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Declaro renuntiare

17 febrero, 2013

Quapropter bene conscius ponderis huius actus plena libertate declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commisso renuntiare ita ut a die 28 februarii MMXIII, hora 20, sedes Romae, sedes Sancti Petri vacet et Conclave ad eligendum novum Summum Pontificem ab his quibus competit convocandum ese”(“Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice”). Estas palabras del Papa Benedicto XVI dichas, sin previo anuncio, en el consistorio de cardenales del día 11 de febrero de 2013, provocaron una conmoción sin precedentes en el ámbito católico e impactaron en todo el mundo. La noticia ha sido inesperada, a pesar de que durante el pontificado de Juan Pablo II varias veces se especuló sobre una posible dimisión. Pero lo cierto, es que desde la salida de Celestino V, en 1294, a los pocos meses de ser elegido Papa, ningún Romano Pontífice había tomado una resolución como ésta.

Así y todo la renuncia al ministerio petrino es un acto expresamente contemplado por el Derecho de la Iglesia. El canon 332 § 2 del Código de Derecho Canónico dispone que “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie” (ver texto completo). Se comprende, entonces, que Benedicto XVI haya manifestado su voluntad en un consistorio de cardenales, haciendo uso de la lengua oficial de la Iglesia: el latín y que en su declaración haya enfatizado que dimitía siendo consciente de la seriedad del acto y con plena libertad. También se entiende que no haya pedido que la renuncia le fuera aceptada por los cardenales reunidos o por otra autoridad eclesiástica, porque la norma señala que la renuncia es acto de la potestad suprema del Papa que surte efectos por sí mismo, sin necesidad de aceptación. Lo único singular es que se haya diferido el tiempo en que la renuncia tendría efectos (28 de febrero de 2013 a las 20:00 horas), pero no puede considerarse esto como irregular, primero porque la norma canónica no lo prohíbe y, además, dado que parece más que prudente que se conceda un tiempo para preparar todo lo referido a la sede vacante y a la elección de un nuevo pontífice.

Otra cosa que debe aclararse es a qué renuncia específicamente Benedicto XVI. La renuncia va dirigida directamente no a la calidad de Papa o Romano Pontífice, sino al “ministerio de Obispo de Roma”. Y esto se explica porque la calidad de Romano Pontífice, (que es la denominación jurídica del oficio), se deriva de ser sucesor del apóstol Pedro en la sede episcopal de Roma: “El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra”, dice el canon 331 del Código de Derecho Canónico. Por eso, no se darán los problemas que algunos han creído ver por la supuesta coexistencia de “dos Papas”. Cuando sea elegido el nuevo Romano Pontífice, sólo habrá un Obispo de Roma y, por tanto, un único y exclusivo Santo Padre. Por eso, se prevé que si el elegido no es obispo, debe ser inmediatamente consagrado como tal (Constitución Apostólica Universi Domini Gregis, nº 88 § 2: ver texto).

Benedicto XVI seguirá siendo obispo (porque el episcopado es un grado del sacramento del orden sacerdotal), aunque sin jurisdicción, como sucede con todos los obispos que renuncian a su sede y pasan al estado de dimisionario (aunque usualmente se les llama eméritos). Se aplicará, nos parece, el canon 402 del Código de Derecho Canónico que establece que el Obispo renunciado “conserva el título de Obispo dimisionario de su diócesis, y, si lo desea, puede continuar residiendo en ella, a no ser que en casos determinados por circunstancias especiales la Sede Apostólica provea de otra manera”. El mismo canon dispone que será la Conferencia Episcopal quien debe cuidar de que se disponga lo necesario para su conveniente y digna sustentación, “teniendo en cuenta que la obligación principal recae sobre la misma diócesis a la que sirvió”. Como en este caso, el Santo Padre no sólo sirvió a la diócesis de Roma sino a la Santa Sede y a toda la Iglesia Universal, lo más lógico es que su sustentación sea proveída por la misma Sede Apostólica.

Una última reflexión, esta ya de carácter más eclesiológica que jurídica: la renuncia de Benedicto XVI no puede dejar de ser contrastada con la no renuncia de Juan Pablo II. Este último, cuando le sugerían que por sus dolencias y deterioro físico podía renunciar, solía decir: “Si Cristo no se bajó de la Cruz, yo tampoco”. Ante esta diversidad de actitudes, algunos pueden criticar a Benedicto por no haber tenido la fortaleza y la confianza en la ayuda divina para seguir en el cargo, como el Papa polaco, hasta la última agonía. Pero otros, retrospectivamente critican ahora la opción de Juan Pablo II que por una especie de misticismo providencialista privó a la Iglesia de un auténtico gobierno durante sus últimos años; lo sensato y realista hubiera sido que dimitiera como lo ha hecho Ratzinger, y ésta sería la pauta para los futuros pontífices.

Muy personalmente, pensamos que, aparte de que las circunstancias que se concurrieron en cada caso no son idénticas, la diferencia de criterio es una saludable muestra de la diversidad y pluralismo que existe, y debe existir, en la Iglesia Católica en todo lo que no está definido como materia de fe y doctrina. No puede decirse, en consecuencia, que una de las dos actitudes sea más o menos cristiana que la otra. Ambos pontífices tomaron una decisión buscando hacer, con su personal e intransferible libertad y responsabilidad, lo que veían que Dios les pedía en servicio de la Iglesia y de los fieles. Y justamente en eso está el llevar la cruz de Cristo y no bajarse de ella. El Papa que está por venir, y sus sucesores, tendrán también que tomar una decisión en uno u otro sentido, sabiendo que lo importante no es lo que el Papa quiere, sino lo que Dios quiere de él.

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