Posted tagged ‘comunismo’

Quilapayún en la Uandes

8 noviembre, 2015

Dentro de las actividades de extensión que realiza la Universidad de los Andes el próximo miércoles 11 de noviembre se llevará a efecto un Concierto sinfónico coral en el que la Camerata y Coro de esta Universidad junto al Coro de la Universidad de Santiago y el Coro de Estudiantes UC interpretarán diversos temas de grupos y solistas que forman parte del movimiento musical llamado “La Nueva Canción Chilena”. Se incluirán melodías y canciones de Los Jaivas, Congreso, Quilapayún, Inti-Illimani e Illapu. El anuncio de esta actividad provocó una sorpresiva, y para muchos desconcertante, reacción del profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Gonzalo Rojas Sánchez, quien también dicta clases en el Instituto de Historia de la Universidad de los Andes. Después de pedir explicaciones a sus autoridades, comunicó públicamente que dejaría de ejercer la docencia en esta última institución, porque el acto programado iba contra los “bienes culturales y morales” que ésta debía promover.

Como soy amigo de Gonzalo Rojas desde más de treinta años, le envié un mensaje electrónico en el que le decía que su reacción me parecía desproporcionada, y que, al contrario de lo que sostenía, el concierto podía ser una señal para los alumnos de que nuestra Universidad estaba abierta a todo lo bueno y lo bello que producen los hombres. Muy a mi pesar, Gonzalo no sólo perseveró en su decisión, sino que la difundió a través de una breve columna que tituló “Tres derrotas”, en la que sintomáticamente alude conjuntamente a su renuncia por la supuesta abdicación de principios de la Universidad de los Andes, a la pérdida por parte del gremialismo de las elecciones en la Feuc y a la escasa presencia de libros que promuevan una “sociedad libre y responsable” en la Feria del Libro de Santiago. Estas son sus palabras textuales: “Grupos y solistas que han promovido la lucha de clases, el odio, la violencia y que reniegan de todos los bienes culturales y morales que debe promover la Universidad de los Andes, recibirán en unos días más un Tributo orquestal y coral. Impresionante señal para los alumnos de lo que es ‘bueno y bello,’ como calificó esa música un destacado profesor de la universidad. Segunda derrota.
Por eso ha sido necesario avisar a las autoridades respectivas que con fecha 1º de diciembre, al concluir mi docencia actual en esa Universidad, dejaré de prestar servicios en esa Casa de estudios” (https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=10153333320072424&id=16518362423&substory_index=0).

Me apresuro a reclamar la paternidad de la frase sobre “lo bueno y lo bello”, y le agradezco a Gonzalo Rojas el calificativo de profesor “destacado” (aunque uno también puede destacar por atributos o conductas negativas). Lo lamentable es que la frase fue descontextualizada con el propósito de inducir a pensar a los lectores que un profesor de la Uandes llegaba al extremo de considerar toda la música compuesta por los grupos y solistas del Concierto de marras como algo “bueno y bello”.

Pero más allá de las disputas retóricas, me preocupa profundizar en la cuestión de fondo, que podría plantear de esta manera: ¿es correcto que una Universidad incluya entre sus actividades de extensión cultural obras artísticas de personas que públicamente han defendido posiciones políticas y conductas contrarias a los principios esenciales sobre los que se construye su identidad? ¿Es esto una muestra de pluralismo y apertura o más bien una renuncia y claudicación a la defensa de sus principios fundacionales?

La cuestión atañe, a mi juicio, a toda Universidad, ya que todas adhieren a algún núcleo de principios o valores básicos que les confieren sentido e identidad. Hasta aquellas que se declaran laicas y pluralistas, con esa sola afirmación están diciendo que basan su acción en grandes ideas que orientan su actuación. Para comprobarlo basta con analizar un conflicto que en estos mismos días se produjo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile: un grupo de alumnos hizo una manifestación en contra de una visita y conferencia del Embajador de Israel, tras lo cual en “asamblea extraordinaria” de Escuela se habría determinado que no podrían admitirse más actos de esta especie en sus aulas. El Centro de Estudiantes en declaración pública calificó la conferencia del embajador como “ejercicio de limpieza de imagen” del Estado de Israel, el que habría “perpetrado constantes y permanentes violaciones a los DDHH de los ciudadanos palestinos como política de Estado” (Ver texto). El Decano Davor Harasic y un amplio grupo de profesores se manifestaron en contra de estas acciones, a las que calificaron de contrarias al pluralismo y la libertad de expresión que inspirarían a la Casa de Bello. Se trata, por cierto, de una controversia nuevamente sobre cómo deben aplicarse los principios institucionales en una Universidad en relación con las actividades culturales o de extensión que se llevan a cabo en ella.

Volvamos a la polémica sobre la Uandes y su Concierto musical. Coincidimos con Gonzalo Rojas en que la promoción de la lucha de clases, el odio y la violencia resulta contraria a los principios del ideario de la Universidad de los Andes, que se fundan, por el contrario, en la dignidad de toda persona humana, su vocación social y la primacía del bien común (Ver misión, visión e ideario).

Pero la cuestión es si por el solo hecho de interpretar una o más obras musicales de determinados autores se incurre en la promoción de esos valores contrarios a los principios universitarios. Pensamos que debe distinguirse entre la calificación ética de la persona y su conducta, de aquella que debe recaer sobre una o más de sus producciones intelectuales. El primero puede ser reprobatorio sin que por ello esa calificación se extienda necesariamente a la obra. A la inversa, un hombre virtuoso puede producir una obra que sea moralmente censurable.

De esta manera podemos convenir en que, al menos en una parte de sus vidas y por diferentes motivaciones derivadas de los contextos históricos, los autores de las canciones que componen el Concierto han profesado la ideología marxista y, en virtud de ella, han sido partidarios del materialismo ateo, la lucha de clases, la exaltación del odio al enemigo y de la violencia como forma de acción política. Pero, a diferencia de Gonzalo Rojas, pensamos que no por ello toda su producción musical a lo largo de tantas décadas merece ser tachada de promotora de esos antivalores. Extremando las cosas, uno podría admirar la belleza de algunas acuarelas pintadas por Adolf Hitler sin que ello signifique que se está aprobando ni menos promoviendo su ideología nacionalsocialista ni solidarizando con su infame conducta. Por eso mismo no vulneraría los principios de la Universidad un recital que incluyera poemas de Neruda, por el hecho de que éste haya abrazado la causa comunista e incluso ser autor de una oda a Stalin. Lo mismo podría decirse de una exposición con pinturas de Roberto Matta o de Pablo Picasso. Si pasamos de la posición política al comportamiento moral, me temo que serían muy pocos los autores de obras artísticas que podrían pasar un examen escrupuloso de comportamiento: por de pronto habría que eliminar a Elvis Presley, Joan Baez, Frank Sinatra y hasta los mismos Beatles, a los que en su momento se les conoció como apologistas de los alucinógenos, al punto de que se especuló que su canción “Lucy and the Sky with Diamonds” incluía un mensaje oculto en su mismo título ya que sus iniciales conforman la sigla LSD, con la que se conoce una de las principales y más peligrosas drogas psicodélicas.

Ante ello se podría decir que en el Concierto se vulnerarán los principios de la Universidad, no por la historia personal de los compositores, sino porque sus mismas obras musicales fomentan la lucha de clases, el odio y la violencia ilegítima. Lo cual podría extenderse a obras que promovieran el racismo, el totalitarismo, la explotación de los más vulnerables, la persecución política o religiosa, etc. Es cierto que algunas de las obras musicales de los autores incluidos en el concierto pueden considerarse contrarias a los principios de la Universidad de los Andes por exaltar la lucha de clases, legitimar la violencia como forma de acción política y propiciar la persecución por razones ideológicas, sobre todo aquellas con el que se intentó apoyar el proyecto político de la Unidad Popular, a principios de la década de los setenta del siglo pasado. Centrándonos en Quilapayún, –que parece ser el más cuestionado de los artistas incluidos en el concierto–, es manifiesto que varias de sus canciones presentan expresiones agresivas y amenazantes que exacerbaron la división política del país en dicha época: “Por el paso de Uspallata, qué barbaridad, el momiaje ya se escapa, qué felicidad. En Uspallata hacen nata, que se vayan y no vuelvan nunca más” (La batea). Similares juicios pueden hacerse de otras composiciones como “Himno a la Unidad Popular”, “Himno del MIR” o “El tomate”. Pero en la amplia trayectoria musical del grupo, sobre todo después de su rompimiento con el Partido Comunista y su acercamiento a Roberto Matta, aparecen temas que no presentan ese carácter agresivo y panfletario, y que incluso pueden entenderse como llamados a la solidaridad y a la colaboración entre los hombres. Una de ellas es “La muralla”, cuya letra bien puede leerse como una invitación a cooperar en la construcción de lazos de paz y la negación de la fuerza bruta: “Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos los negros, sus manos negras los blancos, sus blancas manos. Una muralla que vaya desde la playa hasta el monte desde el monte hasta la playa, allá sobre el horizonte”. Algo similar podría decirse de canciones como “La Paloma”, “Mi patria”, “El forastero”, “Arriba en la cordillera”, “Como la flor”, “Caleuche”, “Amar es mar”, etc..

Por lo que sabemos, el concierto sinfónico coral se incluirán sólo obras de este último tipo (que son las de mayor valor artístico), de manera que no existirá ninguna lesión a los principios fundacionales de la Universidad, sino más bien una aplicación de ellos. El acto podrá mostrar que no hay prejuicios ni exclusiones de obras que son en sí mismas buenas y bellas, con independencia del pensamiento o la conducta política de sus autores. Como señala el nº 6 del “Ideario” de la Uandes, “La Universidad acoge el debate de las ideas. La búsqueda de la verdad se realiza a través de diálogo interdisciplinario que presupone el respeto a la dignidad de las personas por encimas de las ideas que ellas sustenten y la noble aceptación de la crítica intelectual”.

Bachelet en Lovaina: Tomás Moro y el derecho de propiedad privada

21 junio, 2015

Uno de los puntos en los que se ha centrado últimamente el debate en torno a una reforma constitucional o una nueva Constitución, ha sido la forma en que se debe consagrar el derecho de propiedad privada y su relación con el bien público. Algo de ello puede encontrarse en la inesperada cita al abogado y humanista inglés Tomás Moro, que hizo la Presidenta Michelle Bachelet en la clase magistral que dictó el 10 de junio de 2015 en la Universidad Católica de Lovaina, al recibir el doctorado honoris causa que le concedió esa institución.

El recuerdo era pertinente ya que su figura está ligada a lo que en el siglo XVI constituían los llamados Países Bajos. Así lo hizo constar la Presidenta al comienzo de su discurso: “Por esta casa y por esta tierra –Flandes- pasaron grandes pensadores, algunos de los más destacados humanistas e íconos del Renacimiento. Pienso en Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro y Juan Luis Vives, quienes construyeron una obra monumental, en la que se expresa su interés por las personas, por el orden social y político, por las instituciones humanas, por la educación y su vínculo con lo divino”.

El sueño por una sociedad mejor, lo ve encarnado en la célebre isla que imaginó Moro en su más famosa obra: “Hoy, me gustaría compartir lo que estamos haciendo en Chile para avanzar hacia aquel ideal que ilumina y muestra el camino, y que Tomás Moro llamó Utopía”. Justamente fue en la ciudad de Lovaina donde se editó por primera vez, gracias a las gestiones de Erasmo, el librito titulado De optimo reipublicae statu, deque nova insula Utopia, hace ya casi 500 años (1516).

Concretando esta ideal de sociedad, al que tenderían las reformas que su gobierno está implementando en Chile, Bachelet señaló que es necesaria una mayor inclusión y equidad, que permita el acceso equitativo y universal a bienes y servicios públicos de calidad; de lo contrario, apuntó, imperarán las lógicas del mercado y de la competencia, que atentan contras las bases del pacto social. Al llegar a este punto citó un párrafo de la Utopía: “Porque, como decía Tomás Moro -en un contexto muy distinto al actual pero que no parece tan lejano- ‘todo el mundo sabe que si no se preocupa de sí mismo, se moriría de hambre, aunque el Estado sea floreciente. Esto le lleva a ver la necesidad de no interesarse por las cosas del Estado’”. Continuó la Presidenta advirtiendo que en un escenario como el descrito, que no dista mucho del que se observa en Latinoamérica, en que lo público es poco valorado porque no responde a las necesidades cotidianas de las personas, es difícil exigir que éstas trabajen en pos de objetivos compartidos. “Esto explica por qué –prosiguió­– me enfoco en la igualdad y la cohesión cuando pienso en el futuro de nuestros pueblos, y por qué en mi país estamos llevando a cabo reformas que apuntan justamente a reducir las inequidades y la segregación social”(Ver texto completo ).

Lo curioso de la cita es que el párrafo de la Utopía corresponde a un trozo del discurso final del personaje ficticio Rafael Hitlodeo, por el cual se elogia la inexistencia de la propiedad privada en la sociedad de los utopienses. Rafael contrapone lo que sucedería en los reinos cristianos europeos, en los que prima el interés particular ­–porque de lo contrario los ciudadanos se podrían morir de hambre aunque el Estado fuera próspero y rico­–, a lo que ocurre en Utopía, en la que “como no hay intereses particulares, se toma como interés propio el patrimonio público, con lo cual el provecho es para todos”. Añade que “en Utopía, como todo es de todos, nunca faltará nada a nadie…” (Utopía, trad. Pedro Rodríguez Santidrián, Alianza Editorial, Madrid, 5ª reimp, 2004, p. 205).

No extraña que entre las variadísimas interpretaciones a que ha dado lugar esta obra, no hayan faltado quienes identifican completamente las ideas defendidas por el personaje Rafael Hitlodeo, en su relato sobre la organización de los utopienses, con el pensamiento político de Moro, en lo que puede considerarse una versión “fundamentalista” de la Utopía. Así el mártir católico, por otros acusado de perseguidor de herejes, fue convertido en un apóstol temprano de la ideología comunista. Marx y Engels en La ideología alemana lo mencionan como uno de los precursores del socialismo científico. El nombre del autor de la Utopía fue inscrito junto al de otros 18, en un obelisco de los jardines de Alejandro de Moscú, mandado remodelar por Lenin por decreto de abril de 1918, para homenajear a los grandes forjadores del pensamiento socialista. En 2013 el monumento fue reinaugurado después de una restauración que borró los nombres “revolucionarios” (incluido el de Moro) e reinstaló los de los zares Romanov que estaban originalmente cuando fuera construido en 1914.

Lo más probable es que si Tomás Moro hubiera podido ver su figura ensalzada por quienes profesaban un ateísmo materialista, firmemente condenado en la Utopía, habría reído de buena gana (cfr. John Guy, Thomas More, Oxford University Press, London, 2000, pp. 95-96). Sería como si se le considerara partidario del divorcio porque éste era admitido en la sociedad utopiense, cuando sabemos que su oposición a la disolución del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, le costó la vida. Además, de la opinión de Moro favorable a la propiedad privada hay constancia en la misma Utopía: en el primer libro, cuando también Rafael Hitlodeo hace un exordio a favor de su sustitución por la comunidad de bienes, aparece el mismo Moro dando su parecer con las siguientes palabras: “Estoy lejos de compartir vuestras convicciones… Jamás conocerán los hombres el bienestar bajo un régimen de comunidad de bienes” (Utopía… cit., p. 107).

Lo que Moro parece pretender es que sus lectores tomen conciencia de los abusos de la propiedad privada que se dan en las sociedades cristianas, mediante su contraste con lo que practica una comunidad pagana que todavía no ha recibido la revelación cristiana. El comunismo utopiense no es recomendado como tal, sino para hacer reflexionar sobre la necesidad de compatibilizar la propiedad privada con el bien de la comunidad. Es lo que la Doctrina Social de la Iglesia ha denominado la “función social” de la propiedad privada, reiterada en la última Encíclica Laudato si’ del Papa Francisco para aplicarlo al problema del cuidado del medio ambiente: “Hoy creyentes y no creyentes –afirma el Pontífice con citas a su predecesor Juan Pablo II– estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos…. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una ‘regla de oro’ del comportamiento social y el ‘primer principio de todo el ordenamiento ético-social’. La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada” (nº 93).

Parece razonable avanzar en esta complementariedad de intereses individuales y colectivos en la propiedad, como parece sugerirlo la Presidente Bachelet al hacer referencia al pensamiento de Moro. Pero no hay que olvidar que la actual Constitución está fundada en la doctrina cristiana y contempla tanto el respeto fuerte a la propiedad privada como los deberes que surgen de su función social. El art. 19 Nº 24 consagra como un derecho fundamental, que se asegura a todas las personas, “el derecho de propiedad en sus diversas especies sobre todas las clases de bienes corporales o incorporales”, pero enseguida dispone que la ley puede establecer “las limitaciones y obligaciones que deriven de su función social”, y precisa que la función social comprende cuanto exijan los intereses generales de la Nación, la seguridad nacional, la utilidad y salubridad públicas y “la conservación del patrimonio ambiental”. Esta última mención nos revela que el texto constitucional vigente está en plena sintonía con que nos plantea el Papa Francisco en su encíclica.

Siendo así surge la cuestión de si para obtener el mayor involucramiento de las personas en lo público y una mejor armonización de intereses privados y generales en la propiedad propiciada por la Presidenta Bachelet siguiendo el pensamiento de Moro, es necesario ir hacia el reemplazo del actual texto constitucional por otro o si no bastaría –e incluso sería más conveniente–, desarrollar y sacar todas las potencialidades que la norma vigente tiene.