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El “Estado laico” del programa de Michelle Bachelet

3 noviembre, 2013

Como es tradicional, el pasado 1º de noviembre, día de Todos los Santos, los cementerios se llenaron de personas que concurrían a visitar las tumbas de sus familiares y amigos difuntos. Todos quienes acuden a ellos pueden ver que la casi totalidad de los nichos, mausoleos y sepulturas tienen diversas imágenes y signos religiosos: predomina la cruz y el crucifijo, pero hay también imágenes del Sagrado Corazón, de la Virgen María en sus distintas advocaciones, ángeles, etc. También pueden encontrarse símbolos de religiones no cristianas como la estrella de David o la medialuna.

Los símbolos sacros están presentes en nuestra vida en comunidad (en calles, plazas, parques y edificios públicos), y no se encuentran sólo en los templos o en los domicilios particulares de los creyentes. ¿Contradice esto la separación de Iglesia y Estado establecida en nuestra República desde la Constitución de 1925? ¿Va contra la aconfesionalidad del Estado? ¿Vulnera su carácter laico?

Así parece entenderlo el programa de gobierno presentado por Michelle Bachelet. Dentro del contenido de una nueva Constitución, y bajo el epígrafe de “Estado laico” se lee: “La Nueva Constitución, junto con reafirmar la separación entre el Estado y las Iglesias, y la neutralidad del Estado frente a la religión, con el pleno respeto por las creencias religiosas y éticas de las personas, y la práctica del culto; garantizará la igualdad entre las distintas confesiones religiosas”. Se observa que se estima insuficiente la actual regulación constitucional de la separación entre Estado e Iglesias, y se propone “reafirmarla” y añadir a ella la “neutralidad del Estado frente a la religión”.

No se especifica en qué se concretará esta nueva versión de la aconfesionalidad estatal, salvo en un aspecto: los símbolos religiosos; de manera categórica, se declara: “Asimismo, deberán suprimirse de la ley y de las reglamentaciones relativas a poderes del Estado toda referencia a juramentos, libros o símbolos de índole religiosa” (Chile de todos. Programa de gobierno Michelle Bachelet 2014-2018, p. 30: Texto en pdf).

La expresión “relativas a poderes del Estado” es muy amplia y parece abarcar gran parte de, sino toda, la actividad de las autoridades estatales, sean nacionales, regionales o locales. De partida el juramento de los altos cargos públicos (la misma Presidencia) debería eliminarse, dejándose sólo – nos imaginamos– la promesa de buen desempeño. Lo mismo el juramento de los futuros abogados, que se hace ante la Corte Suprema o el de los testigos en un proceso judicial. La Biblia, la Torah, el Corán no podrán aparecer en dichos juramentos ni en otras actividades relacionadas con la gestión de las autoridades públicas. La capilla ecuménica de la Moneda debería ser clausurada. Menos podrá haber ceremonias en que un ministro de culto lee un texto sagrado o bendice con agua u otro símbolo religioso para inaugurar alguna obra del Estado. ¿Qué será de oficios como el Te Deum de fiestas patrias, tanto católico-ecuménico como evangélico, al que concurren representantes de todos los poderes del Estado, lleno de libros, cantos y símbolos religiosos (incluido el incienso)? ¿Se deberá eliminar la invocación a Dios en la apertura de las sesiones del Congreso? Podría cuestionarse que se mantengan los signos religiosos en los bienes nacionales de uso público, ya que ellos son administrados por uno de los poderes del Estado; correrían peligro hasta las populares “animitas” instaladas al borde de carreteras y caminos públicos.

La propuesta de eliminación de los símbolos religiosos lejos de reafirmar la configuración de un Estado laico, es más bien su negación a través de la imposición de una doctrina confesional que suele denominarse laicismo, para oponerlo a la concepción de una equilibrada y sensata laicidad jurídica y social. El Estado laicista, no es un verdadero Estado laico, ya que no acoge la idea de una simple “aconfesionalidad”, sino de una “contraconfesionalidad”; a saber, que la religión no debe desempeñar misión alguna en la vida pública y que, cuando más, ha de ser tolerada si se le confina a la vida doméstica y privada de los creyentes. El laicismo vulnera la libertad de religión y de creencias, ya que niega que lo religioso pueda expresarse en la sociedad civil y pueda hacer oír su voz en los debates que se suscitan en una democracia genuinamente pluralista.

Mucho más democrática y compatible con una libertad de religión robusta es la propuesta de una laicidad, que lleva al Estado a reconocer la dimensión comunitaria de las expresiones religiosas y a acoger el aporte que las diversas confesiones pueden hacer en la deliberación ética. El expresidente de Francia Nicolás Sarkosy propuso el término de “laicidad positiva” como una enmienda de la política francesa en un discurso pronunciado el 20 de diciembre de 2007, con motivo de su nombramiento como “canónigo de honor” de la  Basílica de Latrán. En dicho discurso, señaló que “la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas. En primer lugar, porque la moral laica corre el riesgo de agotarse o de transformarse en fanatismo cuando no está respaldada por una esperanza que llene la aspiración al infinito. Y también porque una moral desprovista de lazos con la trascendencia está más expuesta a las contingencias históricas y finalmente a ceder a la facilidad”.  De esta manera, auspició comprender el ideal del Estado laico, no desde la perspectiva del laicismo hostil, sino desde una laicidad positiva “es decir, una laicidad que, al mismo tiempo que vela por la libertad de pensar, de creer y de no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino más bien una ventaja” (Ver texto del dirscurso en Le Monde).

El “Estado laico” del programa de Michelle Bachelet, proponiendo la eliminación pública de los juramentos, libros y símbolos religiosos, parece ir por la vía contraria a la recomendada por esta laicidad positiva, que, por lo demás, es la que hasta ahora, y con pocas excepciones, ha prevalecido en Chile desde 1925.

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