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El orden de los apellidos

4 junio, 2017

El próximo 30 de junio entrará en vigor en España una nueva Ley de Registro Civil (ley 20 de 21 de julio de 2011) que entre sus mayores novedades trae un cambio a las normas sobre la determinación de los apellidos en la inscripción de nacimiento de los niños. Tradicionalmente en España se han usado dos apellidos, siendo el primero el del padre y el segundo el de la madre. Este orden fue considerado discriminatorio contra la mujer por diversos movimientos feministas, con lo que en 2000 se permitió que se invirtiera, poniendo en primer lugar el apellido de la madre, siempre que hubiera una declaración de común acuerdo entre ambos progenitores y una solicitud expresa al Encargado del Registro Civil. En defecto de acuerdo, se volvía a la precedencia del apellido paterno.

La nueva ley innova en la regla y exige que los padres se pongan de acuerdo en el orden de los apellidos del hijo. El art. 49 dispone que “Si la filiación está determinada por ambas líneas, los progenitores acordarán el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. – En caso de desacuerdo o cuando no se hayan hecho constar los apellidos en la solicitud de inscripción, el Encargado del Registro Civil requerirá a los progenitores, o a quienes ostenten la representación legal del menor, para que en el plazo máximo de tres días comuniquen el orden de apellidos. Transcurrido dicho plazo sin comunicación expresa, el Encargado acordará el orden de los apellidos atendiendo al interés superior del menor”. Se agrega que “El orden de los apellidos establecido para la primera inscripción de nacimiento determina el orden para la inscripción de los posteriores nacimientos con idéntica filiación”. Con todo, se permite que el interesado, una vez cumplidos los 16 años, pueda requerir al Registro Civil que cambie el orden de sus apellidos (arts. 53 Nº 1 y 57 Nº 3: Ver texto completo de la ley).

En Chile, curiosamente, el orden de los apellidos de los niños no está regulado en la Ley de Registro Civil, que sólo se preocupa de que no se le impongan nombres extravagantes, ridículos, impropios de personas, equívocos respecto al sexo o contrarios al buen lenguaje. El Oficial del Registro Civil, en tales casos, puede oponerse y ante la insistencia debe recurrir al juez (art. 31.4º Ley Nº 4.808, de 1930, texto refundido por DFL Nº 1, de 2000). En cambio, en el Reglamento Orgánico del Servicio de Registro Civil (DFL Nº 2.128, de 1930) encontramos normas sobre los apellidos. Se dispone que si el niño que se inscribe es hijo matrimonial debe llevar primero el apellido del padre y a continuación el de la madre (art. 126.2 RRC). Si se trata de un hijo no matrimonial, lleva el apellido del padre o madre del cual constare la maternidad o paternidad, y si consta respecto de ambos, se sigue la misma regla anterior (art. 126 RRC).

No han faltado quienes también en nuestro país han criticado esta normativa por ser contraria a la igualdad entre hombres y mujeres y favorecer un lenguaje machista o propio de una cultura patriarcal, y se han presentado proyectos de ley para modificarla, aunque es discutible la jerarquía legal de ella, ya que si bien adopta la forma de un Decreto con Fuerza de Ley el mismo texto se considera a sí mismo como un Reglamento.

Ya el año 2001, los diputados María Antonieta Saa, Adriana Muñoz, Marina Prochelle, Juan Bustos, Guillermo Ceroni y Jaime Mulet presentaron un proyecto de ley que permitía de común acuerdo de los padres atribuir a sus hijos el apellido materno en primer lugar y luego el paterno (Boletín Nº 2662-18). Sobre este proyecto, hoy archivado, puede verse el comentario, en general crítico, de la profesora española María de Aránzazu Novales Alquezar, publicado en la Revista Chilena de Derecho vol. 30, 2003, 2, pp. 321-332.

Más reciente es el proyecto presentado por los diputados Denisse Pascal, Alejandra Sepúlveda, Juan Morano e Iván Fuentes en noviembre de 2015 (Boletín N°10396-18), y que propone cambiar las normas actuales por otras en que se señale que el orden de los apellidos del niño de filiación matrimonial o no matrimonial reconocido por ambos padres, sea el que decidan de común acuerdo ambos progenitores. A falta de acuerdo, el orden legal será el inverso al del actual: primero, el apellido materno, y en segundo lugar, el paterno. No obstante, el orden determinado para la primera inscripción de nacimiento deberá seguirse al inscribir el nacimiento de otros hijos de los mismos padres. Se propone también modificar la Ley de cambio de nombre, Nº 17.344, de 1970, para agregar como nueva causal para permitir dicho cambio: “Cuando [el solicitante] desee alterar el orden de los apellidos con los que figura en la partida de nacimiento”.

El problema de esta tendencia que, en principio está rectamente inspirada, es que descuida la función pública del nombre como atributo de la personalidad y al mismo tiempo como instrumento lingüístico que contribuye a una mejor individualización de la persona en la familia y la comunidad a la que pertenece. El orden de los apellidos es algo claramente convencional, y de hecho hay países en los que rige la costumbre de usar un solo apellido (países anglosajones) o en que se antepone el apellido de la madre (Portugal, Brasil). Lo importante, sin embargo, es que debe tratarse de una regla que se siga uniformemente, porque si se la deja al arbitrio de la voluntad de las personas interesadas ya no podrá cumplir con la función por la cual es legalmente consagrada y protegida.

La necesidad de estabilidad y predictibilidad de la conformación del orden de apellidos sigue manifestándose en todas estas reformas, ya que, a nuestro juicio de manera incoherente, exigen que el orden que se acuerde para el primero de los hijos debe seguirse cuando se inscriban otros hijos de los mismos padres. Esta preocupación de que los hermanos lleven los mismos apellidos revela que el nombre tiene importancia social para la identificación de las personas. Pero si lo que se quiere es privilegiar por encima de todo la autonomía de la voluntad y la necesidad de igualar a hombres y mujeres, no se entiende esta limitación. Es más, un trato realmente igualitario para ambos padres debería permitir que el orden de los apellidos vaya variando según los hijos que se tengan: así, el primero puede llevar los apellidos materno y paterno; el segundo, los apellidos paterno y materno, y así sucesivamente. De hecho, tanto la reforma española como el proyecto chileno del 2015 permiten que el interesado pueda, llegada cierta edad, cambiar el orden de sus apellidos, con lo que se posibilita que los hermanos puedan llevar apellidos diversos.

Pareciera que aquí no hay más que dos opciones: o, establecer una regla uniforme respecto de qué apellidos y en qué orden deberán componer el nombre de un niño, o, hacer que todo dependa libremente de la voluntad de los padres o de la persona interesada. Pero si se sigue esta última vía, habría que descartar cualquier limitación como la de que todos los hermanos lleven los mismos apellidos o, incluso más, que deban ser los apellidos del padre y de la madre los que necesariamente se deban atribuir a sus hijos. Si se privilegia la autonomía de la voluntad por sobre la función pública del nombre, no hay razones para que los padres nominen a sus hijos con apellidos de otras personas, como los de alguno de los abuelos o de otra persona por la que sienten admiración o afecto. Pero si se opta por esta solución, el nombre perderá gran parte de la importancia jurídica y social que actualmente posee, y ello favorecerá la tendencia hacia que las personas sean identificadas por un número en vez de por un conjunto de palabras (Nº de cédula de identidad, Nº de pasaporte, Rol Único Tributario, etc. ).

En suma, pensamos que existen muchos otros problemas que debieran ser abordados para equiparar la situación de la mujer con la del varón en nuestra sociedad y que son mucho más relevantes que el orden de los apellidos de los hijos, que puede explicarse sencillamente por una tradición histórica que no minusvalora para nada el valor de la mujer ni de la maternidad.

Con todo, si se insistiera en que el orden actual revela una discriminación contra la mujer, preferimos que la ley establezca como regla uniforme que el primer apellido sea el materno, antes de que se desvirtúe la función pública del nombre concediendo a los padres o al interesado una facultad discrecional para elegir uno u otro orden.

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“Le pondrás por nombre Jesús”

28 diciembre, 2014

Estas fiestas navideñas nos dan ocasión para hacer algunas consideraciones sobre el nombre de las personas. Y es que el niño que nace en Belén no es un ser humano anónimo, sin nombre, sino una persona que tiene un nombre propio que la identifica como alguien singular, concreto y real, diferenciable de otros individuos. Según los Evangelios este nombre no fue elegido por María y José, sus padres en la tierra, sino por el mismo Dios. El Arcángel Gabriel, cuando lleva el anuncio a María que ha sido elegida como madre del Mesías, le dice: “concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc. 1, 31). José, el esposo de María, no queda al margen de este designio: el ángel que le revela la razón por la cual María está embarazada, le dice: “lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Mt. 1, 20-21). Siguiendo las costumbres judías, José cumplirá esta voluntad divina, al momento de la circuncisión del niño, que tuvo lugar a los ocho días del nacimiento, probablemente en la misma localidad de Belén. Dice el Evangelio de Lucas: “Cuando se cumplieron los ocho días para cincuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno”.

Vemos, pues, que el nombre jurídico y civil de aquel a quien el apóstol Juan en su Evangelio llama “el Verbo de Dios” es considerado un detalle de mucha importancia y significación. La fórmula hebraica completa del nombre es Iehosuah, que contiene el anagrama del nombre de Dios que según el libro del Éxodo fue revelado a Moisés en el monte Horeb: YHWH, el que completado con vocales dará origen al término de Yahvé, que significa: “Yo soy el que soy” (cfr. Ex. 3, 11-14). Pero al anagrama se agrega una afirmación, que significa “salva”. El nombre elegido quiere decir “Yahvé (Dios) salva”. Así lo explica el Evangelio de Mateo al señalar que el ángel dice a José que el niño se llamará Jesús “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21).

Iehosuah, el nombre elegido, es abreviado como Iesuah y de esta abreviación hebrea, viene el griego Iesous. Cuando el nombre se traduce al latín se convierte en Iesus, y de allí deriva la palabra con el que lo conocemos en los principales idiomas modernos derivados del latín: Jesús (castellano), Jesus (alemán y portugués), Gesù (italiano), Jésus (francés).

Sobre la naturaleza jurídica del nombre de las personas la doctrina francesa ha formulado diversas teorías y este debate ha sido replicado por los civilistas chilenos. Al enfatizar el derecho a excluir a otros en el uso del propio nombre, algunos pensaron que las personas tienen la propiedad de las palabras que constituyen su apelativo; una segunda teoría pone el acento en la fuente ordinaria de los componentes familiares del nombre (los apellidos) y considera que se trata de un elemento determinado por la filiación; en tercer lugar, y fijándose en la función social del nombre, se sostiene que se trata más bien una institución de policía civil que permite la identificación de las personas. Todas estas teorías han merecido críticas de las que ha surgido la opinión común de que el nombre es, por sobre todo, un atributo de la personalidad uniéndose así a conceptos fundamentales en la constitución jurídica de la persona, como la nacionalidad, la capacidad, el estado civil, el domicilio y el patrimonio. Además de atributo de la personalidad, el nombre es objeto de un derecho de la personalidad, en el sentido de que toda persona, especialmente la persona natural, tiene derecho a tener un nombre que la identifique en el conjunto social. Este derecho ha sido reconocido por la Convención de Derechos del Niño, que en su art. 7.1 dispone que “El niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre…”. En el mismo sentido, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos prescribe, en su art. 24.2, que “Todo niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y deberá tener un nombre”.

No sorprende, así, que el misterio cristiano de la Encarnación, es decir, que Dios ha asumido plenamente la humanidad en una persona, implique que ésta reciba un nombre como cualquier otro ser humano. Aunque el nombre elegido es muy significativo sobre la realidad de su ser y su misión, no se trata de un nombre exótico o extravagante respecto de lo que era la cultura hebrea de su tiempo. El apelativo “Jesús” era un nombre ya conocido y utilizado. En la misma genealogía del niño de Belén que trae el Evangelio de San Lucas se menciona un antepasado con el mismo nombre (Lc. 3, 29) y San Pablo en sus cartas alude también a otro Jesús, que lleva como añadido el calificativo de “el justo” (Col. 4, 11).

Una señal más de la humildad con la que en la noche de Navidad se presenta este Cristo, que viene a salvarnos, no con majestad y poderío sino con amor, ternura sencillez. El Papa Francisco en su homilía de la Misa de Noche Buena del 24 de diciembre de 2014 destacó esta característica del nacimiento: “¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios… Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»” (Ver texto completo).