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Universidades confesionales

15 agosto, 2011

En el contexto del debate por la educación, se dejan oír algunas voces que sostienen que las Universidades confesionales deben ser excluidas de los recursos que el Estado destina a apoyar el sistema. Con la expresión “confesionales” se alude a las Universidades católicas, sin que quede claro si se incluyen sólo las Universidades oficialmente católicas, es decir, las que pertenecen a la Iglesia (como las Pontificias Universidades Católicas de Chile y de Valparaíso o las diocesanas como la Universidad Católica del Norte, la Universidad Católica de Temuco o la Universidad de la Santísima Concepción), las que dependen de una orden religiosa (como la Universidad Cardenal Silva Henríquez de la orden salesiana, la Universidad Alberto Hurtado de la Compañía de Jesús o la Universidad Finis Terrae de los Legionarios de Cristo), o también aquellas que, sin pertenecer a la Iglesia, por libre decisión de sus organizadores se inspiran en la doctrina moral y social de la Iglesia (como la Universidad de los Andes, la Universidad Gabriela Mistral, la Universidad Santo Tomás).

¿Cuál sería la razón para negar el acceso a los fondos públicos a estas instituciones? Se dice que en ellas no servirían al interés público y representarían una forma de proselitismo en favor de las ideas católicas. Si esto fuera así, habría que ampliar el criterio de exclusión ya que tan confesionales como las universidades católicas o de inspiración católica, son otras que adhieren a otro credo religioso, como la Universidad Adventista de Chile, que declara explícitamente que “tiene por misión la entrega de una educación fundamentada en principios y valores cristianos que se desprenden de las Sagradas Escrituras y de la filosofía de la educación adventista”; o a doctrinas carácter masónico, como la Universidad de la República, que exige que sus alumnos adhieran durante su primer año “a algunas de las ideas o movimientos que tienen preocupación especial por construir la nueva república del futuro”.

De este modo el ámbito de las Universidades no confesionales se va estrechando. Sólo lo serían aquellas que no adscriben explícitamente ni a un credo religioso ni a una filosofía concreta y que se declaren neutrales frente a toda posición moral, política o ideológica. Pero, ¿pueden existir estas Universidades asépticas y prescindentes de toda concepción ético-filosófica? De las declaraciones que ellas mismas hacen en sus páginas web, podemos comprobar que incluso instituciones que hacen gala de liberalismo y neutralidad ideológica, asumen también un conjunto de principios como fundantes de su accionar. La Universidad Diego Portales, en sus estatutos, señala que es misión suya “contribuir al desarrollo espiritual y cultural del país, de acuerdo con los valores de su tradición histórica”; la UNIACC apunta que “aspira a ser referente en la formación de profesionales universitarios que releven la importancia de la comunicación humana como elemento esencial de los procesos de crecimiento y desarrollo del individuo y la sociedad… sustentada en una concepción integral de la persona humana, su bienestar y desarrollo social, fundado en principios y valores éticos compartidos”; la Universidad Adolfo Ibáñez expone así su ideario: “Nuestro compromiso con la libertad se traduce en una formación que promueve la autonomía de las personas para adoptar sus propias decisiones en forma responsable, asumiendo las consecuencias de sus acciones y juicios, para responder, con pleno respeto a las ideas divergentes, de manera racional y éticamente fundada”. Luego, todas universidades hacen “confesión” de ciertos valores o principios en los que justifican su existencia y perfilan su labor formativa; son también “confesionales”, tanto –o a veces más– que las católicas o de inspiración cristiana.

Se dirá que quedan fuera las Universidades del Estado que no podrían adoptar una particular visión moral o valórica. No es así: la Universidad de Chile declara que en su seno “se valora la actitud reflexiva, dialogante y crítica; equidad y valoración del mérito en ingreso, promoción y egreso; la formación de personas con sentido ético, cívico y de solidaridad social; el respeto a personas y bienes; el compromiso con la institución; la integración y desarrollo equilibrado de sus funciones universitarias, y el fomento del diálogo y la interacción entre las disciplinas que cultiva”. Universidades de provincia incluyen el desarrollo regional dentro de sus principios: la Universidad de Valparaíso deja constancia, además, de un verdadero credo moral: “Los valores que la inspiran son la participación, la solidaridad, la equidad, la libertad, el pluralismo, el pensamiento crítico y el respeto a la diversidad”.

Concluimos: todas las Universidades son “confesionales” y ello no sorprende porque cualquier comunidad que se propone formar personas debe elegir una óptica valórica o ética. Lo contrario es utópico o sencillamente mentiroso. Cuando se pide que el Estado no apoye con recursos públicos a las Universidades “confesionales”, lo que se pretende en verdad es excluir aquellas que se orientan por una confesión con la que no se comulga para pedir que se prefiera aquella que sí se comparte. Difícil encontrar una forma de discriminación más arbitraria.

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La Junji y el poder del Opus Dei

3 enero, 2011

No piense el lector que pretendo hacer méritos para columnista del The Clinic o Le Monde Diplomatique. Sólo quiero aprovechar la salida de Ximena Ossandón de la Junji para destacar cómo en el Opus Dei, esa “disciplinada” organización de la Iglesia, se vive lo que su fundador y todos sus sucesores no han dejado de reiterar: la libertad en todas las materias en la que los católicos tienen autonomía para decidir de distintas maneras, como las de política contingente.

La prensa ha dicho que la renunciada es miembro del Opus Dei. También lo es Carlos Larraín, el presidente de Renovación Nacional. Hasta aquí podría armarse una historia al estilo Código da Vinci,  conjeturando que el Opus pretendía apoderarse de la Junji y que por ello Larraín apoyó a Ossandón, incluso cuando incurrió en la negligencia de no presentarse al concurso de la Alta Dirección Pública. La verdad es que seguramente don Carlos estaba más preocupado de la influencia de su partido que en la del Opus Dei. En cualquier caso lo que hecha por tierra toda especulación en esta dirección, es que otro miembro del Opus Dei, el Ministro de Educación, Joaquín Lavín, jefe directo de la vicepresidenta, forzó su salida: primero comunicándole que el gobierno no declararía desierto el concurso y segundo, ante su “twittericidio”, anunciando su inmediata renuncia.

¿Será pasado el supernumerario Joaquín Lavín al Tribunal de Disciplina del Opus por proceder contra los intereses de la “poderosa organización”? ¿Habrá que esperar una declaración de solidaridad a doña Ximena por parte de los dirigentes del Opus Dei? Ni lo uno ni lo otro. Las actuaciones de estos miembros del Opus Dei en materia política son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen ni a la institución ni a los demás integrantes. La pertenencia a esta corporación eclesial no tiene incidencia alguna en este tipo de asuntos, como no la tendría el que todos fueran socios del Hogar de Cristo o amigos del Teatro Municipal.

Josemaría Escrivá, el fundador de la Obra, dejó escrito que “en el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado”. Decía que al observar entre sus miembros “tantas ideas diversas, tantas actitudes distintas —con respecto a las cuestiones políticas, económicas, sociales o artísticas, etc.—, ese espectáculo me da alegría, porque es señal de que todo funciona cara a Dios como es debido…”.  En lo temporal –agregaba– los miembros de la Obra son libérrimos: “caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir”.

Permítaseme una manifestación más de la libertad de pensamiento y de acción que se vive en el Opus Dei. Personalmente, me parece que doña Ximena incluso se equivocó en su temprano gesto de instalar una imagen de la Virgen en el frontis de la Junji. La fe, y así lo enseñó San Josemaría, se vive sin espectáculo, con naturalidad. Esa instalación tenía más de medida política de provocación, que de auténtico testimonio cristiano. No juzgo intenciones; si su intención fue otra, eso mismo ya da cuenta de una escasa competencia política. Sus desaciertos posteriores no hicieron más que ratificar esta carencia.

¡Ah!, y por si no quedara claro: el que escribe es también miembro del Opus Dei. ¿Querrá alguno acusarlo ante el Tribunal de Disciplina por contribuir a que el poder político de la “férrea” institución sea todavía menos que “reguleque”?