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… Y muerte de cruz

16 abril, 2017

A quienes han vivido en un mundo cristiano puede extrañar que la cruz haya sido en tiempos antiguos algo infame y denigrante, tanto que incluso San Pablo llega a decir que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (1 Cor 1, 23). Quizás pueda entenderse cómo se veía este signo en esos tiempos si pensamos en los medios que se usan hoy para aplicar una sentencia de muerte: la silla eléctrica o una inyección letal. ¿No sería repulsivo que los devotos seguidores de un ejecutado de esta manera, reverenciaran y simbolizaran sus creencias a través de dibujos, pinturas y esculturas de sillas eléctricas o de jeringas con líquidos venenosos? La cruz es, en su origen, un instrumento del terrible derecho penal de la época.

Si nos remontamos a las primeras décadas del siglo I de la era cristiana, en la provincia de Judea sometida al imperio romano, veremos que Jesús el Nazareno fue juzgado por el Sanedrín por un delito religioso (blasfemia), pero, una vez dictada sentencia, los dirigentes del pueblo judío ven que no pueden matarle porque el derecho a imponer la pena demuerte (el ius gladii) estaba reservado a la autoridad provincial del imperio (Mt 26, 57-68; Jn 18,12-24). Por ello llevan a Jesús ante el gobernador romano, Poncio Pilato, pero ahora con la acusación de que subleva al pueblo y pretende usurpar el poder político haciéndose llamar rey. En otra ocasión hemos considerado algunos aspectos de este proceso (ver post). Ahora quisiéramos fijarnos en la condena. El “Ibis ad crucem” (“Irás a la cruz”) que seguramente pronunció Pilato siguiendo la fórmula del juicio romano, después de intentar por varias medidas liberar a un reo que sabía era inocente.

El Derecho romano contemplaba varias formas de ejecución: la decapitación por hacha o espada, el culleus, la precipitación desde lo alto de un monte, el emparedamiento y la lapidación, para diferentes tipos de delitos. A ellas se sumaba la triada denominada summa supplicium que se aplicaba a los esclavos o a los hombres libres pero de baja condición, los humiliores, y que se componía de la crucifixión, la hoguera y la exposición a las fieras en el circo.

La crucifixión era la pena servil por naturaleza, que reportaba deshonra al condenado (cfr. Mommsen, Teodoro, El Derecho Penal Romano, trad. P. Dorado, Madrid, La España Moderna, 1898, t. II, p. 366). Fue la que aplicó Craso a los esclavos rebeldes que combatieron con Espartaco, llenando la Via Apia desde Roma a Capua de cruces con los vencidos (71 a.C.). Se aplicaba también a todos los extranjeros que carecían de la ciudadanía romana. Lo sabían los jefes judíos de ese tiempo; por ello cuando Pilato pregunta a la turba reunida junto al pretorio y que ha elegido liberar a Barrabás, qué debía hacer con Jesús, la respuesta es clara y categórica: ¡cruficícale! (Mt. 27, 22-23).

Los romanos no inventaron esta pena, que al parecer fue aplicada primeramente por los persas. Luego la usó Alejandro Magno y finalmente los cartaginenses, de los cuales la tomaron los soldados romanos, y fue en éste ámbito donde alcanzó su máxima extensión. Se le prefería porque era un suplicio que aseguraba una lenta agonía para el condenado y la exposición de su cuerpo por largo tiempo, favoreciendo así la publicidad de la pena.

La crucifixión consistía básicamente en colgar de un madero el cuerpo desnudo del condenado, pero dicho madero podía adoptar diversas formas. En un comienzo era sólo un palo vertical, más adelante se le añadió un madero transversal (que los romanos llamaban patibulum), y la combinación de estos dio lugar a las tres cruces más conocidas: la cruz decussata (que tenía forma de X, más adelante llamada cruz de San Andrés), la cruz commissa (que tenía la forma de T) y la cruz immissa (que tiene la forma de cruz que solemos ver en los crucifijos, en que el travesaño horizontal cruza el vertical en la mitad superior de este último). ¿Cuál de estas formas de cruz fue la que se usó en el caso de Jesús? La tradición cristiana se pronuncia claramente por la cruz immissa. Sin embargo, los Testigos de Jehová suelen denunciar que la figura de la cruz es una invención de los católicos. Según ellos, Cristo habría sido colgado en un palo vertical, ya que ésta era la forma de cruz usada por los judíos. Invocan un pasaje del libro del Antiguo Testamento, el Deuteronomio, que señala “Si un hombre hubiere cometido un delito digno de muerte y es ejecutado colgándolo de un árbol, su cadáver no pasará la noche pendiente del madero, sino que lo sepultarás el mismo día…” (Dt. 21, 22-23). Pero esta tesis es desechada por la mayoría de los estudiosos, que aclaran que los judíos nunca usaron la cruz, en ninguna de sus formas, para ajusticiar a un hombre. Lo que sí hacían es que, una vez ejecutado el criminal, por lapidación, estrangulamiento o ahogamiento, su cadáver era expuesto, para que sirviera de advertencia pública, colgándolo de un palo o un árbol. Lo que prescribe el Deuteronomio es que el cadáver colgado debe ser descendido antes del anochecer para ser enterrado. Por otra parte, es claro que la ejecución se llevó a cabo según las reglas y costumbres de los romanos, que usaban, salvo situaciones de emergencia, la cruz immissa (cfr. Messori, Vittorio, ¿Padeció bajo Poncio Pilatos? Una investigación sobre la pasión y muerte de Jesús, Rialp, 2ª edic., Madrid, 1996, pp. 345-347).

Siguiendo los antecedentes romanos, la ejecución del condenado a morir en cruz se hacía fuera de la ciudad en un lugar de acceso público. Normalmente, el madero vertical (llamado stipes o staticulum) se encontraba ya fijo en el sitio previsto para las crucifixiones. Por ello, el reo (cruciarus) debía llevar el madero transversal, el patíbulo, que se ponía sobre sus hombros. Este madero debe haber sido lo que Jesús cargó hasta el Gólgota, ayudado por Simón de Cirene.

Una última cosa podríamos inquirir: ¿cuál fue el delito por el que se condenó al Nazareno? Por el título de la condena que se puso en la cruz de Jesús (Rey de los Judíos), se supone que se habría tratado de un crimen de lesa majestad castigado por la llamada Lex Julia lesae maiestatis (Ley Julia sobre la majestad ofendida), que según informa Cicerón fue dictada en el primer consulado de Julio César (48 a.C.), aunque otros piensan que fue una de las varias leyes julias dictada por Augusto. La ley primariamente castigaba delitos militares graves como la traición o pasarse al enemigo, pero ya en tiempos del emperador Tiberio (bajo cuyo reinado fue condenado Jesús) se hace extensiva a los demás crímenes políticos como sedición, asesinato de magistrados y promover rebeliones o tumultos contra el poder del pueblo romano. En tiempos de Justiniano (s. VI d.C) la ley sigue vigente como demuestran los títulos del Digesto y del Codex titulados Ad legem Iuliam maiestatis.(D. 58, 4; C. 9, 8). Pero en estos textos ha desaparecido la mención a la pena de crucifixión, que ya en tiempos del emperador Constantino se había dejado de utilizar. No en vano la leyenda cuenta que este emperador ganó la batalla del puente Milvio (312 d.C.), poniendo la cruz en los estandartes de sus tropas después de haber tenido una visión de ella con la locución “con este signo vencerás” (in hoc signo vinces).

La predicación de los primeros cristianos, en vez de tratar de ocultar o pasar en silencio, que Jesús fue clavado en una cruz, convirtió este instrumento de dolor y muerte vergonzante en un símbolo del profundo misterio por el que el pecado y el mal fueron vencidos por un Dios que ama hasta extremos inconcebibles. Así lo enseñaba San Pablo: “Cristo Jesús, siendo de condición divina no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (1 Fil. 2, 5-8).

I.N.R.I.

31 marzo, 2013

El arte cristiano occidental al representar a Jesús crufijicado no ha dejado pasar un detalle que tiene un significado teológico y jurídico. Sobre la cabeza del Redentor, ya sea como un cartel o como una inscripción en el madero vertical de la cruz, aparece la abreviatura en cuatro letras: I.N.R.I. Son las iniciales de la frase en latín: Iesus Nazarenus Rex Iudaeourum, Jesús Nazareno Rey de los Judíos.

La expresión no es una licencia artística, sino rigurosamente evangélica. Los cuatro evangelistas coinciden en el hecho: “Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el Rey de los Judíos’” (Mateo 27,37); “Y tenía escrita la inscripción con la causa de su condena: ‘El Rey de los Judíos’” (Marcos 15,26); “Encima de él había una inscripción: ‘Éste es el rey de los judíos’” (Lucas 23, 38); “Pilato mandó escribir el título y lo hizo poner sobre la cruz. Estaba escrito: ‘Jesús Nazareno, el Rey de los judíos’… Y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego” (Juan 19, 19).

El dato que proporcionan los evangelios es congruente con lo que se sabe sobre la ejecución de la pena de muerte por cruxifición que caracterizaba al derecho criminal romano. La pena, aparte de cruenta y sanguinaria, tenía como objetivo hacer público el castigo que merecían los más graves delitos y avisar a la población lo que esperaba a los que se atrevían a cometerlos: se trataba de cumplir lo que hoy día llamaríamos el fin de prevención general de la pena. Por eso, el condenado era ejecutado fuera de las murallas de la ciudad pero en un lugar público, de tránsito, donde pudiera se visto por muchas personas. En el camino hacia el lugar de la ejecución, el condenado debía llevar un letrero en el que figuraba escrito, con letras en rojo o negro, el “titulus”, es decir, la causa que le había hecho acreedor a la terrible condena. Una vez alzada la cruz, el cartel era clavado en el palo vertical sobre la cabeza del crucificado para que pudiera ser vista por todos los que miraran el suplicio (cfr. Messori, Vittorio, ¿Padeció bajo Poncio Pilato? Una investigación sobre la Pasión y Muerte de Jesús, trad. Antonio Rubio, Rialp., 2ª edic., Madrid, 1996, p. 327).

Se entiende así que el titulus de Jesús estuviera escrito en las tres lenguas que utilizaban los que acudían en esos días de fiesta a Jerusalén: el hebreo (el idioma local), el latín (la lengua de los romanos) y el griego (la lengua franca de la época).

Es también lógico que Pilato se negara a cambiar la inscripción: “Los príncipes de los sacerdotes de los judíos decían a Pilato: –No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino que él dijo: ‘Yo soy Rey de los judíos’ – Lo que he escrito, escrito está – contestó Pilato” (Juan 19, 21-22). No se trataría sólo de una actitud despectiva e intransigente del procurador romano, sino de una exigencia legal: una vez escrita la causa de la condena, el titulus, se ingresaba a los archivos provinciales y no podía ser modificada.

El I.N.R.I. revela la injusticia de la condena de Jesús. Tanto los príncipes de los sacerdotes que pidieron su ejecución, como Pilato que accedió finalmente a ella, eran conscientes de que la verdadera acusación contra Jesús no era por el delito de subversión, sino porque, siendo hombre, afirmaba ser el Mesías, el hijo de Dios. Pero como los romanos no se mezclaban en disputas religiosas locales, no había posibilidad de que lograran que Pilato lo condenara a muerte por una causa como esa. Ante tal situación, la acusación, que fue la que se juzgó en el tribunal del Sanedrín, fue alterada y convertida en la de pretenderse Rey del pueblo judío, usurpando el poder del Emperador Romano.

Por mucho que Pilato se lavara las manos y pretendiera eximirse de responsabilidad de la muerte de Jesús, lo cierto es que éste fue juzgado y ajusticiado bajo su jurisdicción y que se aplicó ante en detalles como el título de la condena que se colgó en la cruz, la lex romana, si bien por un crimen que tanto el juez como los acusadores sabían no había sido cometido por el Nazareno.