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El nuevo beato Álvaro del Portillo: ingeniero y jurista

28 septiembre, 2014

Aprovechando una estadía de investigación en el Departamento de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, he tenido la oportunidad asistir el sábado 27 de septiembre en Madrid a la ceremonia en la que el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en representación del Papa Francisco, elevó a los altares, en calidad de Beato, al obispo prelado del Opus Dei Álvaro del Portillo (1914-1994).

Del Portillo fue hijo de abogado, pero al elegir su carrera profesional prefirió la ingeniería. Sin duda su formación como ingeniero fue determinante en toda la labor que se desarrolló cuando se incorporó al Opus Dei, que estaba en sus comienzos, luego como uno de sus primeros sacerdotes y colaborador estrechísimo del fundador, San Josemaría, hasta la muerte de éste en 1975, y después su sucesor y primer prelado de la prelatura personal, en que el Papa Juan Pablo II erigiría esta institución de la Iglesia.

En la homilía de la beatificación, el Cardenal Amato ha puesto de relieve esta formación en el entramado de su personalidad: “Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. –a lo que agregó– No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración” (enfásis añadido).

Si negar esta evidente mentalidad ingieneril me atrevería a decir que el nuevo beato unió a esa primera disciplina, una formación humanista, como historiador, filósofo y sobre todo como jurista, ciencia que adquirió a título de postgrado y en la especialidad del Derecho Canónico.

De que tenía dotes para comprender y abordar los problemas jurídicos es prueba que San Josemaría lo enviara como laico a Roma para que explicara al Santo Padre, entonces Pío XII, la naturaleza del Opus Dei y sus actividades apostólicas. Fue recibido en audiencia por ese pontífice el 4 de junio de 1943.

Ya ordenado sacerdote, en 1946 Escrivá volvería a enviarlo a Roma esta vez con la misión de ver la mejor manera de que el Opus Dei pudiera ser reconocido como una institución de derecho pontificio. Con la venida de San Josemaría a la ciudad eterna ese mismo año ambos fijarían allí su residencia definitiva. El Derecho Canónico de la época –regía el Código de 1917– parecía insuficiente para abordar el florecimiento de lo que se dio en llamar “nuevas formas”, entre las cuales se contemplaba la labor apostólica del Opus Dei y otras instituciones de diverso carácter. Para intentar regularlas se creó la figura de los Institutos Seculares. Álvaro del Portillo colaboró en la preparación de la Constitución Apostólica Provida Mater Eclessia, de 2 de febrero de 1947, que determinó el régimen jurídico de estas nuevas instituciones.

En estas mismas fechas, y a instancias de San Josemaría, don Álvaro se matriculó en la Facultad de Derecho Canónico del Pontificio Ateneo Lateranense (curso 1946-1947), y luego trasladó su expediente académico a la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, más conocida como el Angelicum. Obtuvo la licenciatura en mayo de 1948. No quedó ahí su compromiso con el estudio jurídico. Pese a que ya tenía los doctorados en Historia y Filosofía, don Álvaro quisó obtener también el doctorado en Derecho, siempre pensando que esto era lo que le indicaba la voluntad de Dios para responder mejor a su vocación cristiana. El 18 de junio de 1949 defendió una tesis en una materia en la que era experto porque, como ya vimos, intervino en la elaboración de la normativa canónica que la regulaba. El título de la tesis fue “Un nuevo estado jurídico de perfección: los Institutos Seculares”. No sorprende que el tribunal lo aprobara con la maxima distinción de “Summa cum laude”. Lo que sí sorprende es que pudiera realizar estos estudios mientras trabajaba simultáneamente en múltiples tareas relacionadas con el gobierno del Opus Dei, entre ellas la de procurar los medios para la instalación de la sede central de esa institución en Roma. Allí debió vérselas con otros problemas jurídicos no por más prosaicos, menos importantes: pedir donaciones y préstamos, visitar propiedades, adquirir inmuebles, estudiar las hipotecas, contratar obras, pagar a los obreros, etc.

La curia vaticana apreció tempranamente sus talentos y competencias, entre ellas la jurídica. El Papa Juan XIII lo designó perito y consultor del Concilio Vaticano II. Fue secretario de una de las diez comisiones conciliares, la encargada de preparar el documento sobre la Disciplina del Clero y el Pueblo Cistiano. Supo aunar criterios y adaptarse a la variación de metodologías, hasta que el Decreto que propuso dicha Comisión, el decreto Presbyterorum Ordinis fue aprobado el 7 de diciembre de 1965, casi por la unanimidad de los Padres conciliares: sólo 4 votos en contra de los 2394 obispos.

El Papa Pablo VI le pidió, en seguida, que asumiera como consultor de la comisión del Código de Derecho Canónico, previsto en el Concilio, y que finalmente promulgaría Juan Pablo II en 1983.

Entre tanto, don Álvaro fue elegido por unanimidad como sucesor a la cabeza del Opus Dei cuando su Fundador falleció en 1975. Allí le correspondería continuar y llevar a término la configuración jurídica definitiva del Opus Dei, ahora bajo la nueva figura de las prelaturas personales. Estas instituciones habían sido contempladas en el mismo decreto Presbytorum Ordinis (nº 10) y ahora estaban expresamente reguladas por el motu proprio de Paulo VI Eclesiae Sanctae, de 6 de agosto de 1966. Después de un concienzudo estudio en la Sagrada Congregación para los Obispos, finalmente el Papa Juan Pablo II, mediante la Constitución Apostólica Ut sit, de 28 de noviembre de 1982, erigió el Opus Dei como la primera prelatura personal. Al mismo tiempo, el Sumo Pontífice aprobó los estatutos de la nueva prelatura, esto es, su Código de Derecho Particular. Don Álvaro del Portillo estuvo a la cabeza desde la Obra en todo este delicado proceso, no exento de dificultades, convencido de que una adecuada formulación jurídica era indispensable para que la institución pudiera crecer y desarrollarse conforme al querer de Dios y al carisma especial con que la inspiró a su fundador.

Estamos, pues, ante un nuevo beato, ingeniero sí, pero también jurista, y bueno como pocos. Lo importante es que puso al servicio del amor de Dios y del prójimo esos talentos y, con ello, consiguió la felicidad en la tierra y luego en el cielo. Recordemos que “beato” en latín, no significa nada más ni nada menos que “feliz”.

Fue sabio, por supuesto, pero más que eso, fue santo. Y como sentenció San Josemaría: “…es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo” (Camino 282). Los juristas, y no sólo los ingenieros, podremos contar con el ejemplo y la ayuda desde el cielo, del nuevo beato Álvaro del Portillo.

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La forma jurídica del Opus Dei

27 noviembre, 2011

El 28 de noviembre es una fecha importante para el Opus Dei. Aunque su fundación se remonta a 1928, fue sólo en 1982 cuando adquirió su forma jurídica definitiva, al ser erigido por el Papa Juan Pablo II en Prelatura personal, mediante la Constitución apostólica Ut sit del 28 de noviembre de ese año.

La demora en encontrar un estatuto jurídico apropiado se justifica por la novedad que representa en la Iglesia Católica la institución fundada por el sacerdote español, hoy canonizado, Josemaría Escrivá. Explica también que no siempre se comprenda bien su naturaleza y su cometido, incluso por creyentes y personas de buena fe.

Y es que la labor del fundador (abogado y doctor en Derecho, además de sacerdote) de abrir un cauce jurídico para esta iniciativa a que se sintió llamado por una especial inspiración divina, no era para nada sencilla. Lo que Josemaría Escrivá recibió en el momento fundacional en octubre de 1928 fue un mensaje: que los fieles corrientes están llamados a la santidad en medio del mundo y a través de su trabajo o actividad ordinaria, pero también la fundación de una institución en la Iglesia que tuviera por misión difundir y encarnar ese ideal.

Por la naturaleza del mensaje, era claro que la institución no podía ser una mera asociación de fieles (lo que hoy se suele denominar movimientos religiosos) pero tampoco una orden religiosa o instituto de vida consagrada (como los carmelitas, benedictinos, dominicos, jesuitas, maristas, etc.). No podía ser de carácter asociativo porque Escrivá vislumbró que los miembros de la institución lo serían, no en virtud de su buena voluntad de adscribirse a una iniciativa apostólica, sino en respuesta a un auténtico llamado vocacional. Pero tampoco podía ser una institución religiosa o de vida consagrada ya que se desvirtuaría el núcleo del mensaje recibido: que se puede ser santo sin cambiar de estado, siendo un fiel corriente: laico o sacerdote secular. La vida consagrada, aunque presente muchísimas modalidades (desde la vida de claustro a los misioneros), tiene por característica común el que esas personas se entregan públicamente a Dios y por tanto dejan de ser laicos o fieles comunes de la Iglesia.

La necesidad de que se tratara de fieles corrientes imperaba igualmente que no cambiaran de condición ni estado eclesiástico por su pertenencia al Opus Dei, y que siguieran, como los demás, sujetos a la potestad del Obispo de la diócesis donde viven.

Lo que parecía un problema insoluble, se fue abriendo paso en la legislación de la Iglesia, con la idea de las prelaturas personales, que fueron propiciadas primero por el Concilio Vaticano II (Presbyterorum ordinis de 7-XII-1965, n. 10), y luego reguladas por el Código de Derecho Canónico de 1983 (Texto de cánones). La prelatura personal es una institución jerárquica de la Iglesia, erigida por la Santa Sede, para obras específicas pastorales, que se compone de un Prelado, sacerdotes que son incardinados en la Prelatura (y que son seculares y no religiosos) y que además puede admitir la incorporación de laicos.

La figura de la prelatura personal cumplía otra de las características deseadas por San Josemaría: no constituía un estatuto especial y de privilegio, sino uno común disponible para otras instituciones o comunidades cuya estructura y misión se adecuara a esta naturaleza jurídica.

Es así, como después de un largo estudio, que debió ser continuado por el sucesor del fundador, don Álvaro del Portillo, ante la muerte de San Josemaría en 1975, se erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei ( Texto de Constitución Ut Sit). La Prelatura está a cargo de un prelado sacerdote, que es nombrado por Consejos electivos internos pero con ratificación del Papa. Tiene ámbito internacional, de modo que su sede central se encuentra en Roma. Cuenta con un presbiterio que son los sacerdotes que se ordenan de entre sus miembros (siempre respetando su libertad) y una gran cantidad de fieles laicos, varones y mujeres, solteros y casados, que, urgidos por una vocación divina que especifica la común vocación cristiana del bautismo, ingresan, no mediante una consagración o profesión de votos (como los religiosos), sino en virtud de un acuerdo (contrato) entre ellos y la Prelatura.

Esta estructura permite mantener inalterado el estado civil y eclesial de los fieles laicos. Su incorporación a la Prelatura no modifica en nada su relación con la diócesis a la que pertenecen y sus deberes y derechos ante el Obispo diocesano y demás estructuras de gobierno y jurisdicción de la diócesis (vicarías, parroquias, tribunales eclesiásticos, etc.). La potestad del Prelado sobre ellos se refiere a los compromisos suplementarios de formarse, hacer apostado y buscar la santidad en el medio del mundo conforme a las enseñazas de San Josemaría.

Por eso, los fieles laicos del Opus Dei, aunque no oculten su pertenencia a la prelatura, no la andan exhibiendo ni en su vestimenta ni en su forma de comportarse individual o colectivamente. Esto a veces puede causar extrañeza para los que aún piensan que la única forma de compromiso fuerte con la búsqueda de la santidad es la pertenencia a una orden religiosa, pero es absolutamente explicable y necesario si se atiende a la finalidad y espíritu del Opus Dei: abrir un camino para que los fieles corrientes se esmeren en seguir a Cristo, siendo en todo iguales a sus semejantes, en medio del mundo y de sus múltiples afanes.