada al alero de la Iglesia Católica y de sus sacramentos. Sus contemporáneos atestiguan que nunca fue una especie de predicador o misionero, pero su comportamiento íntegro y honesto, su piedad sencilla y natural, su laboriosidad esmerada y humilde y su amistad cordial y generosa, ejercían el mejor de los influjos en las personas que lo conocieron y en el medio social. Para sus contemporáneos era complejo entender por qué con toda esa espiritualidad y fervor por lo trascendente no había ingresado a alguna orden religiosa o no se había hecho sacerdote. Se sabía que ya desde su juventud había decidido permanecer célibe, compromiso que formalizó a través de un voto de castidad. Lo que se esperaba, según los modos de pensar de la época, es que se hiciera cura o fraile. Ferrini fue siempre laico y en esa calidad buscó a Dios en la vida cotidiana, en su trabajo y su profesión. No teniendo otras alternativas para canalizar esa vocación de santidad en medio del mundo, siguió la espiritualidad franciscana a través de su Orden Tercera Seglar.

Una de sus mayores aspiraciones fue mostrar cómo la ciencia no se contrapone a la fe, como ésta tampoco es enemiga del progreso del conocimiento científico. De allí que fue uno de los primeros en auspiciar la creación en Italia de una Universidad Católica, y por ello se le considera un precursor de la Università Catolica del Sacro Cuore que se fundó en Milán, en 1921, unos años después de su muerte.

Ferrini murió de un modo imprevisto cuando recién había cumplido los 43 años. Era el verano de 1902, y se encontraba de vacaciones en la localidad de Suna, en el norte de Italia al pie de los Alpes. Hay que notar que Ferrini fue muy aficionado al alpinismo y le gustaba pasear por los montes; n una de esas caminatas acompañado de un amigo, se sintió mal y para reponerse bebió agua de un arroyuelo. Enseguida cayó en cama con una altísima fiebre, y se le diagnóstico un tifus que habría contraído al estar contaminada el agua que bebió en su último paseo. El tifus no cedió y, finalmente, murió el día 17 de octubre, suscitando la sorpresa de todos sus conocidos y especialmente de sus alumnos que le esperaban para iniciar un nuevo curso académico. Al conocerse la noticia, la reacción espontánea fue “ha muerto un santo”.

Sus amigos, especialmente el profesor Luis Olivi de la Universidad de Modena, comenzaron las gestiones para que la Iglesia declarara oficialmente su santidad. En 1921, después de una acuciosa investigación, que incluyó sus numerosas cartas y sus diarios íntimos, el Papa Pío XI dictó el decreto que declaró que había vivido las virtudes cristianas en grado heroico y le concedió el título de “venerable”.

Finalmente, en 1947, el Papa Pío XII lo elevó a los altares de la Iglesia Católica como Beato y determinó que su fiesta se celebrara en su dies natalis (el día de su nacimiento a la vida eterna), esto es, el 17 de octubre de cada año. Su tumba se encuentra en la capilla mayor de la Università del Sacro Cuore de Milán, la que, como hemos dicho, lo considera su precursor e inspirador.

Sin duda, el ejemplo de personas como Contardo Ferrini resulta especialmente actual en nuestra época, porque nos indica que incluso en el mundo académico pueden cultivarse las virtudes humanas y cristianas a la par de un exigente y fecundo compromiso por el estudio y la investigación en las ciencias jurídicas.

En este sentido, el Papa Pío XII, en un discurso después de la beatificación afirmaba la forma en que el jurista y profesor había conseguido la santidad: “Contardo Ferrini era en efecto –y esta es la cualidad esencial de su ánimo– un santo. Santo, no como a menudo se los figura el mundo: un hombre extraño a la vida terrena, incapaz, inexperto, tímido, torpe. No. Ferrini era un santo de su tiempo, del siglo del trabajo vertiginoso, del siglo en el cual la mente y la mano del hombre tienden a dominar técnica y científicamente la fuerza operativa de todo el universo sensible” (Ver texto en italiano)

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Quilapayún en la Uandes

8 noviembre, 2015

Dentro de las actividades de extensión que realiza la Universidad de los Andes el próximo miércoles 11 de noviembre se llevará a efecto un Concierto sinfónico coral en el que la Camerata y Coro de esta Universidad junto al Coro de la Universidad de Santiago y el Coro de Estudiantes UC interpretarán diversos temas de grupos y solistas que forman parte del movimiento musical llamado “La Nueva Canción Chilena”. Se incluirán melodías y canciones de Los Jaivas, Congreso, Quilapayún, Inti-Illimani e Illapu. El anuncio de esta actividad provocó una sorpresiva, y para muchos desconcertante, reacción del profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Gonzalo Rojas Sánchez, quien también dicta clases en el Instituto de Historia de la Universidad de los Andes. Después de pedir explicaciones a sus autoridades, comunicó públicamente que dejaría de ejercer la docencia en esta última institución, porque el acto programado iba contra los “bienes culturales y morales” que ésta debía promover.

Como soy amigo de Gonzalo Rojas desde más de treinta años, le envié un mensaje electrónico en el que le decía que su reacción me parecía desproporcionada, y que, al contrario de lo que sostenía, el concierto podía ser una señal para los alumnos de que nuestra Universidad estaba abierta a todo lo bueno y lo bello que producen los hombres. Muy a mi pesar, Gonzalo no sólo perseveró en su decisión, sino que la difundió a través de una breve columna que tituló “Tres derrotas”, en la que sintomáticamente alude conjuntamente a su renuncia por la supuesta abdicación de principios de la Universidad de los Andes, a la pérdida por parte del gremialismo de las elecciones en la Feuc y a la escasa presencia de libros que promuevan una “sociedad libre y responsable” en la Feria del Libro de Santiago. Estas son sus palabras textuales: “Grupos y solistas que han promovido la lucha de clases, el odio, la violencia y que reniegan de todos los bienes culturales y morales que debe promover la Universidad de los Andes, recibirán en unos días más un Tributo orquestal y coral. Impresionante señal para los alumnos de lo que es ‘bueno y bello,’ como calificó esa música un destacado profesor de la universidad. Segunda derrota.
Por eso ha sido necesario avisar a las autoridades respectivas que con fecha 1º de diciembre, al concluir mi docencia actual en esa Universidad, dejaré de prestar servicios en esa Casa de estudios” (https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=10153333320072424&id=16518362423&substory_index=0).

Me apresuro a reclamar la paternidad de la frase sobre “lo bueno y lo bello”, y le agradezco a Gonzalo Rojas el calificativo de profesor “destacado” (aunque uno también puede destacar por atributos o conductas negativas). Lo lamentable es que la frase fue descontextualizada con el propósito de inducir a pensar a los lectores que un profesor de la Uandes llegaba al extremo de considerar toda la música compuesta por los grupos y solistas del Concierto de marras como algo “bueno y bello”.

Pero más allá de las disputas retóricas, me preocupa profundizar en la cuestión de fondo, que podría plantear de esta manera: ¿es correcto que una Universidad incluya entre sus actividades de extensión cultural obras artísticas de personas que públicamente han defendido posiciones políticas y conductas contrarias a los principios esenciales sobre los que se construye su identidad? ¿Es esto una muestra de pluralismo y apertura o más bien una renuncia y claudicación a la defensa de sus principios fundacionales?

La cuestión atañe, a mi juicio, a toda Universidad, ya que todas adhieren a algún núcleo de principios o valores básicos que les confieren sentido e identidad. Hasta aquellas que se declaran laicas y pluralistas, con esa sola afirmación están diciendo que basan su acción en grandes ideas que orientan su actuación. Para comprobarlo basta con analizar un conflicto que en estos mismos días se produjo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile: un grupo de alumnos hizo una manifestación en contra de una visita y conferencia del Embajador de Israel, tras lo cual en “asamblea extraordinaria” de Escuela se habría determinado que no podrían admitirse más actos de esta especie en sus aulas. El Centro de Estudiantes en declaración pública calificó la conferencia del embajador como “ejercicio de limpieza de imagen” del Estado de Israel, el que habría “perpetrado constantes y permanentes violaciones a los DDHH de los ciudadanos palestinos como política de Estado” (Ver texto). El Decano Davor Harasic y un amplio grupo de profesores se manifestaron en contra de estas acciones, a las que calificaron de contrarias al pluralismo y la libertad de expresión que inspirarían a la Casa de Bello. Se trata, por cierto, de una controversia nuevamente sobre cómo deben aplicarse los principios institucionales en una Universidad en relación con las actividades culturales o de extensión que se llevan a cabo en ella.

Volvamos a la polémica sobre la Uandes y su Concierto musical. Coincidimos con Gonzalo Rojas en que la promoción de la lucha de clases, el odio y la violencia resulta contraria a los principios del ideario de la Universidad de los Andes, que se fundan, por el contrario, en la dignidad de toda persona humana, su vocación social y la primacía del bien común (Ver misión, visión e ideario).

Pero la cuestión es si por el solo hecho de interpretar una o más obras musicales de determinados autores se incurre en la promoción de esos valores contrarios a los principios universitarios. Pensamos que debe distinguirse entre la calificación ética de la persona y su conducta, de aquella que debe recaer sobre una o más de sus producciones intelectuales. El primero puede ser reprobatorio sin que por ello esa calificación se extienda necesariamente a la obra. A la inversa, un hombre virtuoso puede producir una obra que sea moralmente censurable.

De esta manera podemos convenir en que, al menos en una parte de sus vidas y por diferentes motivaciones derivadas de los contextos históricos, los autores de las canciones que componen el Concierto han profesado la ideología marxista y, en virtud de ella, han sido partidarios del materialismo ateo, la lucha de clases, la exaltación del odio al enemigo y de la violencia como forma de acción política. Pero, a diferencia de Gonzalo Rojas, pensamos que no por ello toda su producción musical a lo largo de tantas décadas merece ser tachada de promotora de esos antivalores. Extremando las cosas, uno podría admirar la belleza de algunas acuarelas pintadas por Adolf Hitler sin que ello signifique que se está aprobando ni menos promoviendo su ideología nacionalsocialista ni solidarizando con su infame conducta. Por eso mismo no vulneraría los principios de la Universidad un recital que incluyera poemas de Neruda, por el hecho de que éste haya abrazado la causa comunista e incluso ser autor de una oda a Stalin. Lo mismo podría decirse de una exposición con pinturas de Roberto Matta o de Pablo Picasso. Si pasamos de la posición política al comportamiento moral, me temo que serían muy pocos los autores de obras artísticas que podrían pasar un examen escrupuloso de comportamiento: por de pronto habría que eliminar a Elvis Presley, Joan Baez, Frank Sinatra y hasta los mismos Beatles, a los que en su momento se les conoció como apologistas de los alucinógenos, al punto de que se especuló que su canción “Lucy and the Sky with Diamonds” incluía un mensaje oculto en su mismo título ya que sus iniciales conforman la sigla LSD, con la que se conoce una de las principales y más peligrosas drogas psicodélicas.

Ante ello se podría decir que en el Concierto se vulnerarán los principios de la Universidad, no por la historia personal de los compositores, sino porque sus mismas obras musicales fomentan la lucha de clases, el odio y la violencia ilegítima. Lo cual podría extenderse a obras que promovieran el racismo, el totalitarismo, la explotación de los más vulnerables, la persecución política o religiosa, etc. Es cierto que algunas de las obras musicales de los autores incluidos en el concierto pueden considerarse contrarias a los principios de la Universidad de los Andes por exaltar la lucha de clases, legitimar la violencia como forma de acción política y propiciar la persecución por razones ideológicas, sobre todo aquellas con el que se intentó apoyar el proyecto político de la Unidad Popular, a principios de la década de los setenta del siglo pasado. Centrándonos en Quilapayún, –que parece ser el más cuestionado de los artistas incluidos en el concierto–, es manifiesto que varias de sus canciones presentan expresiones agresivas y amenazantes que exacerbaron la división política del país en dicha época: “Por el paso de Uspallata, qué barbaridad, el momiaje ya se escapa, qué felicidad. En Uspallata hacen nata, que se vayan y no vuelvan nunca más” (La batea). Similares juicios pueden hacerse de otras composiciones como “Himno a la Unidad Popular”, “Himno del MIR” o “El tomate”. Pero en la amplia trayectoria musical del grupo, sobre todo después de su rompimiento con el Partido Comunista y su acercamiento a Roberto Matta, aparecen temas que no presentan ese carácter agresivo y panfletario, y que incluso pueden entenderse como llamados a la solidaridad y a la colaboración entre los hombres. Una de ellas es “La muralla”, cuya letra bien puede leerse como una invitación a cooperar en la construcción de lazos de paz y la negación de la fuerza bruta: “Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos los negros, sus manos negras los blancos, sus blancas manos. Una muralla que vaya desde la playa hasta el monte desde el monte hasta la playa, allá sobre el horizonte”. Algo similar podría decirse de canciones como “La Paloma”, “Mi patria”, “El forastero”, “Arriba en la cordillera”, “Como la flor”, “Caleuche”, “Amar es mar”, etc..

Por lo que sabemos, el concierto sinfónico coral se incluirán sólo obras de este último tipo (que son las de mayor valor artístico), de manera que no existirá ninguna lesión a los principios fundacionales de la Universidad, sino más bien una aplicación de ellos. El acto podrá mostrar que no hay prejuicios ni exclusiones de obras que son en sí mismas buenas y bellas, con independencia del pensamiento o la conducta política de sus autores. Como señala el nº 6 del “Ideario” de la Uandes, “La Universidad acoge el debate de las ideas. La búsqueda de la verdad se realiza a través de diálogo interdisciplinario que presupone el respeto a la dignidad de las personas por encimas de las ideas que ellas sustenten y la noble aceptación de la crítica intelectual”.

El J. J. Aguirre y el leaseback

12 enero, 2014

El Rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez, propuso superar la crisis de endeudamiento que aqueja al Hospital José Joaquín Aquirre, mediante la operación financiera denominada leaseback. De esta manera, se entregarían el hospital y el terreno a una institución financiera que aportaría los recursos para pagar la deuda de aproximadamente 74 mil millones de pesos. El Consejo Universitario apoyó por unanimidad la propuesta; en cambio el 9 de enero el Senado Universitario, por 30 votos contra 2, rechazó la idea, porque implicaba la enajenación de las instalaciones hospitalarias. Recomendó que el problema volviera al Consejo para que se buscaran alternativas para de fondos públicos que permitan pagar las deudas.

Los medios han hablado de leasing, de venta, de hipoteca, sin que se explique claramente la operación del leaseback. Como otras nuevas formas contractuales su origen está en Derecho angloamericano. Allí surgió lo que se llamó originalmente sale and lease back, lo que podría traducirse libremente como venta con arrendamiento “de vuelta”. Después se ha popularizado como una forma de leasing con la denominación abreviada de leaseback. ¿En qué consiste esta operación? Es una forma de proveer financiamiento a una empresa que tiene necesidades de liquidez y que consta con bienes de capital de los que no quiere despojarse. Una primera alternativa sería que la empresa pidiera un préstamo de dinero, un mutuo, y diera en prenda sin desplazamiento los bienes muebles o en hipoteca los inmuebles. El leaseback le ofrece otra posibilidad: que la empresa le venda esos bienes a la sociedad financiera, por ejemplo un banco, el que, en vez de darle un préstamo, le entrega el precio de dichos bienes, pero al mismo tiempo se los da en arrendamiento por un determinado plazo, con una renta periódica anual o mensual, y con el compromiso de que, al pagarse la última renta del arrendamiento, la arrendataria pueda recomprar los bienes a la sociedad financiera y así recobrar su propiedad.

La importación del leaseback por los ordenamientos del sistema romanista latino-continental no ha dejado de plantear problemas. Se ha discutido si el leaseback es un contrato autónomo, con su propia causa, o más bien un enlazamiento de contratos típicos cada uno con su propia reglamentación; podría decirse que el leaseback es una compraventa con pacto de retroventa acompañados de un arrendamiento. Esto presenta dificultades en Chile ya que la retroventa está reglamentada y tiene un plazo máximo de 4 años para ejercer la opción de recompra (art. 1885 del Código Civil).

Otro problema es la utilización de esta figura para prestar dinero a un interés que supere la tasa máxima convencional. En Chile, recientemente Raúl Tavolari, como árbitro arbitrador, en el litigio entre SW Deportes S.A. y la Compañía de Seguros Penta Vida determinó que el leaseback debe considerarse una operación de crédito de dinero conforme a la ley Nº 18.010 y, por tanto, quedar sujeto a la limitación de los intereses dispuesta en su art. 8 (cfr. La Tercera, 21 de diciembre de 2013: Ver noticia).

A nuestro juicio, la cuestión más delicada es la que procede de la prohibición del pacto comisorio, es decir, de aquella estipulación que faculta al acreedor de un crédito garantizado con prenda o hipoteca que no es cumplido por el deudor, para ejecutarlo de manera distinta a como lo ordenada la ley (venta en pública subasta) y especialmente para apropiarse del bien en pago del crédito insoluto. La condena del pacto comisorio proviene del derecho romano tardío (cfr. edicto de Constantino del año 320 d.C: Código de Justiniano 8.35.3) y ha sido considerada como una norma de orden público en la mayoría de los Códigos Civiles después de que fuera acogida severamente por el Código de Napoleón (art. 2073). En el Código Civil de Chile es contemplada en los arts. 2397 y 2424, para prenda e hipoteca respectivamente.

Parece claro que si el leaseback no es más que la cobertura de una simulación de un mutuo prendario o hipotecario el deudor podrá demandar que se pongan al descubierto los contratos reales y se aplique la prohibición del pacto comisorio. Pero es difícil que en caso de simulación pueda decirse que hay prenda sin desplazamiento o hipoteca ya que no se habrá cumplido con las solemnidades para constituir estos derechos reales.

Aún excluyendo la simulación y considerando que lo que hubo ha sido una operación compleja compuesta por un contrato atípico o por varios contratos todos ellos reales y lícitos, permanece la duda de si no se produce un acto en fraude de ley. Sabemos que hay fraude de ley justamente cuando a través de una cadena de actos o contratos reales (no simulados) y todos ellos lícitos si se les mira aisladamente, se obtiene un  resultado que es contrario al ordenamiento jurídico. En este caso, a través de un leaseback, ya sea como contrato innominado o como una conjunción de compraventa, retroventa y arrendamiento, se estaría obteniendo que el acreedor se apropie del bien que el deudor ha entregado en garantía de un crédito, y se vulneraría la norma de orden público que prohíbe el pacto comisorio.

No sabemos si los miembros del Senado universitario hicieron reflexiones como éstas para negarse a dar en leaseback el Hospital J. J. Aguirre, pero la doctrina civil y comercial chilena debiera poner atención a estos problemas antes de que se comiencen a plantear litigios en nuestros tribunales, como ha sucedido en otros países (España, Italia).

Newman y la teología en la universidad

20 septiembre, 2010

El 19 de septiembre el Papa Benedicto XVI, durante su viaje apostólico a Inglaterra, beatificó a John Henry Newman (1801-1890), un teólogo, intelectual brillante que comenzó su búsqueda de la verdad en la Iglesia Anglicana y la prosiguió en la Iglesia Católica, a la que se incorporó en 1845. Newman fue no sólo un hombre de Iglesia, sino un gran universitario. Estudió en Trinity College y fue Tutor en Oriol College, ambos de Oxford, hasta ser más tarde vicario de la Iglesia de la Universidad dedicada a St. Mary, the Virgin. La debió abandonar al convertirse al catolicismo. Más tarde, los obispos irlandeses le encomendaron la creación de la Universidad de Dublin, de la que fue fundador y rector. Sus reflexiones sobre la naturaleza y fines de la institución universitaria se publicaron en el libro The idea of University (Texto on line), que permanece como uno de los grandes clásicos en la materia.

Uno de los puntos que Newman aborda en dicho libro y que sigue siendo de actualidad es la relación la ciencia de la religión y la enseñanza universitaria. ¿Debe una Universidad contemplar la teología en sus programas y cursos? En la Inglaterra del siglo XIX, muchos sostenían que una Universidad laica, no eclesiástica, necesariamente tenía que marginar de sus aulas toda referencia a Dios y a la fe. También hoy se defiende este concepto de laicismo en la enseñanza superior: podrá haber cátedras de astrología, medicina alternativa, parasicología o ufología, pero de religión y teología jamás. Newman se revela frente a lo que entiende constituye una doble negación: al carácter cognoscitivo de la religión y al concepto mismo de Universidad.

Para Newman sólo puede ser Universidad una comunidad académica en la que confluya la universalidad de los saberes humanos. Luego, si una institución educativa por principio excluye de su objeto una de las ciencias que componen el saber universal, no merece el nombre de Universidad: “La teología –arguye– es ciertamente una rama de ese saber. ¿Cómo es posible entonces abarcar todas las ramas del saber, y excluir, sin embargo, de las materias enseñadas una que es, por lo menos, tan importante y extensa como cualquiera de las demás?”. La teología, tanto en sus especulaciones fundadas en la razón humana como en las fuentes de la revelación, no sólo es una parte del acervo cultural de la humanidad, sino una de las disciplinas que otorgan sentido y profundidad a la metafísica, las artes, las humanidades y las ciencias exactas.

Estas reflexiones de Newman datan de 1852. Unos años antes la misma idea se había manifestado en Chile por otro gran intelectual universitario. En el discurso inaugural de la Universidad de Chile (17 de septiembre de 1843), su primer rector, Andrés Bello, señalaba que e el cultivo de la teología por la Universidad, no sólo importa para el desempeño del ministerio sacerdotal, sino también para “generalizar entre la juventud estudiosa, entre toda la juventud que participa de la educación literaria y científica, conocimientos adecuados del dogma y de los anales de la fe cristiana”. Agregó Bello en esa solemne ocasión: “no creo necesario probar que esta debiera ser una parte integrante de la educación general, indispensable para toda profesión, y aun para todo hombre que quiera ocupar en la sociedad un lugar superior al ínfimo”.

La inclusión del cultivo y enseñanza de las ciencias referidas a Dios, con pleno respeto a la libertad de conciencia, a cuya defensa hizo Newman también una contribución fundamental, lejos de considerarse ajena o incompatible con la idea de una Universidad laica, debiera considerarse, sino esencial, al menos altamente recomendable.