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Elecciones en el Opus Dei

22 enero, 2017

Ayer sábado 21 de enero de 2017, comenzó el proceso para elegir al sacerdote que, con el título de Prelado, tendrá la responsabilidad de dirigir el Opus Dei, luego del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría el pasado 12 de diciembre de 2016. Esta institución de la Iglesia Católica, fundada en 1928, adquirió su forma jurídica definitiva al ser erigida, por el Papa Juan Pablo II, en Prelatura personal en 1982.

El Opus Dei es conocido y apreciado en nuestro país, desde que el ingeniero y sacerdote Adolfo Rodríguez arribara a Santiago en 1950 como respuesta a la petición que el Cardenal José María Caro hiciera al fundador, Josemaría Escrivá. Muchas iniciativas de apostolado, educación y servicio social han sido llevadas adelante por los fieles católicos, tanto sacerdotes como laicos, que integran la institución junto a otras personas, creyentes y no creyentes. Una de ellas es la Universidad de los Andes a la que la Prelatura, por un acuerdo entre ambas instituciones, garantiza la formacion cristiana y proporciona asistencia espiritual a quienes libremente lo soliciten. En 1993, la Universidad, para agradecer y de alguna manera simbolizar este vínculo de colaboración, nombró al entonces Prelado Mons. Álvaro del Portillo como Rector Honorario. El nombramiento se hizo extensivo a sus sucesores a la cabeza de la Prelatura. Por ello, quien finalmente resulte nominado como Prelado del Opus Dei, de pleno derecho pasará a tener el título de Rector Honorario de esta Universidad chilena.

Por ello, nos ha parecido conveniente comentar, desde el punto de vista jurídico, la provisión del cargo de Prelado en el Opus Dei. Las fuentes en las que se contienen las reglas aplicables son: los Estatutos de la Prelatura, llamado también Codex Iuris Particularis Operis Dei (Ver texto); enseguida, la Constitución Apostólica “Ut sit” de 28 de noviembre de 1982 por la que se erigió la Prelatura (Ver texto) y finalmente, como Derecho supletorio, el Código de Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici, CIC), sobre todo en las normas generales que regulan la elección en los oficios eclesiásticos (cc. 164-179: ver texto en www.vatican.va).

Los requisitos que debe tener la persona para ser elegida son algunos de carácter objetivo y otros más cualitativos. Los objetivos son los siguientes: debe ser sacerdote de cuarenta años o más, hijo matrimonial, con cinco años de ejercicio sacerdotal y diez años al menos de permanencia en la Prelatura y ser miembro del Congreso General Electivo. Además se le exige tener un doctorado en ciencias eclesiásticas (Estatutos n. 131, 1 y 3). Las condiciones cualitativas son: destacar por su prudencia, piedad, amor ejemplar y obediencia a la Iglesia y su Magisterio, entrega al Opus Dei, caridad hacia los fieles de la Prelatura y celo hacia el prójimo (Estatutos n. 131, 2), y poseer una especial cultura, también profana, así como “las demás cualidades necesarias para ejercer el cargo” (Estatutos 131, 3).

El proceso de elección se desenvuelve en tres etapas que podríamos denominar: “Propuestas”, “Elección” y “Confirmación y nombramiento”. Cada una de ellas está a cargo de diversas autoridades; la primera corresponde al pleno de la Asesoría Central; la segunda al Congreso General Electivo y la tercera al Sumo Pontífice.

La Asesoría Central es el consejo que colabora con el Prelado en todo lo que tiene que ver con la sección femenina de la Prelatura. Integrado exclusivamente por mujeres, algunas permanecen en Roma, mientras que otras son delegadas de cada una de las regiones o circunscripciones territoriales donde la Prelatura ejerce sus labores apostólicas. Cuando se afirma que debe participar el pleno de la Asesoría, se expresa que deben ser convocadas tanto las integrantes que trabajan en la sede central como aquellas que son delegadas de cada región, y que deben viajar a la Ciudad eterna con este propósito.

El Congreso General Electivo se conforma con los llamados “congresistas”. Estos congresistas han sido nombrados, entre los fieles de las regiones en las que el Opus Dei ejerce su apostolado, con carácter vitalicio, por el o los anteriores Prelados. Los estatutos exige que sean nominados para esta función sacerdotes o varones laicos, de 32 años o más de edad e incorporados a la Prelatura desde al menos 9. La designación la hace el Prelado con el voto deliberativo de su Consejo General, previo informe de la Comisión Regional y de los congresistas, ya nombrados, de la respectiva región (Estatutos 130, 2). Cuando queda vacante el cargo de Prelado, por la muerte de quien lo desempeñaba, se conoce el número de congresistas que está habilitado para integrar el Congreso General Electivo. La mayor parte debe viajar a Roma desde sus respectivos países.

El proceso comienza con la etapa que hemos denominado “Propuestas”, y que está encomendada a las mujeres del Opus Dei, a través del pleno de la Asesoría Central. En una sesión que se realiza, después de una Misa del Espíritu Santo, se lee a las integrantes de dicho pleno los nombres de todos los sacerdotes que cumplen con los requisitos objetivos para ocupar el cargo. Luego cada una de ellas de manera individual y secreta escribe el o los nombres de aquellos sacerdotes que le parecen dignos y aptos, para el cargo en un papel que introduce en un sobre (Estatutos 130, 3 y 146). Los sobres conteniendo las propuestas se depositan en una urna que luego es trasladada al lugar de sesiones del Congreso Electivo.

El Congreso General Electivo se reúne oficialmente, también después de una Misa del Espíritu Santo, y como primera gestión se abren los sobres y se leen todas las propuestas de las integrantes de la Asesoría Central. Con ese antecedente, se procede a realizar la elección, en que cada congresista emite un voto libre y secreto (CIC c. 172). No se admite el sistema de “compromisarios” (Estatutos 130, 1), que es una forma por la cual uno o más electores le ceden su voto a otros (cfr. CIC cc. 174-175). Por ello, si alguno de los congresistas está ausente o impedido, nadie puede votar en su reemplazo.

Nada determinan los Estatutos sobre el quórum necesario para dar por realizada la elección. Nos parece –y aquí emitimos una opinión estrictamente personal­– que deberá aplicarse lo que dispone el canon 176 del Código de Derecho Canónico, el que a su vez se remite al canon 119 nº 1. Este último dispone: “cuando se trata de elecciones, tiene valor jurídico aquello que, hallándose presente la mayoría de los que deben ser convocados, se aprueba por mayoría absoluta de los presentes…”. Vemos que la norma determina dos tipos de quórums: uno para que la sesión electoral sea válida, y otro para que se estime realizada la elección. De esta forma, para que el Congreso electivo se constituya en sesión válida debe hallarse presente la mayoría (la mitad más uno) de los que tenían derecho a participar y que, por tanto, han sido convocados. Si hay sesión válida, se entiende elegido como Prelado al sacerdote sobre el que recaiga la mayoría absoluta (la mitad más uno) de los votos de los congresistas asistentes.

Obtenido el quórum para ser elegido, quien preside la sesión debe preguntarle al sacerdote electo si acepta el cargo. Con la respuesta afirmativa, el elegido, por sí mismo o por un delegado suyo, debe pedir al Romano Pontífice que confirme la elección (Estatutos 130, 4; Ut sit, IV). El Santo Padre es libre de confirmar o no. Obviamente en caso de rechazo, se deberá proceder a una nueva elección. Si, por el contrario, el Papa confirma se completa el nombramiento y desde ese mismo momento el confirmado es el Prelado de la Prelatura del Opus Dei y cuenta con la plenitud de su potestad. En los días siguientes, el nuevo Prelado deberá proveer todos los demás cargos y oficios en la Prelatura, ya sea confirmando a quienes los estaban desempeñando o reemplazándolos por otros.

El Congreso electivo en esta ocasión está previsto para el lunes 23 de enero, pero no es posible anticipar el tiempo en que se conocerá el nombre del nuevo Prelado, que dependerá, además de los escrutinios del Congreso, del tiempo que demore el Santo Padre en otorgar su confirmación.

En cualquier caso, la visión sobrenatural que proporciona la fe y que supera el instrumento humano que son las leyes positivas, permite confiar en que la persona nominada, con la oración y la colaboración de los miembros de la Prelatura, cumplirá ese deseo que se expresa en los Estatutos: “Sit ergo omnibus Praelaturae fidelibus magister atque Pater, qui omnes in visceribus Christi vere diligat, omnes effusa caritate erudiat atque foveat, pro omnibus impendatur et superimpendatur libenter”/ “Sea para todos los fieles de la Prelatura maestro y Padre, que de verdad ame a todos en las entrañas de Cristo, forme y aliente a todos con su desbordante caridad; gustosamente se gaste y se desgaste por todos”.

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El nuevo beato Álvaro del Portillo: ingeniero y jurista

28 septiembre, 2014

Aprovechando una estadía de investigación en el Departamento de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, he tenido la oportunidad asistir el sábado 27 de septiembre en Madrid a la ceremonia en la que el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en representación del Papa Francisco, elevó a los altares, en calidad de Beato, al obispo prelado del Opus Dei Álvaro del Portillo (1914-1994).

Del Portillo fue hijo de abogado, pero al elegir su carrera profesional prefirió la ingeniería. Sin duda su formación como ingeniero fue determinante en toda la labor que se desarrolló cuando se incorporó al Opus Dei, que estaba en sus comienzos, luego como uno de sus primeros sacerdotes y colaborador estrechísimo del fundador, San Josemaría, hasta la muerte de éste en 1975, y después su sucesor y primer prelado de la prelatura personal, en que el Papa Juan Pablo II erigiría esta institución de la Iglesia.

En la homilía de la beatificación, el Cardenal Amato ha puesto de relieve esta formación en el entramado de su personalidad: “Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. –a lo que agregó– No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración” (enfásis añadido).

Si negar esta evidente mentalidad ingieneril me atrevería a decir que el nuevo beato unió a esa primera disciplina, una formación humanista, como historiador, filósofo y sobre todo como jurista, ciencia que adquirió a título de postgrado y en la especialidad del Derecho Canónico.

De que tenía dotes para comprender y abordar los problemas jurídicos es prueba que San Josemaría lo enviara como laico a Roma para que explicara al Santo Padre, entonces Pío XII, la naturaleza del Opus Dei y sus actividades apostólicas. Fue recibido en audiencia por ese pontífice el 4 de junio de 1943.

Ya ordenado sacerdote, en 1946 Escrivá volvería a enviarlo a Roma esta vez con la misión de ver la mejor manera de que el Opus Dei pudiera ser reconocido como una institución de derecho pontificio. Con la venida de San Josemaría a la ciudad eterna ese mismo año ambos fijarían allí su residencia definitiva. El Derecho Canónico de la época –regía el Código de 1917– parecía insuficiente para abordar el florecimiento de lo que se dio en llamar “nuevas formas”, entre las cuales se contemplaba la labor apostólica del Opus Dei y otras instituciones de diverso carácter. Para intentar regularlas se creó la figura de los Institutos Seculares. Álvaro del Portillo colaboró en la preparación de la Constitución Apostólica Provida Mater Eclessia, de 2 de febrero de 1947, que determinó el régimen jurídico de estas nuevas instituciones.

En estas mismas fechas, y a instancias de San Josemaría, don Álvaro se matriculó en la Facultad de Derecho Canónico del Pontificio Ateneo Lateranense (curso 1946-1947), y luego trasladó su expediente académico a la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, más conocida como el Angelicum. Obtuvo la licenciatura en mayo de 1948. No quedó ahí su compromiso con el estudio jurídico. Pese a que ya tenía los doctorados en Historia y Filosofía, don Álvaro quisó obtener también el doctorado en Derecho, siempre pensando que esto era lo que le indicaba la voluntad de Dios para responder mejor a su vocación cristiana. El 18 de junio de 1949 defendió una tesis en una materia en la que era experto porque, como ya vimos, intervino en la elaboración de la normativa canónica que la regulaba. El título de la tesis fue “Un nuevo estado jurídico de perfección: los Institutos Seculares”. No sorprende que el tribunal lo aprobara con la maxima distinción de “Summa cum laude”. Lo que sí sorprende es que pudiera realizar estos estudios mientras trabajaba simultáneamente en múltiples tareas relacionadas con el gobierno del Opus Dei, entre ellas la de procurar los medios para la instalación de la sede central de esa institución en Roma. Allí debió vérselas con otros problemas jurídicos no por más prosaicos, menos importantes: pedir donaciones y préstamos, visitar propiedades, adquirir inmuebles, estudiar las hipotecas, contratar obras, pagar a los obreros, etc.

La curia vaticana apreció tempranamente sus talentos y competencias, entre ellas la jurídica. El Papa Juan XIII lo designó perito y consultor del Concilio Vaticano II. Fue secretario de una de las diez comisiones conciliares, la encargada de preparar el documento sobre la Disciplina del Clero y el Pueblo Cistiano. Supo aunar criterios y adaptarse a la variación de metodologías, hasta que el Decreto que propuso dicha Comisión, el decreto Presbyterorum Ordinis fue aprobado el 7 de diciembre de 1965, casi por la unanimidad de los Padres conciliares: sólo 4 votos en contra de los 2394 obispos.

El Papa Pablo VI le pidió, en seguida, que asumiera como consultor de la comisión del Código de Derecho Canónico, previsto en el Concilio, y que finalmente promulgaría Juan Pablo II en 1983.

Entre tanto, don Álvaro fue elegido por unanimidad como sucesor a la cabeza del Opus Dei cuando su Fundador falleció en 1975. Allí le correspondería continuar y llevar a término la configuración jurídica definitiva del Opus Dei, ahora bajo la nueva figura de las prelaturas personales. Estas instituciones habían sido contempladas en el mismo decreto Presbytorum Ordinis (nº 10) y ahora estaban expresamente reguladas por el motu proprio de Paulo VI Eclesiae Sanctae, de 6 de agosto de 1966. Después de un concienzudo estudio en la Sagrada Congregación para los Obispos, finalmente el Papa Juan Pablo II, mediante la Constitución Apostólica Ut sit, de 28 de noviembre de 1982, erigió el Opus Dei como la primera prelatura personal. Al mismo tiempo, el Sumo Pontífice aprobó los estatutos de la nueva prelatura, esto es, su Código de Derecho Particular. Don Álvaro del Portillo estuvo a la cabeza desde la Obra en todo este delicado proceso, no exento de dificultades, convencido de que una adecuada formulación jurídica era indispensable para que la institución pudiera crecer y desarrollarse conforme al querer de Dios y al carisma especial con que la inspiró a su fundador.

Estamos, pues, ante un nuevo beato, ingeniero sí, pero también jurista, y bueno como pocos. Lo importante es que puso al servicio del amor de Dios y del prójimo esos talentos y, con ello, consiguió la felicidad en la tierra y luego en el cielo. Recordemos que “beato” en latín, no significa nada más ni nada menos que “feliz”.

Fue sabio, por supuesto, pero más que eso, fue santo. Y como sentenció San Josemaría: “…es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo” (Camino 282). Los juristas, y no sólo los ingenieros, podremos contar con el ejemplo y la ayuda desde el cielo, del nuevo beato Álvaro del Portillo.

La Junji y el poder del Opus Dei

3 enero, 2011

No piense el lector que pretendo hacer méritos para columnista del The Clinic o Le Monde Diplomatique. Sólo quiero aprovechar la salida de Ximena Ossandón de la Junji para destacar cómo en el Opus Dei, esa “disciplinada” organización de la Iglesia, se vive lo que su fundador y todos sus sucesores no han dejado de reiterar: la libertad en todas las materias en la que los católicos tienen autonomía para decidir de distintas maneras, como las de política contingente.

La prensa ha dicho que la renunciada es miembro del Opus Dei. También lo es Carlos Larraín, el presidente de Renovación Nacional. Hasta aquí podría armarse una historia al estilo Código da Vinci,  conjeturando que el Opus pretendía apoderarse de la Junji y que por ello Larraín apoyó a Ossandón, incluso cuando incurrió en la negligencia de no presentarse al concurso de la Alta Dirección Pública. La verdad es que seguramente don Carlos estaba más preocupado de la influencia de su partido que en la del Opus Dei. En cualquier caso lo que hecha por tierra toda especulación en esta dirección, es que otro miembro del Opus Dei, el Ministro de Educación, Joaquín Lavín, jefe directo de la vicepresidenta, forzó su salida: primero comunicándole que el gobierno no declararía desierto el concurso y segundo, ante su “twittericidio”, anunciando su inmediata renuncia.

¿Será pasado el supernumerario Joaquín Lavín al Tribunal de Disciplina del Opus por proceder contra los intereses de la “poderosa organización”? ¿Habrá que esperar una declaración de solidaridad a doña Ximena por parte de los dirigentes del Opus Dei? Ni lo uno ni lo otro. Las actuaciones de estos miembros del Opus Dei en materia política son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen ni a la institución ni a los demás integrantes. La pertenencia a esta corporación eclesial no tiene incidencia alguna en este tipo de asuntos, como no la tendría el que todos fueran socios del Hogar de Cristo o amigos del Teatro Municipal.

Josemaría Escrivá, el fundador de la Obra, dejó escrito que “en el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado”. Decía que al observar entre sus miembros “tantas ideas diversas, tantas actitudes distintas —con respecto a las cuestiones políticas, económicas, sociales o artísticas, etc.—, ese espectáculo me da alegría, porque es señal de que todo funciona cara a Dios como es debido…”.  En lo temporal –agregaba– los miembros de la Obra son libérrimos: “caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir”.

Permítaseme una manifestación más de la libertad de pensamiento y de acción que se vive en el Opus Dei. Personalmente, me parece que doña Ximena incluso se equivocó en su temprano gesto de instalar una imagen de la Virgen en el frontis de la Junji. La fe, y así lo enseñó San Josemaría, se vive sin espectáculo, con naturalidad. Esa instalación tenía más de medida política de provocación, que de auténtico testimonio cristiano. No juzgo intenciones; si su intención fue otra, eso mismo ya da cuenta de una escasa competencia política. Sus desaciertos posteriores no hicieron más que ratificar esta carencia.

¡Ah!, y por si no quedara claro: el que escribe es también miembro del Opus Dei. ¿Querrá alguno acusarlo ante el Tribunal de Disciplina por contribuir a que el poder político de la “férrea” institución sea todavía menos que “reguleque”?

Junio: mes de los santos ¿abogados?

26 junio, 2010

Algunos chistes sobre abogados traducen la idea de que nunca o rarísimamente un abogado puede ser admitido por San Pedro en el Paraíso. Incluso en los procesos canónicos se habla del “abogado del diablo”. Es cierto que es posible encontrar santos que los abogados han erigido en patronos de la profesión como San Alfonso María de Ligorio y San Raimundo de Peñafort, pero no sé si son buenos ejemplos para la práctica de la  profesión ya que se trata de clérigos dedicados, o al Derecho canónico, como Raimundo, o a la teología moral, como Alfonso. Este último fue abogado antes de entrar en religión y ejerció brillantemente la abogacía en Napoles hasta que perdió uno de sus más importantes pleitos y, ante esa decepción, quiso abandonar  las vanidades del mundo y se hizo sacerdote. Era el llamado de Dios, sin duda, para Alfonso, pero no para la inmensa mayoría de los abogados, a los que Dios les llamará a perseverar en su profesión incluso cuando el resultado del juicio haya sido adverso.

Pero fuera de Raimundo y Alfonso, podemos citar a otros dos abogados que han sido canonizados y cuyas fiestas se celebran en este mes de junio. Uno es Santo Tomás Moro, que la liturgia recuerda el 22 de junio, y otro San Josemaría Escrivá, cuya fiesta se celebra pocos días después: el 26 de junio.

Tomás Moro vivió a comienzos del siglo XVI (1478-1535), y fue laico, dos veces casado, con 4 hijos, abogado, juez, literato, diplomático y hombre público. Llegó a ser Lord Canciller de Enrique VIII, hasta que éste decidió quebrar la unidad de la Iglesia Católica para poder disolver su matrimonio y casarse con Ana Bolena. Moro fue acusado de traición por no querer jurar que el Rey era la Cabeza Suprema de la Iglesia en Inglaterra y condenado a morir decapitado. Sus últimas palabras: “King’s good servant but God’s first” (muero como fiel servidor del Rey pero antes de Dios), se han convertido en un lema que todo cristiano puede hacer suyo en las actividades profesionales y públicas que desempeña.

Josemaría Escrivá  vivió en el siglo XX (1902-1975), y se hizo sacerdote porque Dios le hizo vislumbrar que sería necesario para la tarea que le tenía reservada. También por estos presentimientos divinos, junto con los estudios eclesiásticos, estudió la carrera de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. No sólo terminaría estos estudios sino que más tarde haría una tesis para lograr el grado de Doctor en Derecho. El año 1928 recibió el encargo que hizo sentido a todas estas invitaciones que Dios le había hecho antes para disponerlo mejor: dedicar su vida a difundir el mensaje del llamado universal a la santidad a todos los hombres y mujeres a través de su trabajo y su vida ordinaria (sin dejar el mundo para entrar en religión) y fundar una institución que en la Iglesia tuviera por misión propagar y enseñar a vivir en la práctica este mensaje, lo que más adelante llamará Opus Dei (obra, trabajo, de Dios). Escrivá no ejerció la abogacía, pero enseñó a muchos que todos los trabajadores, incluidos los abogados, podían luchar por ser santos, buenos cristianos, ejerciendo recta y competentemente su  profesión. El mismo tuvo que hacer uso de sus conocimientos y buen sentido jurídico para lograr que su fundación pudiera encontrar un estatuto adecuado al carisma en el Derecho de la Iglesia.

No es raro que ambos santos: Tomás Moro y Josemaría Escrivá, tengan muchos puntos en común. Josemaría conoció y admiró la vida y ejemplo del humanista y mártir inglés. Cuando en 1958 visitó Londres para estimular la labor de los primeros del Opus Dei que comenzaban a trabajar en Inglaterra, no dejó de hacer una visita a la Iglesia de St. Dunstan, de Canterbury, para rezar en la tumba de los Roper donde se encuentra enterrada la cabeza de Tomás Moro. Impulsó a Andrés Vázquez de Prada, historiador español, a escribir la que es hasta hoy la mejor biografía del inglés en castellano. Su enseñanza llevó también a un historiador alemán, Peter Berglar, a hacer otra relación moderna de la vida de Moro en alemán (hay traducción en español como: Solo ante el poder). Después de una visita de uno de los miembros del Opus Dei que fue ministro en el gobierno español de Franco, y en la que le dejó claro que él no podía darle indicaciones políticas y que, como cualquier laico, debía hacer uso de la libertad que en esta materia gozan todos los fieles de la Iglesia, le envió una tarjeta con imagen de Moro, invitándolo a seguir este ejemplo de  solidez y coherencia de vida y fe.

Dos santos de junio: Moro y Escrivá, nos dejan a los profesionales del foro una enseñanza que en estos tiempos no deja de ser estimulante: ¡también los abogados pueden entrar al cielo!